Sábado 5 de Abril de 2025

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05/04/2025

70000 Tons of Metal: a bordo de la fantasía final del heavy

Fuente: telam

61 bandas y más de tres mil fanáticos de 80 países se congregaron en el mayor crucero de música pesada en busca de su propia forma de felicidad. La era del cotillón, el culto a los ancestros, la infiltración nazi y un extraño sentido de familia sobre las aguas del Caribe

>(DESDE EL CARIBE – ENVIADO ESPECIAL) Aidan es un heavy de Vancouver, Canadá, pelo largo atado en una colita. Dice que tiene 45 años. No tiene motivos para mentirme, pero no le creo, por lo menos, no al comienzo: hay canas en su barba y las arrugas en su cara son hondas y anchas. Luego, sus arrugas se entienden: trabaja en una grúa en un sitio de construcción, ocho horas por día a veces, solo en una cabina, a ocho grados bajo cero y a diez metros del suelo. No tiene hijos, tampoco pareja; solo la música machacante que suena casi todo el día en su cabeza.

No volveré a ver a Aidan en el resto del viaje, en los cuatro días y noches que siguen, entre los bares o en el casino o en el buffet del almuerzo y la cena, en los ascensores repletos o en las charlas casuales en los seis jacuzzis a bordo. Se perderá entre los pasajeros, entre las latas de cerveza frente a las torres de sonido. Aquí, la comunidad de la que Aidan habla no se trata de hacer cháchara con extraños, de compartir la fila en el bar o por las toallas para la pileta, sino de volverse uno con la frecuencia, con la onda.

Los otros heavy a lo largo del caracol humano que hacen fila en el embarque, tres mil de ellos, vestidos con sus chalecos de parches, esperan con sus maletas carry on y sus pasaportes, se toman selfies unos con otros, apuran con disimulo las últimas golosinas de marihuana medicinal que compraron el día anterior en Miami, charlan con el que tienen al lado, sintiendo la anticipación. Más de mil de ellos se habían congregado la tarde anterior en una playa de South Beach para la tradicional fiesta previa al crucero; parecían una flota de cuervos que cubría la arena al ser vistos desde arriba, desde la casita del guardavidas. Jugaban a juegos con cerveza entre parlantes portátiles a todo volumen, se abrazaban y lloraban de la emoción al ver el atardecer, con lágrimas borrachas y a la vez genuinas. Luego, limpiaron todo con bolsas de consorcio.

Vienen de 80 países del mundo. Más o menos, un 30 por ciento de ellos son alemanes; escapan del frío del otro hemisferio del mundo, pleno invierno europeo. Hay otros evadidos de la nieve, más canadienses, norteamericanos, escandinavos. Otro 30 por ciento son latinos -colombianos, portorriqueños, mexicanos- en busca de más calor. Hay, por lo menos, cinco argentinos más. Así, atraviesan el check-in y suben por las escaleras mecánicas. Gritan al llegar a la cima, para anunciar que llegaron.

Tengo 42 años. No soy alguien impresionable. Soy un cronista de policiales, para empezar. También soy un heavy, desde mi infancia. Tengo un tatuaje de Slayer en el brazo derecho. A veces, saludo a desconocidos con los cuernos de Ronnie James Dio. Vi casi todo en materia de metal. Viajé por el mundo en busca de la experiencia del metal. PeroHay otros festivales en el mapa, como Wacken Open Air en Alemania, Hellfest en Francia, de mucho mayor calibre. Aquí no tocan Metallica, Judas Priest, o Iron Maiden. Pero un festival masivo supone intemperie, chapotear en el barrio, frio, calor, filas eternas por una botella de agua o una hamburguesa, el escenario a cuadras de distancia, ser uno entre cien mil personas. La comodidad, aquí, es, bueno, la comodidad de un crucero de Royal Caribbean.

Emperor es una de las principales bandas en el circuito global ahora mismo, una de las bandas fundadoras del black metal moderno, algo exquisito y a la vez feroz, hecho de misterio y de una intensidad expresiva máxima. Nunca tocaron en Buenos Aires. Aquí, uno puede verlos a cuatro metros de distancia, rodeado de menos de 500 personas. Lo mismo ocurre para otros grandes nombres, de casi todo tipo de música heavy, clásicos del power metal como Stratovarius, Sonata Arctica, Hammerfall, Symphony X, visionarios del metal extremo como Arcturus y Samael, clásicos del death metal como Incantation o Suffocation, bandas que son la métrica del desprecio del ser humano por sus oídos.

El respeto al otro es total; es la regla. Cada año, en el primer día del festival, tras citarse en Facebook, los pasajeros y pasajeras LGBTQ deciden reunirse en un bar, hacer saber su presencia. Cuelgan su bandera allí, brindan y charlan. Un escandinavo de piernas largas y piel casi rosa mira la bandera y pone cara de asco. Se calla la boca porque no puede decir nada. Si es un homofóbico, si es un transfóbico, se la tendrá que aguantar. Quienes participaron de esa reunión fueron parte de la primera fila en el Royal Theater para el primer show realmente significativo en el crucero: Twilight Force.

Hay algo honesto, joven, en lo que plantean; Alessandro Conti, su cantante, vestido casi como Aragorn en El Señor de Los Anillos, sostiene esa nota con fuerza, se eleva, entre los duelos de solos y el beat del doble bombo que avanza todo el tiempo. Son capaces de provocar en un adulto heavy una reconexión con lo que lo hizo amar al metal cuando era un chico. Solo hay que dejar de juzgar y comenzar a creer: al día siguiente, más de cien de esos fanáticos hicieron fila para jugar una partida del popularísimo juego de cartas Magic The Gathering con los Twilight Force.

“Lo que no es hace únicos es que, a pesar de que usamos disfraces, somos totalmente serios”, afirma Starkey en un camarote del Independence of the Seas: “Es genuino. Es sincero”. “Es fácil no darnos una chance a primera vista. Todos aman a Tolkien, pero si ponés guitarras heavy metal sobre sus historias, de repente. no te creen tanto”, apunta Beckman.

Starkey: Y esa fantasía de escape es increíblemente importante. Hay muchas cosas horribles que pasan en el mundo hoy. A veces, quiero estar en un lugar que no tenga nada que ver con el mundo, donde vas a ser elevado, no herido.

No es algo nuevo para el movimiento, acostumbrado a discutir más consigo mismo que con el resto del mundo; la tendencia del disfraz y el cotillón ocurre hace varios años, principalmente en festivales como el Obscene Extreme en la República Checa.

El choque cultural, para mí, es notable, porque me choca: soy latinoamericano, vengo de V8 y de Argentina, donde el heavy metal es de la calle, es un fenómeno de la clase trabajadora, algo serio, adusto. Puede ser fantástico, grotesco, podrido, todo lo que uno quiera, pero hay una seriedad imposible de discutir. Un festival de bandas, mucho menos, tiene que ser una experiencia de lujo. Supongamos que Piller, el productor general de este evento, intentara crear un evento así para Latinoamérica. Si logra vencer esa barrera, entonces tendrá un éxito.

Antwan es oriundo de Georgia, Estados Unidos, no debe tener más de 30 años. Anda por todos lados con un pene de plástico de 30 centímetros de largo. “Jeff”, se llama su dildo. Todos se lo piden por su nombre. Arrebatárselo para golpear a otros mientras tocan las bandas es como un juego de guerra aquí.

-¿Por qué no?

Las ventas del propio merchandising del festival superan al de las bandas. Los habitués se llaman a sí mismos marineros, sobrevivientes. El propio productor Piller es como una celebridad; todos le conocen la cara, hablan de él en los grupos de Facebook en torno al evento. Ningún otro productor de espectáculos en el metal logra esto. Su padre murió el año pasado a los 89 años. La foto de Edgar Piller puede verse en la última página del programa.

Cecilia es una argentina aquí, una de pocas. “Ash” es su apodo. Todos los que la saludan o preguntan por ella le dicen así. Ama el metal virtuoso y épico. Trabaja en sistemas, en un banco.

-¿Cuándo empezás a ahorrar para venir?

-¿Por qué venís?

-En Argentina, el heavy metal es una cultura de la calle. Nada tiene que ver con un crucero, con una experiencia de lujo.

Julio es de Santiago de Chile, también un profesional, un universitario. Su aliento a cerveza y ron me perfora el teléfono. También su efusividad. Julio, también, venció esa barrera hace tiempo. “Esto es un festival cinco estrellas, hermano, comida ilimitada. En Chile no vas a tener esto hermano, bebiendo, diez bandas, cincuenta bandas. Tienes que hacer esta experiencia una vez en la vida”, dice en el casino, frente a un tragamonedas, con total convicción.

El metal no tiene el problema del edadismo, propio del resto de la música en la actualidad; no tiene esa enfermedad loca por la juventud donde cualquiera a los 35 es viejo o descartable. Respeta a sus antepasados y los eleva casi a una forma de divinidad, como si fuera el vudú haitiano y en las religiones chamánicas, porque esos ancestros son maestros que crearon algo y lo enseñaron y así su creación perduró en el tiempo. Hay bandas nuevas brillantes aquí, Stormruler de Saint Louis, Missouri, black metal melódico, gélido, que impresiona por su arrojo, su precisión y velocidad, con un concierto aclamado que llenó el lounge tipo Las Vegas. Pero esas bandas nuevas respetan a los dioses, a los heavies viejos que jamás se rindieron. Mappe Björkman es uno de ellos.

En otro camarote con balcón frente al mar, en un día de sol pleno, a más de 21 nudos de velocidad, Björkman y Längqvist buscan una respuesta a algo inexplicable.

Björkman: Tenemos 40 años de carrera, pero nunca nos vendimos. Siempre hicimos algo que creíamos era bueno para nosotros y nuestros seguidores. Se trata, al fin y al cabo, de guitarras distorsionadas. Y después de 40 años, hay una audiencia en nuestros shows que ni siquiera había nacido cuando salieron nuestros primeros discos. Están ahí. Padres que vienen con sus hijos. Vienen adolescentes. Ese es el mayor respeto que podés tener. Hay que cuidarlo.

Björkman: Toca Udo, tenemos que ir a verlo.

-Todavía está ese sonido. Lo buscaron toda su vida.

Längqvist: ¡Era heavy!

Trouble está a bordo en el crucero, la otra gran banda del doom metal moderno junto con Saint Vitus, una banda cristiana, irónicamente. Sus guitarristas, Bruce Franklin y Rick Wartell, son vitalicios también, soldados del sonido que buscaron durante todas sus vidas. Björkman se sentará en una butaca para ver a sus viejos amigos y colegas interpretar su clásico LP The Skull en la pista de patinaje, a oscuras, con doble amplificación, cuatro paredes Marshall con cuatro cabezales JCM-800, un abuso al oído que le rinde justicia a la música. Suffocation lo hizo bajo el sol, una de las bandas más influyentes del death metal contemporáneo a casi cuarenta grados de temperatura. Terrence Hobbs, guitarrista, es el único miembro original, junto a Derek Boyer, su bajista, un músico magnético de ver, con su bajo sin cabeza casi a la altura de sus tobillos. Pero las canciones son letales, no importa quiénes las toquen, “Funeral Inception”, “Jesus Wept”, “Liege of Inveracity”, cosas que hace tres décadas marcaron el camino.

“Ese era el punto cuando hicimos esos discos. Queríamos separar a los caretas y enseñarle a la gente cuál era la verdad”, dice McEntee, en esa forma adorable que tienen ciertos metaleros de pelearse con enemigos imaginarios. “Al principio, no gustaba, pero pasó un año y todos los entendieron. Otros lo hacían más fácil de escuchar. Nosotros queríamos que fuese brutal pero en otra forma, crudo, oscuro. A mí me tomó semanas entender a Posssesed con Seven Churches, hasta que hice un click. En los 90s, muy pocos estaban inspirados por nosotros, era muy underground. Después, a mediados de los 2000, comenzó a pasar. Al principio era rarísimo escuchar algo que yo hubiese escrito. Lo sigue siendo”. Hoy, McEntee sabe que es su momento, que logró ese status de ancestro, que le corresponde esa reverencia heavy, aunque no lo diga en voz alta.

McEntee: Me importa un carajo si me respetan o no. Es death metal. ¿Cómo te vas a preocupar por eso? No puedo dar por sentado el lugar que tengo, por otra parte. No puedo llamar a alguien un fan. Esa persona es alguien que nos apoya. En Argentina tocamos en Río Gallegos en 1999, nadie había hecho eso. Era una locura. Me regalaron un cenicero con unos pingüinitos de souvenir.

Tal vez es injusto preguntarle a McEntee por esto, pero las formas más crudas del metal extremo suelen atraer a nazis, a la ultraderecha fascista. Históricamente, se encerraron en sus propias escenas, con bandas feas y malas, mediocres. En los últimos años, esa ultraderecha dentro del metal comenzó a atreverse un poco más. No necesitan mucho para hacer saber su presencia. A veces, alcanza un parche de una banda nazi entre decenas de otras en un chaleco, con ciertas opiniones homofóbicas y antisemitas, teorías conspiranoicas y llantos contra lo woke, donde los varones blancos son las grandes víctimas del mundo. Pueden verse algunos en el crucero, disimulados a simple vista. Son la minoría, poquísimos aquí, pero están.

McEntee: Es una situación difícil, porque creo en la libertad de expresión.

McEntee: Debería. Es el derecho de la gente a expresar sus opiniones. No debería llevar a la violencia. Podés estar en desacuerdo. Si lo quieren decir, entonces que se aguanten las consecuencias.

Andy Piller, el verdadero capitán del barco, da su conferencia de prensa tradicional en el último día. Se lo ve ajado, cansado, en palabras de Bilbo Baggins, poca manteca untada sobre demasiado pan. Pero está ahí, frente a la prensa. Una ráfaga de viento cerca de la costa de Cuba le movió el escenario principal. Todavía lleva el luto por su papá en las ojeras. “Siempre decimos en joda que el crucero es las Naciones Unidas del metal en el mar. Hay gente de 80 países”, asegura. El récord previo había sido de 74 sellos de pasaportes: “Es gente de diferentes razas, religiones, de países que están en guerra entre ellos, que vienen a esta fiesta en el mar. Toda nuestra familia se reúne aquí una vez al año”. Habrá un crucero en 2026, del 29 de enero al 2 de febrero: el destino será Labadee, en la costa de Haití.

Allá afuera, en el viento caribeño, Udo Dirkschneider grita en la cubierta superior el metal de Accept, vestido con su camisa militar, sus Ray Ban Clipper y sus guantes calados de cuero. Tiene 72 años. Pero su voz de cuchilla todavía está allí; su alarido suena apenas un poco más baja que 40 años atrás. Resiste, como un coronel Kurtz en la frontera de la cultura humana, testarudo, loco, desafiante.

fotos y video: Federico Fahsbender

Fuente: telam

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