Domingo 1 de Marzo de 2026

Hoy es Domingo 1 de Marzo de 2026 y son las 12:44 ULTIMOS TITULOS:

01/03/2026

Padres que viven más e hijos que tardan en irse: el agotamiento silencioso de la generación sándwich

Fuente: telam

En un contexto de mayor longevidad y autonomía juvenil postergada, cada vez más adultos sostienen simultáneamente el cuidado de padres mayores y el apoyo económico o logístico de hijos adultos, con impacto en su salud mental, sus ingresos y sus trayectorias laborales

>Marcela pispea la cámara en el teléfono mientras escucha a su jefe. Son las nueve de la mañana y su madre ya debería estar en la cocina, pero no salió todavía de la cama. Se levanta para ir al baño, pero en realidad se oculta detrás de la máquina del café para llamar al fijo. No atiende. ¿A qué hora llega la cuidadora? Ya va a aparecer. Vuelve a sentarse, respira profundo. Suena el teléfono. Mensaje, pero no es madre. Es Francisco. “Vieja, tengo que hacer un laburo con mi socio así que nos quedamos en casa. ¿Hay comida?”

La novedad de estos años es que ese “sándwich” no es una etapa breve. Se alarga. Como los años de crianza, los años de cuidado, los años de espera. América Latina envejece más rápido que sus sistemas de protección y su infraestructura de cuidados. Y en esa aceleración demográfica, la cuenta se paga en casas, cuerpos y cabezas concretas. Como advirtió la gerontóloga argentina Mónica Roqué, “el desafío ya no es solo vivir más, sino cómo organizamos socialmente el cuidado de esos años extra”. La longevidad dejó de ser una buena noticia aislada y se volvió una conversación estructural. “En este contexto de incremento de longevidad, se generan nuevas demandas, el cuidado desborda las familias y empieza a haber implicación pública”, dice Roqué.

En la Argentina, el cuidado tiene estadísticas, no solo historias. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT 2021) del INDEC es brutal en su simpleza: cuando se mira el trabajo no remunerado (tareas domésticas y cuidados), los varones dedican en promedio 3 horas 40 minutos por día; las mujeres, 6 horas 31 minutos. Es decir: casi el doble. Esa diferencia no es una “discusión cultural”. Es una cantidad de vida.

Y hay un dato todavía más quirúrgico para este tema: en el dosier del INDEC por el 8M (2025) se señala que las mujeres que viven en hogares con población demandante de cuidado destinan 4 horas más que los varones al trabajo no remunerado. Cuatro horas no son un “plus”. Son la tarde entera. Es el espacio donde podrían entrar un turno médico propio, una caminata, un curso, una siesta que no sea culpa.

Ahí aparece el agotamiento mental, que no siempre se ve desde afuera porque no deja moretones. En el Reino Unido, un estudio con datos de hogares seguidos durante más de una década encontró que los “sandwich carers” que brindan 20 horas o más de cuidado semanal a personas mayores muestran un deterioro del bienestar mental y físico con efectos que pueden durar hasta ocho años. Ocho años es una primaria entera, un matrimonio que se resiente, un cuerpo que aprende a vivir en alerta.

En la Argentina, esa pérdida no siempre se nombra como pérdida porque suele integrarse a la rutina. “Yo me ocupo” se dice mientras se revisa una receta médica o se responde un mensaje del trabajo. No suena excepcional. Suena habitual. Y en esa habitualidad se van acomodando —o desplazando— otras cosas: tiempos propios, proyectos, descansos.

La dimensión económica es menos abstracta de lo que parece. No se trata solo del “gasto” directo, sino del gasto en tiempo que, en sociedades con desigualdad, siempre termina convirtiéndose en plata. El informe de Fundar sobre el futuro de los cuidados subraya que la distribución asimétrica del cuidado está atravesada por clase social y acceso a servicios: en la Argentina, una proporción muy alta de hogares que dedican horas diarias a cuidados de niños y niñas (menores de 15) son hogares de bajos ingresos. Cuando el cuidado es intensivo y no hay redes pagas posibles, el cuerpo familiar se convierte en institución. Como señala la economista Corina Rodríguez Enríquez, mientras el cuidado siga resolviéndose “puertas adentro”, serán las mujeres quienes paguen con tiempo, ingresos y trayectoria laboral.

Y en un texto ya clásico para pensar esto en América Latina, ella lo formula así, sin anestesia: la organización social del cuidado es “la manera en que las sociedades resuelven… la reproducción cotidiana de la vida”, y el reconocimiento de que esa organización “es injusta y un vector de reproducción de desigualdad” vuelve prioritaria la demanda por reorganizarla.

Florencia va a la residencia con la beba upa y un frasco de dulce en la cartera. Le encanta visitar a su tía abuela, que acaba de cumplir 104 años. Desde que murió su mamá, cuando ella era muy joven, siente que cuidar a esa mujer que sigue soplando velitas después de los cien es una forma de continuidad. La habitación huele a colonia suave y a sábana limpia. La tía sonríe con esa lucidez intermitente que aparece sin aviso. Florencia acomoda la manta, deja unos dulces, un pequeño licor que le gusta. Pero mira el reloj. El padre de la beba se fue de viaje y avisó que este fin de semana no puede quedarse con ella. Además su papá, que tiene 70, la espera para almorzar porque los domingos la extraña. Sale apurada, la beba se le duerme en el hombro. Llega al auto, gira la llave y no pasa nada. Otra vez. Silencio. Sin batería. Y ahí, en ese estacionamiento anodino, con la beba dormida y el domingo encima, se larga a llorar. No es por el auto. Es por la superposición.

En un ensayo publicado en The Guardian, la escritora Diana Evans describe la experiencia de la generación sándwich como ese momento en que, cuando una mujer más necesitaría tiempo propio, es arrastrada en dos direcciones. No lo plantea como consigna. Lo describe como una experiencia simultánea: el cuidado no se suma a la vida. La reorganiza.

Y si faltan sistemas, lo que aparece es el cuerpo de siempre: el cuerpo femenino. El INDEC lo muestra con una claridad que da pudor: el 91,6% de las mujeres realiza trabajo doméstico, de cuidado o de apoyo a otros hogares, frente a 73,9% de varones. El cuidado es masivo, pero está mal repartido. Y lo que está mal repartido se vuelve carga acumulada en horas.

Los estudios cualitativos sobre cuidadores sándwich describen con frecuencia esa mezcla: agotamiento físico, estrés, problemas de manejo del tiempo y “burnout” del cuidador. Pero lo que en un paper aparece como categoría, en la vida cotidiana se siente como una frase simple: “me olvidé de mí”.

A veces, para entenderlo, sirve mirar el mapa de un día cualquiera. La mujer que trabaja, cuida y sostiene suele tener una agenda con tres capas superpuestas: la capa de lo propio (trabajo, salud, deseo), la capa de los hijos (escuela, plata, emociones, futuro) y la capa de los padres (medicación, trámites, fragilidad, miedo). La capa propia es siempre la que se corre. Se corre hasta que el cuerpo dice basta de manera poco poética: contracturas, insomnio, ansiedad, hipertensión o esa tristeza plana que no llega a depresión porque no hay tiempo ni para deprimirse.

En la conversación pública aparecen palabras como corresponsabilidad o sistemas integrales. Existen experiencias de relevo, apoyos comunitarios, licencias ampliadas. Pero suelen ser parciales. Mientras tanto, todo se sigue resolviendo en la escala más pequeña: la casa.

No es tragedia. No es novela. Es logística afectiva. Y esa logística se volvió, para millones, el trabajo invisible que sostiene a la familia cuando vivir más ya no significa únicamente vivir más años, sino vivir más años necesitando a alguien.

Fuente: telam

Compartir

Comentarios

Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno!