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21/02/2026

Las peregrinas: historias de mujeres que desafiaron orígenes, status y convenciones de género y se lanzaron a los caminos de la fe

Fuente: telam

Elena de Constantinopla, Paula de Roma, Melania “la Anciana” y “la Joven”, entre otras mujeres, nobles y anónimas, renunciaron a riquezas y títulos imperiales, a lugares de poder y a raíces lejanas a la religión para recorrer sitios sagrados y construir nuevos. Crearon un nuevo mundo espiritual fundando monasterios, desafiando tabúes y dejando un legado que ilumina la sombra del patriarcado eclesiástico

>En las brumosas calzadas del Imperio Romano tardío, donde el polvo de las legiones se entretejía con los primeros salmos cristianos, un puñado de mujeres —emperatrices, nobles, viudas ascéticas y hasta una exprostituta redimida— se calzó sandalias y se lanzó a odiseas que no solo buscaron santuarios, sino que redibujaron el mapa de la devoción. No eran meras devotas, eran arquitectas de un nuevo mundo espiritual, fundando monasterios, desafiando tabúes de género y dejando diarios que hoy iluminan la sombra del patriarcado eclesiástico. Siguiendo las huellas de Egeria, esa hispanorromana nacida en la actual Galicia del siglo IV cuya pluma capturó un viaje de tres años por Tierra Santa, estas peregrinas transformaron la Pax romana en un puente de fe itinerante. >En una era de fronteras porosas y peligros constantes —bandidos en el desierto, tormentas en el Adriático—, su audacia no fue casual: era un acto de liberación, un grito de fe que resonaba desde Galicia hasta el Sinaí.

La pionera indiscutible, cuya sombra se proyecta sobre todas, fue la emperatriz Elena, madre de Constantino el Grande. Nacida alrededor del 250 en Bitinia —quizá en la humilde Britania, según tradiciones que la sitúan en York—, esta mujer de origen plebeyo ascendió de concubina a augusta imperial tras la conversión de su hijo en el 312. En 326, justo tras el Concilio de Nicea, Elena, ya abuela y viuda, emprendió una peregrinación que inauguró la era de los viajes sagrados masivos. Acompañada por el obispo Macario, recaló en Jerusalén y Belén, sorteando penurias que hoy parecen inimaginables: caravanas polvorientas, noches bajo estrellas hostiles y el hedor de posadas infames. Según Eusebio de Cesárea, su biógrafo, Elena albergaba un “deseo compartido” con Constantino: venerar “el lugar donde sus pies han estado” (Salmo 132:7). Pero no se limitó a orar: desenterró la Vera Cruz en el Gólgota, un hallazgo que Ambrosio de Milán y Paulina de Nola narran con fervor místico. “Su viaje marcó el inicio de un turismo sagrado que perdura”, apunta Perta, recordando cómo Elena transformó el paisaje: erigió la basílica del Santo Sepulcro, iglesias en Belén y el Monte de los Olivos, y hasta en el Sinaí.

No muy lejos en el tiempo, Paula de Roma (347-404) encarnó el drama del desapego radical. Clarísima de linaje senatorial —descendiente de Agamenón, según su mentor Jerónimo—, Paula se casó a los 16 con Toxotius, un noble que le dio cuatro hijas y un hijo. Viuda a los 32, tras una vida de sedas y eunucos portándola por las calles romanas, Paula se unió al círculo ascético del Aventino, influenciada por Marcela. En 382 conoció a Jerónimo, el iracundo erudito que había estudiado en Roma y vivido como asceta en Oriente. Bajo su tutela, Paula abrazó el ayuno estricto, el estudio intensivo de las Escrituras y una pobreza que escandalizó a Roma. “¡Qué difícil es para una madre dejar a sus hijos por Cristo!”, exclama Jerónimo en su emotiva carta a Eustoquio tras su muerte, pintándola envuelta en llanto al abandonar la Ciudad Eterna.

“Era una intelectual y una asceta; su peregrinación fue un acto de liberación radical”, destaca el historiador César Morales, subrayando cómo Paula subvirtió su herencia: vendió todo, agotó fortunas en hospitalidad y solo dejó deudas a su hija. Su funeral en 404 atrajo multitudes de Palestina; santa por la Iglesia latina, su legado es el de una patrona de los jerónimos, retratada con libro y velo negro.

En Jerusalén, fundó un convento para sí y un monasterio en el Monte de los Olivos para Rufino de Aquilea —uno de los primeros dobles monasterios cristianos—. Su nieta, Melania la Joven (c. 383-439), heredó el mismo espíritu que su abuela: casada a los 12 con Piniano, otro noble converso, huyó de la invasión gótica en 410 a Tagaste (Argelia), pero Jerusalén los arrastró. Llegaron en peregrinación a sitios santos; eligieron la “posada de peregrinos adosada al Santo Sepulcro” para enfatizar pobreza, según Geroncio en su Vida de Santa Melania (cap. 35). Fundaron dos monasterios en Jerusalén y uno en Belén —dobles, segregados—, atrayendo etíopes, persas e indios. Su elección de humildad contrasta con opciones elitistas; como su abuela, usó fortuna para patronazgo, viviendo en austeridad hasta su muerte en 439. >Silvia de Aquitania (c. 330-406), hermana del prefecto Rufino bajo Teodosio, añade misterio y controversia. Mencionada por Paladio en su Historia Lausiaca, esta galorromana —cuya ruta a Jerusalén, Egipto y Constantinopla se asemeja tanto a Egeria que Gamurrini la creyó autora del itinerario en 1884— cruzó mares y desiertos en el siglo IV como rito de purificación. Su peregrinación, datada entre 379-388, incluyó visitas a monjes egipcios y sitios palestinos; el texto “Peregrinatio Silviae Aquitanae” detalla liturgias y hospitalidad. “Silvia representa a esas mujeres anónimas que, sin pluma famosa, forjaron el camino para las Egerias“, escribe el jesuita Marius Férotin. En Chipre, se alojó con Epifanio de Salamis; en Jerusalén, optó por celdas humildes. Su legado es litúrgico: describió oficios que influyeron en la tradición occidental, y su estatus imperial le dio salvoconducto. En su peregrinar incluyó Egipto en 381 y 383, como Egeria.

Fabiola de Roma (m. 399/400), otra matrona del círculo de Jerónimo, encarna la redención dramática. Noble de la gens Fabia, viuda tras un matrimonio infeliz —divorciada y vuelta a casar, escándalo en Roma—, se convirtió en 394, vendiendo todo para penitencia. Peregrinó a Belén, viviendo en un hospicio que profundizó su fe; regresó a Roma para fundar el primer hospital público, atendiendo leprosos con manos desnudas. Jerónimo la elogia en la Epístola 77: >En el siglo V, las emperatrices tomaron el relevo con esplendor imperial. Elia Eudocia Athenaide (c. 401-460), esposa de Teodosio II, peregrinó dos veces a Palestina: en 437 por promesa de su hija, y en 443, quedándose hasta morir. Fundó monasterios, oratorios y la basílica de San Esteban —donde yace—, recuperando reliquias como las cadenas de Pedro. Su hija, Eudoxia (401-493), y su nieta, Licinia Eudocia, siguieron tejiendo dinastías devotas. Anicia Juliana (c. 439-527), de sangre imperial, peregrinó y financió en Constantinopla. Perta las califica de “santas constructoras”, cuyo mecenazgo elevó Tierra Santa.

Pero ninguna historia es tan fantástica como la de María Egipcíaca (siglo V-VI), la más extraña peregrina. Prostituta en Alejandría desde los 12, en 430 se unió a peregrinos a Jerusalén por lujuria, no por fe. En el Santo Sepulcro, una fuerza invisible la bloqueó; lloró ante un ícono de la Virgen y juró celibato. Cruzó el Jordán al desierto, donde 47 años de ayuno y visiones la transforman en eremita. Sofronio de Jerusalén (550-638) narra en su Vida: “Bloqueada milagrosamente, su mirada al ícono la redirige al Bautismo de Jesús”. Encontró al monje Zosimas, quien la confesó; un león cavó su tumba. “Muestra que incluso los pecados más profundos se purifican en peregrinación”, dice un sermón ortodoxo reciente. Más tarde se convertirá en santa, y en muchos lugares del mundo se levantarán templos en su memoria (uno de los más famosos está en Nápoles).

En este tiempo de aviones a Jerusalén, su legado interpela: ¿cuántas cosas seríamos capaces de dejar atrás por una fe impetuosa? Como dice Lucía García de la Serrana en El Coloso de Rodas: “Fueron las primeras en romper el velo: no esperaron permiso para buscar a Dios en caminos“. Egeria, Helena, Paula y sus hermanas no solo peregrinaron; redibujaron el mundo con pasos de mujer.

Fuente: telam

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