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01/02/2026

De la religión a la tecnología: por qué la inmortalidad empieza a discutirse en serio

Fuente: telam

Las declaraciones de Elon Musk en Davos, los avances científicos y una discusión que cruza privilegio, desigualdad y tiempo vuelven a poner en escena una pregunta incómoda: quiénes podrán vivir más y en qué condiciones

>“Who wants to live forever…”, canta Freddie Mercury. Pero no suena en la sala, sino en en el corazón y la memoria. Porque no es aquella escena de Highlander que todavía nos hace llorar. No es Connor sosteniendo la mano arrugada y vieja de Heather mientras la Queen pregunta “who dares to love forever…”. Es Elon Musk, en la sala principal del World Economic Forum de Davos, diciendo que el envejecimiento “es un problema muy solucionable”. Que cuando se entienda qué lo causa, probablemente resulte “increíblemente obvio”.

Lo que Musk dijo en Davos no aparece aislado. Forma parte de un clima más amplio, que varios medios internacionales vienen registrando desde hace tiempo. The Guardian lo sintetizó sin vueltas al describir la nueva obsesión de ciertas élites: “Para ellos, el envejecimiento es un problema técnico que puede —y va a— ser arreglado”. No como promesa científica cerrada, sino como conducta observable. Inversiones millonarias, clínicas privadas, startups de longevidad, tratamientos experimentales, agendas públicas y privadas organizadas alrededor de una misma idea: vivir más.

Ese universo no es marginal ni excéntrico. Está compuesto por empresarios tecnológicos, CEOs de grandes compañías, fondos de inversión y referentes del biohacking. Se mueve entre Silicon Valley, universidades, laboratorios y clínicas exclusivas. La obsesión tampoco es nueva. Ya hace una década, Newsweek advertía que la idea de vivir no solo unos años más, sino “un siglo o incluso varios cientos de años más”, empezaba a convertirse en uno de los temas más controversiales del siglo que venía.

Dicho de manera menos abstracta: si los 60 de hoy ya no se parecen a los 60 de hace medio siglo, quienes lleguen bien a los 80 podrían encontrarse con un menú de opciones terapéuticas para frenar o modificar procesos de envejecimiento que hoy todavía están en fase experimental. Postergar la muerte, un poco más cada vez. En ese marco, la inmortalidad no aparece como un derecho humano universal, sino como un privilegio anticipado.

Mientras el debate público oscila entre la fascinación y la burla, en los laboratorios pasan cosas concretas. Investigaciones recientes asociadas a Harvard University lograron resultados que explican por qué el tema dejó de ser pura especulación. Estudios sobre reprogramación epigenética mostraron que es posible restaurar funciones visuales en modelos animales envejecidos, incluso en cuadros que simulan el glaucoma, una de las principales causas de ceguera irreversible asociada a la edad.

El procedimiento no modifica el ADN, sino la forma en que ciertos genes se expresan. En términos simples: células adultas recuperan características funcionales más jóvenes. No es inmortalidad. No es vivir para siempre. Es algo más acotado y, por eso mismo, más inquietante: rejuvenecimiento funcional localizado. La ciencia no entra por la puerta de la eternidad. Entra por la de la cura: visión, órganos, funciones. Pero al hacerlo, corre un límite que durante siglos pareció inamovible. No estamos cerca de la inmortalidad. Estamos cerca de empezar a creer que el envejecimiento podría ser, al menos en parte, opcional.

En nuestras pampas, nos lo contó Jorge Luis Borges en El inmortal, ese mundo de trogloditas eternos. Al fin de cuentas, dice, la mayoría de las religiones de Occidente cree en la inmortalidad. Solo que dejan la libertad para el primer siglo y dedican el resto al premio o al castigo. “Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable o lo azaroso”, mientras que entre los inmortales “no hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es necesariamente precario”.

El contraste se vuelve más nítido en el contrapunto con el biogerontólogo Aubrey de Grey, uno de los defensores más radicales de la longevidad extrema. De Grey sostiene que el envejecimiento es un conjunto de daños acumulativos reparables y que “la primera persona que vivirá hasta los 150 años probablemente ya nació”. Para él, el problema es científico y moral: si se puede, hay que hacerlo. Se incluye a sí mismo en esa proyección: si se llega relativamente sano a las próximas décadas, supone que la ciencia habrá encontrado la manera.

Harari no niega la posibilidad técnica. El desacuerdo es otro. Incluso si se pudiera, advierte, las consecuencias sociales serían profundas. Una longevidad extendida ampliaría desigualdades biológicas; la finitud organiza el deseo, los proyectos y el sentido; sociedades donde nadie muere tienden a volverse rígidas, poco permeables al cambio. Musk lo formula como ingeniero. Harari lo piensa como historiador del poder. Y ahí aparece la pregunta que rara vez ocupa los titulares tecnológicos: ¿quién va a vivir más?

Si los avances en longevidad llegan primero —como suele ocurrir— a quienes pueden pagarlos, se abriría una nueva forma de desigualdad: la desigualdad temporal. Décadas adicionales de vida activa concentradas en determinados grupos. Herencias que no serían solo económicas, sino biológicas. Como advirtió The Guardian, los multimillonarios tecnológicos están obsesionados con encontrar el secreto de una vida más larga, pero esos esfuerzos no se derraman sobre el resto.

En América Latina, y en la Argentina, donde la discusión sigue centrada en cómo llegar a viejo con ingresos, salud y cuidados, el contraste es todavía más fuerte. Mientras una élite global discute cómo no morirse, millones de personas siguen peleando por algo mucho más básico: llegar a la vejez, no hacerlo solos, no empobrecerse al envejecer. Porque no se envejece igual en todas las regiones, ni en todas las clases sociales ni en todas las comunidades. La seguridad del entorno, las opciones vitales, el acceso a la salud, la alimentación, el trabajo, los proyectos de vida marcan para muchos otros finales, que nada tienen que ver con el debate sobre cuándo morir… de viejo.

Fuente: telam

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