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28/01/2026

Benito Quinquela Martín, el huérfano que pintó a los obreros y convirtió al barrio de La Boca en un símbolo porteño

Fuente: telam

Su infancia estuvo atravesada por la soledad y el esfuerzo, pero encontró en el color y la acción del puerto una manera de narrar la vida de los trabajadores. Con pincel y espátula, llevó la energía de su barrio a museos del mundo y dejó una huella profunda en la cultura argentina. Murió el 28 de enero de 1977

>Hubo un tiempo en que el aire del sur de Buenos Aires era una mezcla de carbón, brea y un mar lejano que nunca terminaba de llegar. En ese paisaje crudo y esforzado, un niño sin apellido encontró, casi por azar, la punta del hilo que lo uniría para siempre a su destino: el barrio de La Boca. Aquel chico había sido abandonado en la Casa de Niños Expósitos con una nota que decía: “Este niño ha sido bautizado con el nombre de Benito Juan Martín”.

Con el paso del tiempo, ese chico autodidacta, que pintaba de noche en una pieza pequeña y trabajaba de día en la carbonería familiar, terminó por construir una enorme obra, que fue mucho más que darle color y una imagen única al sur porteño. Pintó barcos, lanchas, remolcadores, grúas y obreros con una intensidad inconfundible. Pintó su vida, su origen y su memoria. Pintó —sobre todo— su identidad. Murió el 28 de enero de 1977, a los 86 años.

Benito Quinquela Martín nació en Buenos Aires, aunque la fecha exacta de su nacimiento nunca pudo establecerse. Poco tiempo después de nacer fue abandonado en la Casa de Niños Expósitos —luego Casa Cuna—, acompañado por una nota breve y definitiva que decía: “Este niño ha sido bautizado con el nombre de Benito Juan Martín”. No tenía apellido, ni historia escrita, ni familia conocida; solo un nombre y un pañuelo cortado en diagonal como único recuerdo posible de su madre biológica, que jamás regresó a buscarlo.

Por ese motivo, las monjas de la Casa de Expósitos estimaron su fecha de nacimiento y fijaron oficialmente el 1 de marzo de 1890, ya que el niño había sido dejado allí el día 21 de ese mismo mes. Su vida comenzó marcada por la incertidumbre, pero también por una resiliencia que lo acompañaría siempre.

En 1897, a los siete años, fue adoptado por un matrimonio de inmigrantes italianos que lo llevó a vivir al barrio de La Boca. Manuel Chinchella, oriundo de Nervi, trabajaba descargando carbón en el puerto y atendía la carbonería familiar. Justina Molina, nacida en Gualeguaychú, llevaba el comercio con una memoria prodigiosa y una ternura constante. Al no poder tener hijos biológicos, la pareja decidió adoptar a Benito y darle un hogar.

La vida en La Boca era dura, pero vibrante: conventillos húmedos, calles de barro, olor a río, a brea y a hierro caliente. Desde muy pequeño, Benito trabajó en la carbonería junto a su madre adoptiva, atendiendo a los clientes y realizando tareas menores, mientras su padre, de carácter más rudo, marcaba la disciplina familiar a su manera. Las dificultades económicas solo le permitieron cursar hasta tercer grado en la Escuela Nº 4, donde aprendió a leer, escribir y hacer cuentas básicas, saberes que su padre consideraba suficientes para enfrentar la vida.

En las calles del barrio entabló amistad con los mellizos García, con quienes aprendió códigos barriales y estrategias de defensa personal. Las peleas entre chicos hijos de españoles e italianos eran frecuentes, y el puerto también enseñaba a resistir.

A los catorce años comenzó a asistir a clases nocturnas de dibujo en la Sociedad Unión de La Boca, un espacio donde convivían obreros, estudiantes y artistas. Allí descubrió que podía transformar aquello que veía a diario en imágenes cargadas de emoción. Tenía una mirada intensa, una intuición poderosa y un sentido del color que se iría afirmando con el tiempo. Sus primeras pinturas eran torpes desde lo técnico, pero ya dejaban ver un pulso enérgico y una intensidad casi eléctrica.

En esos años, el ahora colorido barrio de La Ribera, era entonces un mundo paralelo. Allí convivían inmigrantes genoveses, españoles, yugoslavos; se mezclaban los olores de la sopa, el salitre y el hierro quemado. El puerto latía y cada calle, cada conventillo, tenía su propio ritmo y color. Para Quinquela, ese entorno no fue solo un paisaje sino su gran escuela.

A los diecisiete años ingresó al Conservatorio Pezzini-Stiatessi, donde estudió hasta 1920 y tuvo como maestro a Alfredo Lazzari, su primer guía formal en el dibujo y la pintura. Allí selló su amistad con Juan de Dios Filiberto: dos almas que se volvieron inseparables y terminaron dándole alma y sonido al barrio de La Boca. También participó en tertulias culturales y políticas, y, ante la imposibilidad de terminar la escuela por motivos económicos, completó su educación general de modo autodidacta, leyendo en las bibliotecas del barrio y aprendiendo de la vida en el puerto.

En 1918 realizó su primera muestra individual en la Galería Witcomb. Un año después fue aceptado por primera vez en el Salón Nacional de Bellas Artes. A partir de entonces, su carrera se expandió rápidamente hacia el exterior. En 1923 expuso veinte obras en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde el Museo de Arte Moderno adquirió dos de sus cuadros. En París, una de sus pinturas ingresó al Museo de Luxemburgo; en Nueva York vendió obras al Metropolitan Museum. Expuso también en Roma, Londres, Cuba y Brasil. Figuras como el rey Alfonso XIII de España y el presidente italiano Benito Mussolini se interesaron personalmente por su trabajo.

Durante la gira europea que hizo exponer en Roma, su obra despertó el interés de figuras centrales del poder. En una de esas muestras,Su mirada y sensibilidad tan particular fueron claves en el éxito. Quinquela no pintaba el puerto desde afuera, lo pintaba desde adentro. Había cargado carbón, había conocido el cansancio físico y la piel curtida de los obreros, había sentido la vibración de los barcos contra el muelle. Esa experiencia directa se tradujo en colores intensos, pinceladas amplias y una energía vital que caracteriza su obra. A partir de 1918, el uso predominante de la espátula le otorgó a sus cuadros una textura singular y una sensación constante de movimiento.

Con el tiempo, Quinquela Martín se convirtió en alguien más que un pintor consagrado en el mundo. Fue un altruista benefactor y un creador de espacios públicos. Donó terrenos y financió la construcción de la Escuela Pedro de Mendoza, el Lactario Municipal Nº 4, la Escuela de Artes Gráficas y el Instituto Odontológico Infantil, todos en La Boca. Impulsó la pintura de conventillos, la creación del Museo de Mascarones de Proa, el Teatro de la Ribera y la recuperación de Caminito como calle-museo en la década de 1950. Su objetivo era claro: que el arte y el color fueran parte de la vida cotidiana de su barrio.

Su excepcional trabajo alcanzó momentos culminantes en obras como Incendio en el astillero, Puente de La Boca, A pleno sol, Día de trabajo y Tormenta en el puerto, verdaderas síntesis de la épica del trabajo humano. En 1972 fue nombrado Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires.

Benito Quinquela Martín murió el 28 de enero de 1977, en Buenos Aires, a causa de una insuficiencia cardíaca. Fue velado en su casa-taller, en un féretro pintado por él mismo con escenas del puerto de La Boca. Sus restos descansan en un mausoleo propio en el cementerio de la Chacarita. Su obra, viva y vibrante, sigue dando identidad al barrio que lo vio nacer como artista.

Fuente: telam

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