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27/01/2026

El terror argentino después del ruido

Fuente: telam

“La virgen de la tosquera”, dirigida por Laura Casabé a partir de relatos de Mariana Enríquez, y “El susurro”, de Gustavo Hernández, proponen un cine donde el miedo emerge de estructuras sociales ya existentes, de la vida cotidiana, de la violencia naturalizada

>Lejos del sobresalto fácil, el nuevo terror argentino trabaja el miedo como una experiencia íntima y social. La virgen de la tosquera y El susurro señalan un cambio de época: un cine que baja el volumen para inquietar más. Con estéticas distintas y una sensibilidad común, las películas de Laura Casabé y Gustavo Hernández muestran cómo el terror local se desplaza de lo extraordinario a lo cotidiano, de la alegoría al diagnóstico, de la amenaza visible al murmullo persistente.

Ese desplazamiento no es solo estético. Es también una forma de leer el presente. En lugar de buscar el sobresalto inmediato, el nuevo terror argentino trabaja con lo que se filtra lentamente, con aquello que se instala sin anunciarse. Dos películas recientes condensan con claridad esta transformación: La virgen de la tosquera, dirigida por Laura Casabé a partir de relatos de Mariana Enríquez, y El susurro, de Gustavo Hernández, y juntas permiten identificar una sensibilidad común: un cine que entiende que el miedo no irrumpe desde afuera, sino que emerge de estructuras sociales ya existentes.

En Argentina, el terror fue siempre una forma de leer la realidad antes que un ejercicio de efectos. Incluso cuando el género coqueteó con el exceso o con el gótico, nunca dejó de volver sobre lo social. El miedo rara vez nace de lo desconocido: aparece en lo demasiado familiar. El horror surge cuando aquello que debía resguardar —la familia, el barrio, la comunidad— comienza a volverse opresivo.

Ese modo de pensar el terror como una expansión de los conflictos sociales no es exclusivo del cine argentino, pero aquí adquiere una densidad particular. Hay una tradición, compartida por distintas geografías, que entiende que el verdadero miedo no proviene del monstruo aislado, sino del entramado humano que lo permite. Comunidades aparentemente normales, pueblos tranquilos, familias reconocibles: allí es donde el terror se vuelve más inquietante, porque no necesita explicación.

La protagonista, Natalia (interpretada por Dolores Oliverio), vive en el conurbano bonaerense, rodeada de adultos agotados y de instituciones que ya no ordenan nada. La adolescencia aparece aquí no como refugio, sino como zona de exposición: todo se siente más, todo duele más, todo parece definitivo. Agustín Sosa encarna a Diego, el joven objeto de deseo, mientras Isabel Bracamonte (Josefina), Candela Flores (Mariela) y Fernanda Echevarría (Silvia) completan el núcleo adolescente. Luisa Merelas interpreta a Rita, la abuela que guía a Natalia en prácticas de hechicería, y un Dady Brieva que con una breve participación especial genera una tensión y horror destacables.

Cuando el enamoramiento adolescente deriva en rivalidad y luego en obsesión, la respuesta no es grandilocuente. No hay gestos heroicos ni estallidos melodramáticos. Hay magia, hay gualicho. La superstición no aparece como atraso ni como delirio, sino como adaptación. Cuando los sistemas formales fallan, otros ocupan su lugar. El hechizo que Natalia busca no irrumpe en el realismo: lo continúa por otros medios. La abuela que la acompaña no remite a un pasado pintoresco, sino a un presente paralelo donde el saber circula fuera de los canales oficiales. El miedo, aquí, no es sobrenatural. Es estructural.

La literatura de Mariana Enríquez trabaja desde hace años sobre esa intuición: fantasmas que no vienen de otro mundo, sino de lo que queda cuando la violencia se vuelve rutina. Casabé traduce esa lógica a una puesta en escena que evita el sobresalto y apuesta por el tiempo. La tosquera —ese lago artificial de cantera— se convierte en un espacio ambiguo, al mismo tiempo cotidiano y cargado de simbolismo: accesible pero prohibido; en la piscina municipal hay seguridad y demasiado cloro. En la cantera hay agua dudosa, frescura, libertad y peligro. Es un lugar de encuentro adolescente, pero también un depósito de creencias, resentimientos y temores acumulados. La Virgen que emerge de la gruta no promete redención sino que condensa todas esas contradicciones y promete excesos.

La película comienza con una huida: dos hermanos escapan de un padre en apariencia violento y llegan a una casa que parece ofrecer refugio. Buscan aislarse de una conexión inevitable con el padre. Adrián lleva auriculares con música todo el tiempo para no escuchar el susurro sobrenatural de su padre, que lo llama a ser parte de un legado familiar del que Lucía no es parte. Ella, por su lado, intenta de todos modos salvar a su hermano de esa herencia maldita. El horror no irrumpe sino que se instala como un personaje más. En El susurro, el mal no se presenta como una fuerza excepcional, sino como una lógica organizada. La violencia es el engranaje que hace girar la rueda social. Con efectos originales, la vigilancia no baja desde el poder sino que se improvisa en el entorno más próximo y menos pensado. Una microcámara adherida a un gato que recuerda al gato de Cementerio de animales no funciona como truco visual, sino como hilo conductor del drama dando cuenta de que el terror actual circula por dispositivos, mercados e imágenes. Se mueve de manera discreta, casi invisible, sostenido por la indiferencia y la normalización.

Ambas películas recorrieron festivales internacionales antes de llegar al público local. Y, en un contexto de precariedad creciente para el cine argentino, el terror aparece también como estrategia. Es un género capaz de trabajar con pocos recursos, de convertir la atmósfera en capital narrativo, de hacer que la tensión suplante al presupuesto. Pero esa elección no es solo económica. Es conceptual: el terror, por definición, es el género que se pregunta qué ocurre cuando los sistemas fallan. Por eso resulta especialmente apto para narrar la retirada del Estado, la fragilidad de la ley, la privatización de la violencia. En el cine argentino reciente, el terror no esquiva la política: la metaboliza. Convierte la ansiedad económica en sensación corporal, el derrumbe institucional en espacio inquietante, el trauma colectivo heredado en estructura narrativa inevitable.

Hay, en este sentido, un desplazamiento claro respecto del terror argentino de décadas anteriores, más apoyado en alegorías explícitas de la dictadura o la represión. Las películas actuales son menos simbólicas y más diagnósticas. No preguntan qué representa el terror, sino cómo opera. Y la respuesta aparece una y otra vez en los mismos lugares: la familia, el barrio, la intimidad, lo cotidiano, la precariedad de un sistema que falla una y otra vez. El resultado es un cine que entiende que el miedo no requiere exageración cuando ya forma parte de la experiencia común. El susurro reemplaza al grito no por contención estética, sino porque lo contenido resulta más perturbador.

Estas películas saben de dónde vienen y saben a qué le temen. La virgen de la tosquera propone que las crisis de un país pueden filmarse como clima adolescente en el que la precariedad, la falta de expectativas y la necesidad de sobrevivir provocan crisis, estados de ánimo alterados y el consecuente terror. El susurro sugiere que hoy esas crisis circulan por redes, dispositivos y mercados, casi en silencio. Juntas trazan un mapa del terror argentino contemporáneo, no como un género marginal, sino como una forma de pensamiento cultural.

Fuente: telam

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