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05/04/2025

Tiene 25 años y sufrió un ACV en una primera cita: “Si él no hubiese actuado tan rápido, no sé si la contaba”

Fuente: telam

Lucrecia Fernández Bordos tuvo un ACV hemorrágico mientras charlaba con un chico que apenas conocía. No recuerda nada de esa noche. “Hubo señales a las que no les di la importancia que merecían”

>Lucrecia Fernández Bordos no se acuerda de haberle abierto la puerta de su casa al chico con el que había arreglado su primera cita la noche del 16 de enero pasado. Tampoco recuerda haber estado con sus amigas en la pileta esa tarde, ni haber ido a la peluquería por la mañana. Su memoria hace un salto y recién vuelve a encenderse quince días después, cuando se despertó en una clínica, conectada a varios cables, con su papá sentado al lado de la cama, observándola en silencio.

Tuviste un ACV, hija —le contestó.

Si bien el 80% de los casos es prevenible, Lucrecia no podría haberse anticipado al suyo: según le explicaron los médicos, se generó a partir de una “malformación vascular congénita”. El resultado fue un accidente cerebrovascular hemorrágico que, gracias a la reacción rápida y al cuidado adecuado, no le dejó secuelas.

Hasta que tuvo el ACV, la vida de Lucrecia era como la de cualquier joven de su edad: estudiaba Publicidad en la UADE, hacía una pasantía como Community Manager en una empresa y compartía salidas con sus amigas. Pero en diciembre de 2024, esa rutina empezó a mostrar indicios de que algo no andaba bien.

Por un lado, el trabajo la tenía agotada: el trato era pésimo, el clima laboral tóxico y, aunque no cumplía una jornada extensa, anímicamente la situación la desbordaba. Por el otro, atravesaba la etapa de cierre del cuatrimestre. “Tuve que preparar y rendir varios finales. Estaba muy estresada”, dice.

En enero, Lucrecia viajó con sus amigas a Praia do Rosa, en Brasil. Ahí, recuerda, comenzaron los dolores de cabeza. “Al principio se los atribuí al estilo de vida que estaba llevando: pasaba todo el día al sol en la playa y dormía bastante mal. Además, mis amigas también estaban con temas de salud: una tenía laringitis, otra una ‘tos de perro’. Creí que me había contagiado”, dice.

Hasta que una de las últimas noches, después de una salida, el panorama empeoró. “Empecé a ver como si tuviera una mancha de agua dentro del ojo. Fue un rato nada más. ‘Me bajó la presión’, pensé. Como seguía con dolor de cabeza, tomé un ibuprofeno 600 y me fui a dormir deseando que se me pase”, recapitula. Pero al día siguiente el dolor continuó.

Dos días después, ya de regreso en Capital Federal, todos esos síntomas cobrarían otro sentido.

A su vuelta, aprovechando que su mamá estaba de viaje, Lucrecia arregló su primera cita con un chico que había conocido en una fiesta semanas atrás. “Lo había visto una sola vez en mi vida. Veníamos charlando por redes, pero apenas lo conocía”, cuenta.

Lo que sucedió después podría haber sido la escena de una película. Lucrecia empezó a marearse y a vomitar de forma violenta. “Fue un ‘vómito en proyectil’, como le dicen los médicos: salía con una fuerza impresionante. Vomitaba, perdía el conocimiento y volvía en mí. En el medio de todo eso, lo acusaba de haberme drogado y le pedía que llamara a mi papá. Estaba desesperada”, relata.

A pesar del susto, el joven reaccionó con rapidez: llamó al padre de Lucrecia y al Sistema de Atención Médica de Emergencias (SAME). En menos de una hora, estaba internada y, tomografía mediante, con un diagnóstico: había sufrido un Lucrecia pasó tres semanas en la Clínica Adventista de Belgrano. No llegó a estar en coma, dice, pero la cantidad de analgésicos que le suministraron le impidieron registrar con claridad lo que pasaba a su alrededor. “Mis amigas me decían: ‘Te fui a visitar y hablamos’, pero yo no me acuerdo”, explica.

Su primer impulso fue chequear si podía moverse sola. “Recuerdo que tenía una sonda para hacer pis, pero necesitaba saber si podía levantarme y caminar. Los médicos me decían que sí, pero yo quería comprobar que tenía motricidad. Tenía miedo de haber quedado con alguna secuela”, asegura.

Ante un caso así, es inevitable hacerse preguntas: ¿puede un dolor de cabeza fuerte ser un signo de alarma? ¿Y un derrame en el ojo? ¿Qué tan comunes son los ACV en personas jóvenes y sin antecedentes?

“En situaciones como esta, la acción rápida es clave para evitar consecuencias graves. Cuando hay síntomas compatibles con un ACV —dolor de cabeza súbito e intenso, alteraciones en el habla o la conciencia— hay que actuar de inmediato: llamar al sistema de emergencias local o al 107, no dejar sola a la persona y trasladarla a un centro con neuroimagen. Que Lucrecia haya llegado en poco tiempo a una clínica permitió hacer una tomografía y detectar el origen del sangrado. Eso evitó complicaciones como hipertensión intracraneal o re-sangrado”, explicó Andersson a Infobae.

Finalmente, el 7 de febrero Lucrecia recibió el alta médica. Aunque su recuperación fue buena y rápida, todavía tiene un pequeño coágulo en el cerebro. Frente a eso, explica, el equipo que la atendió está evaluando realizarle una intervención el próximo 24 de abril. Mientras tanto, tiene ciertas restricciones: no puede hacer grandes esfuerzos, manejar largas distancias, viajar en avión o quedarse sola por mucho tiempo. “Tengo que acostumbrarme a este nuevo estilo de vida, más tranquilo. Los médicos creen que puede haber sido una mezcla entre el estrés y la despresurización del avión. Todo eso, sumado a mi malformación”, dice.

—¿Y qué pasó con el chico? ¿Volvieron a verse?

Fuente: telam

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