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24/03/2026

25 testimonios del "Nunca más" que revelaron el horror de la dictadura: así secuestraba, torturaba, violaba y desaparecía personas

Fuente: telam

En 1984, la CoNaDeP entregó su informe, que fue la columna vertebral del Juicio a las Juntas. Infobae seleccionó las voces más contundentes entre sobrevivientes y familiares de desaparecidos

Esta nota empieza con una obviedad: se cumplen cincuenta años desde el inicio de la última dictadura en la Argentina. La que implementó un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición forzada de personas. La que convirtió al Estado argentino en terrorista. Esto que sigue no es una obviedad: pasaron apenas trece días -menos de dos semanas- desde que se confirmó la identidad de doce desaparecidos allí donde funcionó La Perla, uno de los centros clandestinos de detención más gravitantes de ese terror que se extendió durante siete años.

Hay familias que confirmaron, hace nada más que trece días, dónde estaban sus desaparecidos. Después de medio siglo de ausencia, de un duelo sin cuerpo y sin certezas. Esa es una de todas las formas en las que se puede intentar, apenas intentar, dimensionar la tragedia que desencadenó el Golpe que irrumpió el orden democrático el 24 de marzo de 1976 y que se extendió hasta fines de 1983. Es una de las formas de decir que las consecuencias de ese plan de exterminio llegan hasta hoy.

Apenas restaurada la democracia, el flamante presidente, Raúl Alfonsín, ordenó que se conformara la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CoNaDeP). Esa comisión escucharía el testimonio de sobrevivientes de los campos clandestinos de detención y de familiares y amigos de quienes estuvieran desaparecidos. Elaborarían un informe y ese informe sería la columna vertebral de la acusación del Juicio a las Juntas que se llevó a cabo en 1985 y que condenó a cinco de los máximos responsables de la dictadura por crímenes de lesa humanidad.

La CoNaDeP entregó el informe a Alfonsín el 20 de septiembre de 1984, tras recolectar decenas de miles de testimonios y recorrer muchos de los centros clandestinos de detención junto a algunos de sus sobrevivientes. El informe tiene un título inscrito en el inconsciente colectivo de los argentinos: Nunca más. Está inspirado en un lema que defendieron los sobrevivientes del Gueto de Varsovia, que con esas palabras repudiaban los crímenes atroces del nazismo.

"Nunca más", instó Julio Strassera, el fiscal que acusó a las Juntas Militares, ante los seis jueces que los condenaron. Dijo que esa frase no le pertenecía a él, sino "a todo el pueblo argentino". Este martes, la Plaza de Mayo y tantas otras de todo el país reclamarán eso mismo: nunca más.

Infobae seleccionó los testimonios que, por su potencia, por sus detalles, o por las dos cosas al mismo tiempo, integran el Nunca más y cuentan cómo hacía la dictadura para secuestrar, torturar, violar y desaparecer a sus víctimas. El informe, cerrado en la segunda mitad de 1984, estima que las Juntas Militares montaron alrededor de 340 centros clandestinos de detención en todo el país. Asegura que, hacia marzo de 1978, ya habían pasado unos 4.700 detenidos desaparecidos por la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, y establece que el 58% de los desaparecidos tenían entre 21 y 30 años al momento de su secuestro.

Cuenta también que, por las denuncias recibidas hasta el cierre del informe, se daba cuenta de 8.691 desapariciones forzadas. "Es una lista abierta", insiste el texto, que le exige al Estado argentino una respuesta definitiva a ese interrogante. Sostiene que, por cuestiones territoriales, muchas familias de desaparecidos no pudieron acercarse a prestar su testimonio a las audiencias coordinadas por la CoNaDeP, que otras tuvieron miedo a posibles represalias de las Fuerzas Armadas, y que otras no sabían qué hacer con tanto dolor. Cuenta que una de cada diez mujeres secuestradas y desaparecidas estaban embarazadas.

Y entre todo lo que dice el largo informe, históricamente editado por Eudeba, da cuenta del testimonio de Miguel D'Agostino, que estuvo secuestrado en el Club Atlético cuando tenía 18 años. Sus palabras, declaradas a la CoNaDeP hacia 1984, condensan el horror que vivieron él y tantas otras víctimas: "Si al salir del cautiverio me hubieran preguntado: �te torturaron mucho?, les habría contestado: Sí, los tres meses sin parar. Si esa pregunta me la formulan hoy, les puedo decir que pronto cumplo siete años de tortura".

Lo que escuchó Javier Álvarez, sobreviviente del centro clandestino de detención instalado en Campo de Mayo, al llegar allí también sirve para dimensionar el calvario que estaba a punto de sufrir: "Lo primero que me dicen es que me olvidara de quién era, que a partir de ese momento tendría un número con el cual me manejaría, que para mí el mundo terminaba allí". El Nunca más sostuvo en 1984 que la llegada a un campo de tortura y exterminio se asemejaba a esa inscripción que Dante Alighieri situó en la mismísima puerta del Infierno, en el Canto III de La Divina Comedia: "Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis". La comparación goza de total vigencia.

El informe de la CoNaDeP reconstruye el momento del secuestro de sobrevivientes y desaparecidos. Se repiten la violencia de los grupos de tareas, el "tabicamiento" con alguna venda para que el secuestrado no viera nada, la liberación de la zona por parte de las fuerzas de seguridad, el saqueo de los bienes del secuestrado, el traslado en el piso de un auto a un destino incierto y feroz.

Uno de esos secuestrados fue Roque Núñez, cuya hija relató a la Comisión: "El día 21 de abril de 1976 a las cuatro de la mañana irrumpieron en mi domicilio varios hombres vestidos de civil; venían fuertemente armados y se identificaron como pertenecientes a la Marina y a la Policía Federal y cuyo jefe decía ser el Inspector Mayorga. Se llevan a mi papá, que tenía en ese momento 65 años. Al día siguiente mi hermano Miguel presentó un recurso de Hábeas Corpus ante el Juzgado de San Isidro. Ese mismo día a las 21 volvieron a mi casa, llevándose detenida a mi madre, la encapucharon y trasladaron por cinco días a un lugar que no pudo identificar, donde la interrogaron con mucha violencia. Los integrantes de las Fuerzas Armadas permanecieron en la casa a partir de esa detención. El día 23, al entrar mi hermano Miguel en el domicilio, también fue secuestrado.

Durante el operativo que duró cuatro horas el día 21 y treinta y seis a partir del día 22, los responsables no permitieron que nadie me auxiliara, ya que soy cuadrapléjica y debí permanecer en la misma posición sin comer ni ser atendida en mis necesidades fisiológicas, amenazada de continuo para que llamara por teléfono a mi hermana María del Carmen. En esas circunstancias cayó el teléfono al suelo, siendo cambiado por otro aparato que aún está en mi domicilio. Al retirarse los responsables de esta operación, se llevaron un auto Ford Falcon que yo había adquirido.

Mi madre fue puesta en libertad, con los ojos vendados a dos cuadras de mi casa. Mi padre y mi hermano permanecen desaparecidos. Posteriormente fui informada de que mi hermana María del Carmen Núñez, su esposo Jorge Lizaso y un hermano de éste, Miguel Francisco Lizaso, fueron secuestrados, siendo su departamento totalmente saqueado. Ellos también siguen en la condición de desaparecidos".

Esto contó Carlos Alberto Campero, secuestrado en enero de 1978 y trasladado a Campo de Mayo: "Mi madre fue llevada al negocio y bajo amenazas de muerte la golpearon utilizando métodos que ni a los animales salvajes se les puede aplicar. En el negocio teníamos un turbo ventilador al cual le cortaron el cable y enchufándolo lo utilizaban como picana, pero para que esto tuviera más eficacia destapaban botellas de agua mineral para mojar a mi madre, la cual había sido atada con anterioridad a una silla; mientras realizaban este acto de salvajismo, otro le pegaba con un cinto hasta ensangrentarle el cuerpo y desfigurarle la cara. Después de haber transcurrido un rato bastante prolongado optaron por llevarnos a todos, menos a Viviana, de seis meses de edad, que junto con Griselda, mi hermana de 13 años, quedaron en el domicilio".

Así describió Juan Enrique Velázquez Rosano el momento en el que un grupo de tareas irrumpió en el hogar familiar: "Ya que yo contestaba en forma negativa comenzaron a a golpear a mi compañera con un cinto, tirones de pelos y puntapiés a los niños Celia Lucía, de 13 años, Juan Fabián, de 8 años, Verónica Daniela, de 3 años, y Silvina, de solamente veinte días� A los chicos los empujaban de un lado a otro y les preguntaban si iban amigos a la casa.

Luego de maltratar a mi compañera, tomaron a la bebita de solamente veinte días, la agarraron de los piecitos cabeza abajo y la golpearon diciéndole a la madre: 'Si no hablás, la vamos a matar'. Los niños lloraban y el terror era mucho. La madre les imploraba, gritando, que no tocaran a la beba. Entonces decidieron hacer 'el submarino' a mi compañera delante de los niños, mientras al mismo tiempo me metían a mí en otra pieza".

Tal como consta en el Nunca más, los secuestros en algunos casos también incluyeron a niños o adolescentes que, por encontrarse en la escena en la que irrumpía el grupo de tareas, eran trasladados junto a sus madres o padres a los centros clandestinos de detención. Los casos de Floreal Avellaneda y Josefina Vargas son estremecedores.

Iris Pereyra de Avellaneda declaró ante la CoNaDep: "Fui detenida junto a mi hijo Floreal, de 14 años, el 15 de abril de 1976. Buscaban a mi marido, pero como este no estaba nos llevaron a nosotros dos a la Comisaría de Villa Martelli. Desde allí me condujeron encapuchada a Campo de Mayo. Allí me colocaron en un galpón donde había otras personas. En un momento escuché que uno de los secuestrados había sido mordido por los perros que tenían allí. Otra noche escuché gritos desgarradores y luego el silencio.

Al día siguiente los guardias comentaron que con uno de los obreros de Swift "se les había ido la mano" y había muerto. Salí de ese campo con destino a la Penitenciaría de Olmos. El cadáver de mi hijo apareció, junto con otros siete cuerpos, en las costas del Uruguay. Tenía las manos y los pies atados, estaba desnucado y mostraba signos de haber sufrido horribles torturas".

Alicia Morales de Galamba fue secuestrada junto a su amiga María Luisa en la casa que compartían en Mendoza. Los hijos más grandes de cada una también fueron "chupados". Entre ellos estaba Josefina, una nena de 5 años, hija de María Luisa.

Morales de Galamba declaró como sobreviviente ante la CoNaDeP: "María Luisa era realmente otra persona, el dolor la había envejecido. Me contó llorando que gracias a unas prostitutas había podido ver en los primeros días, poco después que nos separaron, a su marido, José Vargas. Él también había estado detenido allí. Actualmente figura como desaparecido. En esa entrevista José le contó a su esposa que la hijita de ambos, Josefina, había estado presente en una de las sesiones de torturas. La habían hecho presenciar el sufrimiento de su padre, para que este hablara (...)

Lo que escuché después fue tan terrible que aún hoy siento como entonces que de todos los dramas que pueda vivir una persona, no debe haber otro peor que ese� 'Hace unos días -me dijo María Luisa en ese momento- me llevaron a la casa de mis padres, en San Juan. Realmente creí que era para darles satisfacción a los viejos, mostrarles que estaba viva y reanudar el contacto con las niñas. Pero no, me llevaban para asistir a un velorio. �Y sabés de quién era? De mi mayorcita, de mi Josefina'. Cuando María Luisa le preguntó a su padre cómo había ocurrido semejante hecho, éste le contó que a los pocos días de llegar, la niña había sacado del cajón de un mueble el arma que el abuelo tenía en su casa y se había disparado un tiro".

Norberto Liwsky, médico, docente e investigador, fue secuestrado al momento de entrar en su casa, en Flores. Su testimonio sobre los distintos tipos de tortura que padeció es una muestra acabada de la variedad de métodos de tormento que desplegaba la dictadura: "Todo fue vertiginoso. Desde que me bajaron del coche hasta que comenzó la primera sesión de picana pasó menos tiempo que el que estoy tardando en contarlo.

Durante días fui sometido a la picana eléctrica aplicada en encías, tetillas, genitales, abdomen y oídos. Conseguí sin proponérmelo hacerlos enojar, porque, no sé por qué causa, con la 'picana' aunque me hacían gritar, saltar y estremecerme, no consiguieron que me desmayara.

Comenzaron entonces un apaleamiento sistemático y rítmico con varillas de madera en la espalda, los glúteos, las pantorrillas y las plantas de los pies. Al principio el dolor era intenso. Después se hacía insoportable. Por fin se perdía la sensación corporal y se insensibilizaba totalmente la zona apaleada. El dolor, incontenible, reaparecía al rato de cesar el castigo. Y se acrecentaba al arrancarme la camisa que se había pegado a las llagas, para llevarme a una nueva 'sesión'. (...)

En los intervalos entre sesiones de tortura me dejaban colgado por los brazos de ganchos fijos en la pared del calabozo en que me tiraban. Algunas veces me arrojaron sobre la mesa de tortura y me estiraron atando pies y manos a algún instrumento que no puedo describir porque no lo vi pero que me producía la sensación de que me iban a arrancar cualquier parte del cuerpo.

En algún momento estando boca abajo en la mesa de tortura, sosteniéndome la cabeza fijamente, me sacaron la venda de los ojos y me mostraron un trapo manchado de sangre. Me preguntaron si lo reconocía y, sin esperar mucho la respuesta, que no tenía porque era irreconocible (además de tener muy afectada la vista) me dijeron que era una bombacha de mi mujer. Y nada más. Como para que sufriera� Me volvieron a vendar y siguieron apaleándome.

A los diez días del ingreso a ese 'chupadero' llevaron a mi mujer, Hilda Nora Ereñú, donde yo estaba tirado. La vi muy mal. Su estado físico era deplorable. Sólo nos dejaron dos o tres minutos juntos. En presencia de un torturador. Cuando se la llevaron pensé (después supe que ambos pensamos) que esa era la última vez que nos veíamos.

También me quemaron, en dos o tres oportunidades, con algún instrumento metálico. Tampoco lo vi, pero la sensación era de que me apoyaban algo duro. No un cigarrillo que se aplasta, sino algo parecido a un clavo calentado al rojo.

Un día me tiraron boca abajo sobre la mesa, me ataron (como siempre) y con toda paciencia comenzaron a despellejar las plantas de los pies. Supongo, no lo sé porque estaba 'tabicado', que lo hacían con una hojita de afeitar o un bisturí. A veces sentía que rasgaban como si tiraran de la piel (desde el borde de la llaga) con una pinza. Esa vez me desmayé.

Y de ahí en más fue muy extraño porque el desmayo se convirtió en algo que me ocurría con pasmosa facilidad. Incluso la vez que, mostrándome otros trapos ensangrentados, me dijeron que eran las bombachitas de mis hijas. Y me preguntaron si quería que las torturaran conmigo o separado. Desde entonces empecé a sentir que convivía con la muerte (...)

Un día me llevaron al 'quirófano' y, nuevamente, como siempre, después de atarme, empezaron a retorcerme los testículos. No sé si era manualmente o por medio de algún aparato. Nunca sentí un dolor semejante. Era como si me desgarraran todo desde la garganta y el cerebro hacia abajo. Como si garganta, cerebro, estómago y testículos estuvieran unidos por un hilo de nylon y tiraran de él al mismo tiempo que aplastaban todo,. El deseo era que consiguieran arrancármelo todo y quedar definitivamente vacío. Y me desmayaba. (...)

Otro día me llevaron y, a pesar del tamaño de los testículos, me acostaron una vez más boca abajo. Me ataron y, sin apuro, desgarrando conscientemente, me violaron introduciéndome en el ano un objeto metálico. Después me aplicaron electricidad por medio de ese objeto, introducido como estaba. No sé describir la sensación de cómo me quemaba todo por dentro".

C.G.F., cuya identidad fue reservada por la CoNaDeP por el tipo de delito que denunciaba, fue secuestrada en el centro porteño al salir del trabajo. Sobre sus días en cautiverio relató: "Luego procedieron a introducirme en la vagina lo que después supe era un bastón o palo de policía.

Después me trasladaron a otro recinto, donde me obligaron a comer esposada a una mesa. Ante mi negativa me trasladaron a otro recinto, donde me ponían parada contra un ángulo del mismo, y vuelven a interrogarme, golpeándome la cabeza y amenazándome con introducirme el palo mencionado en el ano (...)

En dos oportunidades me llevaron vendada a otra dependencia, donde me obligaron a desnudarme, junto a una pared, y con muy malos tratos y agresiones verbales me acostaron en un elástico metálico de cama, me ataron tipo estaqueada y me picanearon en el bajo vientre y en la vulva, mientras me interrogaban (...)

Después de estas 'sesiones' me hacían vestir, y con buenos modos y palabras de consuelo me llevaban al dormitorio e indicaban a otra prisionera que se acercara y me consolara. Esto último lo hacían cuando traían a alguna de las otras prisioneras de sus respectivas 'sesiones'.

Un día, desde el dormitorio, me llevaron vendada a una habitación que reconocí como el lugar donde me picanearon. Me hicieron quitar la venda de los ojos quedándome a solas con un hombre el que, ofreciéndome cigarrillos, y con buenos modales, me pidió que le contara todo lo que me habían hecho en ese lugar.

Al relatarle los hechos, me indicó uno que me había salteado, con lo que demostró haber presenciado todos los interrogatorios y torturas o, por lo menos, estar en perfecto conocimiento de ellos y, al mismo tiempo, me trató de inculcar la idea de que nada de lo que me pasó allí fue tan grave, ni los golpes fueron tan fuertes como yo pensaba, y me indicó que me liberarían y que no tenía que contar a nadie lo que me pasó en ese lapso (...)

Me dijo que tenía orden de matarme, me hizo palpar las armas que llevaba en la guantera del coche, guiándome con sus manos enguantadas y me propuso salvarme la vida si, a cambio, admitiía tener relaciones sexuales con él.

Accedí a su propuesta, considerando la posibilidad de salvar mi vida y de que se me quitase la venda de los ojos (...) Condujo el auto hasta un albergue transitorio, me indicó que él se estaba jugando, y que si yo hacía algo sospechoso me mataría de inmediato.

Ingresamos al albergue, mantuvimos la relación exigida bajo amenazada de muerte, con la cual me sentí y considero violada, salimos, y me llevó a casa de mis suegros".

Luis Alberto Urquiza, detenido en Córdoba en noviembre de 1976, declaró: "En la madrugada del día 16 soy conducido al baño por el Oficial de guardia Francisco Gontero que desde una distancia de 4 a 5 metros carga su pistola calibre 45 y efectúa tres disparos, uno de los cuales me atraviesa la pierna derecha a la altura de la rodilla. Se me deja parado desangrándome unos 20 minutos, la misma persona me rasga el pantalón y me introduce un palo en la herida y posteriormente el dedo. Al llegar varias personas al lugar, este mismo oficial argumenta que había intentado quitarle el arma y fugar. Soy separado del resto de los detenidos y puesto en una pieza oscura y se me niega ir al baño debiendo hacer mis necesidades fisiológicas en los mismos pantalones".

El informe de la CoNaDeP describe así la experiencia relatada por Lidia Esther Biscarte, secuestrada apenas tres días después del Golpe en su casa de Zárate: "Sin preguntarle nada, le aplican la picana, la desnudan y le vuelven a aplicar la picana en el ano, en la vagina, en la boca y en las axilas. Le echan agua y la atan a un sillón de cuero. Tenía toda la cabeza cubierta con la sábana atada. Se acerca un sujeto que empieza a retorcerle los pezones, lo que le produce un intenso dolor, ya que también le habían aplicado picana en los pezones".

Daniel Eduardo Fernández tenía 18 años y estudiaba en la escuela secundaria cuando fue secuestrado y torturado. Así lo contó: "Llegaron hasta a ponernos una bolsa de nylon en la cabeza y atarla al cuello bien fuertemente hasta que se nos acabara el aire y estuviéramos a punto de desmayar. Otra forma era atarnos en una tabla y poner en el extremo un recipiente lleno de agua. Se sumergía la cabeza de la víctima allí y hasta que largara 'la última burbuja' de aire no lo sacaban, y apenas cuando tomaba una bocanada de aire lo volvían a sumergir".

Teresita Hazurun, abogada, fue secuestrada y trasladada a oficinas de la entonces SIDE en Santiago del Estero. Sobre sus días allí contó: "Cuando las personas llegaban allí eran llevadas a fosos que cavaban en la tierra con anterioridad, enterraban allí a las personas hasta el cuello, a veces durante cuatro o más días, hasta que pedían que los sacaran, decididos a declarar. Los tenían sin agua y sin comida, al sol o bajo la lluvia. Al desenterrarlos (los enterraban desnudos) salían con ronchas de las picaduras de insectos y hormigas. De allí los llevaban a las salas de torturas".

Tres mujeres sobrevivientes de la ESMA declararon ante la Asamblea Nacional Francesa. Una de ellas, de iniciales D.N.C., brindó un testimonio que luego fue recogido en el informe de la CoNaDeP: "Las tres estábamos vendadas y esposadas, fuimos manoseadas durante todo el trayecto y casi durante todo el traslado... la misma persona vuelve a aparecer con alguien que dice ser médico y quiere revisarme ante lo cual fui nuevamente manoseada sin ningún tipo de revisión médica seria...

Estando medio adormecida, no sé cuánto tiempo después, oí que la puerta del calabozo se abría y fui violada por uno de los guardias. El domingo siguiente esa misma persona, estando de guardia se me acercó y pidiéndome disculpas me dijo que era 'un cabecita negra' que quería estar con una mujer rubia, y que no sabía que yo no era guerrillera. Al entrar esa persona el día de la violación me dijo: 'si no te quedás quieta te mando a la máquina' y me puso la bota en la cara profiriendo amenazas.

A la mañana siguiente cuando sirvieron mate cocido esa misma persona me acercó azúcar diciéndome: 'por los servicios prestados'. Durante esa misma mañana ingresó otro hombre a la celda gritando, dando órdenes: 'párese, sáquese la ropa', empujándome contra la pared y volviéndome a violar... El domingo por la noche, el hombre que me había violado estuvo de guardia obligándome a jugar a las cartas con él y esa misma noche volvió a ingresar a la celda violándome por segunda vez...".

Horacio Miño Retamozo fue secuestrado en agosto de 1976. Se lo llevaron de su lugar de trabajo. Al dar su testimonio a la Comisión, sostuvo: "Los interrogatorios se hicieron luego más cortos, pero la picana era más fuerte, persiguiendo con encarnizamiento los esfínteres, siendo verdaderamente horrendo los electrodos en los dientes, que parece que un trueno le hace volar la cabeza en pedazos y un delgado cordón con pequeñas bolitas que me introducían en la boca y que es muy difícil de tragar pues provocan arcadas y vómitos, intensificándose por ello, los castigos, hasta conseguir que uno trague.

Cada bolita era un electrodo y cuando funcionaban parecía que mil cristales se rompían, se astillaban en el interior de uno y se desplazaban por el cuerpo hiriéndolo todo. Eran tan enloquecedores que no podía uno ni gritar, ni gemir, ni moverse. Un temblor convulsivo que, de no estar atado, empujaría a uno a la posición fetal. Quedando temblando por varias horas con todo el interior hecho una llaga y una sed que no se puede aguantar, pero el miedo al pasmo es superior y, por ello, en varios días uno no come, ni bebe, a pesar de que ellos quieren obligarlo a que lo haga. (...)

Cuando la guardia era un poco permisiva, pedíamos un cubo de agua y podíamos bañarnos. La primera vez que me bañé casi me muero. Cuando me levanté la venda me pareció imposible reconocerme. Estaba negro de marcas, como si me hubiera revolcado en alambres de púas, lleno de quemaduras, desde cigarrillos hasta el bisturí eléctrico, era el mapa de la desdicha".

Juan Matías Bianchi era de Campana y relató su historia a la CoNaDeP, que la asentó en el legajo 2669: "En un momento siente que lo levantan, lo llevan por un pasillo a otro lugar, donde le ordenan desvestirse, lo tiran sobre un camastro y le dicen: 'Mirá, yo soy El Alemán', mientras el dicente oía mujeres y hombres que gritaban. El Alemán trata de introducirle un caño en el ano. Otra voz le dice que lo dejen, y dirigiéndose al dicente, le dice: '�Ves? Yo soy El Gallego y te salvé de que éste te rompiera metiéndote el fierro'.

Lo colocan desnudo, abierto de piernas y brazos, atados con cuero. El Gallego le dice que hable, mientras procede a aplicarle una descarga eléctrica en el tobillo, quemándole los músculos, de lo cual todavía tiene la marca. También lo interroga una mujer.

El Gallego también le aplica picana en las axilas de lo cual también conserva marcas. El Gallego se reía y le dice, dirigiéndose a la mujer: 'A vos que te gusta el pedazo, seguí vos'. Entonces siente que la mujer toma su miembro y le introduce un líquido como cáustico, a raíz de lo cual ha tenido problemas para efectuar la micción".

Un hombre que fue trasladado a Campo de Mayo tras ser secuestrado en abril de 1977 aseguró: "En Campo de Mayo, donde fui llevado el 28 de abril de 1977, el tratamiento consistía en mantener al prisionero todo el tiempo de su permanencia encapuchado, sentado y sin hablar ni moverse, alojado en grandes pabellones que habrían funcionado antes como caballerizas.

Tal vez esa frase no sirva para graficar lo que eso significaba en realidad, porque se puede llegar a imaginar que cuando digo "todo el tiempo sentado y encapuchado" esto es una forma de decir. Pero no es así, a los prisioneros se nos obligaba a permanecer sentados sin respaldo en el suelo, es decir sin apoyarse en la pared, desde que nos levantábamos, a las 6 de la mañana, hasta que nos acostábamos, a las 20. Pasábamos en esa posición 14 horas por día. Y cuando digo 'sin hablar y sin moverse' significa exactamente eso. No podíamos pronunciar palabra alguna y ni siquiera girar la cabeza".

El testimonio de Norma Susana Burgos sobre el destino de un hombre al que llamaban "Tincho", secuestrado en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), es revelador respecto de los llamados "vuelos de la muerte". Las Fuerzas Armadas usaban un eufemismo feroz para referirse a esos operativos: "traslados".

"En un traslado que se realizó en febrero-marzo de 1977 se llevaron a un hombre llamado 'Tincho'. Lo bajan al sótano, le aplican la vacuna y un rato después comienza a sentirse sin fuerzas y mareado. Oye cómo los demás vomitan e incluso se desmayan y son sacados a la rastra. Una vez, después de un traslado a unas compañeras les llamó la atención encontrar en el piso del sótano marcas de zapatos de goma arrastrados (evidentemente ese día no habían realizado bien la habitual limpieza).

A Tincho lo sacaron con los demás por una puerta a la derecha de la entrada principal del sótano. Lo subieron a un camión y lo llevaron a un lugar que supone que puede ser el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires. Lo obligaron a subir las escalerillas de un avión y arriba le preguntaron su nombre y su número y evidentemente al haberse equivocado de persona lo bajaron y lo regresaron al tercer piso de la ESMA", dijo Burgos a la Comisión.

Las mismas tres mujeres que sobrevivieron al cautiverio en la ESMA y contaron las violaciones que sufrieron ante la Asamblea Nacional Francesa se refirieron a los "días de traslado" en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada: "El día del traslado reinaba un clima muy tenso. No sabíamos si ese día nos iba a tocar o no. Se comenzaba a llamar a los detenidos por el número. Eran llevados a la enfermería del sótano, donde los esperaba el enfermero que les aplicaba una inyección para adormecerlos, pero que no los mataba.

Así, vivos, eran sacados por la puerta lateral del sótano e introducidos en un camión. Bastante adormecidos eran llevados al Aeroparque, introducidos en un avión que volaba hacia el Sur, mar adentro, donde eran tirados vivos.

El Capitán Acosta prohibió al principio toda referencia al tema 'traslados'. En momentos de histeria hizo afirmaciones como la siguiente: 'Aquí al que moleste se le pone un Pentho-naval y se va para arriba'".

Carlos Beltrán fue gendarme desde 1971 hasta que le dieron la baja, en 1980. Ante la CoNaDeP habló de sus tiempos en La Perla, el centro clandestino de detención de Córdoba: "Partió el camión, seguido del automóvil marca Torino que conducía habitualmente el 'Capitán', a quien acompañaba 'Gino'. Los vehículos tomaron por un camino de tierra trasponiendo el alambrado que rodea el edificio de La Perla (...)

Todos descendemos de los vehículos y recorremos un trecho de unos cincuenta metros sobre ese terreno sin sembrar, con muchos yuyos. Una vez allí, el "Capitán" ordenó que se desataran las manos del más joven de los detenidos y que se le hiciera entrega de una de las palas que habían traído los suboficiales, ordenándole a la víctima que comenzara a cavar una fosa (...) Pude advertir, entonces, que mientras rezaba muy despacio comenzó a llorar.

Nadie hablaba, reinaba un profundo silencio cuando el 'Capitán' hizo subir al borde de la fosa al detenido que estaba cavando e hizo colocar a los tres restantes junto a la víctima, uno junto a otro, detrás de la fosa. Luego de una seña del 'Capitán' y previo a haberme dicho textualmente 'a estos hay que mandarlos a 1,80', a lo que yo manifesté que no lo iba a hacer, 'Gino', los cuatro suboficiales y el Teniente primero comenzaron a disparar sobre los detenidos".

Jorge Carlos Torres, cabo segundo que cumplió funciones en la ESMA, contó a la Comisión: "Yo tuve conocimiento que desde la ESMA se trasladaban cuerpos de detenidos muertos, en camionetas verdes, al campo de deportes que se encuentra en los fondos de la escuela, del otro lado de la Av. Lugones, sobre la costa. Iban dos personas a cargo de cada camioneta y en una oportunidad oí que le decían al suboficial a cargo de la guardia que venían 'de hacer un asadito', forma de manifestar el procedimiento de quema de los cadáveres. Por la noche podían verse las hogueras de la quema de los cuerpos".

Lo narrado por Alejandro Hugo López completa el panorama sobre la quema de cuerpos en la ESMA: "En el mes de mayo de 1976 fui incorporado al Servicio Militar, con tareas en la Escuela de Mecánica de la Armada. Ahí se hacían algunos trabajos que llamaban "operativos" y se construyó lo que llamaban 'parrilla', que consistía en una batea de acero con un tubo para introducir gasoil donde se ponían cuerpos para incinerarlos.

Yo tenía conocimiento de esto por trabajar en la cocina de compras. Por las noches solían venir a buscar un tanque con combustible gasoil, que todo el mundo allí sabía que era para la parrilla donde se incineraba gente, la que era usada en el Campo de Deportes (...) A menudo también llegaba el helicóptero que trasladaba cuerpos. Esas eran las dos formas en que hacían desaparecer a los detenidos".

El testimonio de dos ex agentes de Policía de la Provincia, recogido en el legajo 1028, permitió saber más sobre el destino de los cuerpos en esa jurisdicción: "Se los enterraba en una fosa existente en los fondos del destacamento, siempre de noche. Allí se colocaban los cuerpos para ser quemados, disimulando el olor característico de la quema de carne humana, incinerando simultáneamente neumáticos".

El Nunca más cuenta con el testimonio de Adriana Calvo de Laborde, física, docente e investigadora que fue secuestrada en febrero de 1977, embarazada de siete meses. Su declaración durante el Juicio a las Juntas resultó clave para dimensionar el trato que recibían las mujeres embarazadas en los centros de tortura y desaparición forzada.

Ante la Comisión, sostuvo: "El 15 de abril comenzó mi trabajo de parto. Después de 3 ó 4 horas de estar en el piso con contracciones cada vez más seguidas y gracias a los gritos de las demás, me subieron a un patrullero con dos hombres adulante y una mujer atrás (a la que llamaban Lucrecia y que participaba en las torturas).

Partimos rumbo a Buenos Aires, pero mi bebita no supo esperar y a la altura del cruce de Alpargatas, frente al Laboratorio Abbott, la mujer gritó que pararan el auto en la banquina y allí nació Teresa. Gracias a esas cosas de la naturaleza el parto fue normal.

La única atención que tuve fue que, con un trapo sucio, Lucrecia ató el cordón que todavía la unía a mí porque no tenían con qué cortarlo. No más de cinco minutos después seguíamos rumbo a un teórico 'hospital'. Yo todavía seguía con los ojos vendados y mi beba lloraba en el asiento.

Después de muchas vueltas llegamos a lo que después supe era la Brigada de Investigaciones de Banfield (Pozo de Banfield). Allí estaba el mismo médico que había atendido a Inés Ortega de Fossatti. En el auto cortó el cordón y me subieron uno o dos pisos hasta un lugar donde me sacaron la placenta. Me hicieron desnudar y frente al oficial de guardia tuve que lavar la camilla, el piso, mi vestido, recoger la placenta y, por fin, me dejaron lavar a mi beba, todo en medio de insultos y amenazas".

Aunque Calvo de Laborde y su hija fueron liberadas, ese no fue el destino de cientos de bebés nacidos en cautiverio. Otro de los crímenes cometidos por la dictadura fue el robo de bebés a sus familias y, a la vez, el robo de sus identidades a esos bebés: hay unos 300, hoy adultos de entre 45 y 50 años aproximadamente, que son buscados por las Abuelas de Plaza de Mayo para que conozcan su verdadera historia familiar.

Hay, también, 140 nietos y nietas cuyas identidades ya fueron restituidas en las últimas cuatro décadas. Muchas de las mujeres que llegaron embarazadas a los centros clandestinos de detención permanecen desaparecidas.

Hay una frase que escuchó, en plena dictadura, el padre de una joven desaparecida. Es una frase que condensa la política deliberada de desaparición forzada de personas que llevaron adelante las Juntas Militares. Elena Arce Shores había sido secuestrada en La Plata. Su padre acudió a todos los contactos que pudo para obtener alguna respuesta sobre el paradero de su hija y logró que un coronel del Ejército lo recibiera y hasta le prometiera averiguar sobre ese paradero.

Así le contó ese padre a la CoNaDeP lo que tuvo que escuchar: "Efectivamente esto ocurrió, confirmándose la detención en un operativo anti-subversivo, no aclarándose mayores detalles y terminando con una frase que me quedó grabada a fuego: 'No la busque más a Elena, ya dejó de sufrir, ojalá que esté en el cielo'. Me explicó la faz técnica de este tipo de operativo, a lo que denominó 'en blanco' o 'en negro', según el personal interviniente usara o no uniforme (...) Días después, repuesto de este shock, volví a ponerme en contacto en su domicilio y le reclamé el cadáver de mi hija, a lo que respondió: 'Los cadáveres no se entregan�'"

"Los cadáveres no se entregan", le dijo el coronel del Ejército a ese padre desesperado por, aunque fuera muerta, ver a su hija una última vez. Por saber dónde estaba su cuerpo y poder hacer con ese cuerpo lo que su dolor y el de toda su familia necesitaran.

La dictadura que partió la historia argentina en dos empezó hace medio siglo y no entregó los cadáveres. Por eso hay familias que recién tuvieron alguna certeza -el hallazgo de un pedazo de falange con un ADN compatible con el suyo- hace menos de dos semanas. Y por eso este martes no va alcanzar la Plaza de Mayo para las miles y miles de personas que salgan a la calle a repetir lo de todos estos años: nunca más.

Fuente: telam

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