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22/03/2026

Aura, creatividad y automatización, los dilemas de la creación artística en la era de la inteligencia artificial

Fuente: telam

La aceleración impuesta por la producción digital introduce tensiones en la transmisión de saberes y redefine el papel del tiempo y la dificultad en una nueva experiencia humana

La semana pasa de escribí sobre cómo la ciencia ficción no me había preparado para todo lo que está pasando. A partir de ese artículo recibí otros tantos artículos, papers, notas y opiniones de amigos y colegas que están transitando el mismo camino de intentar entender hacia dónde vamos. Y aquí estoy de nuevo. El otro día, en el streaming de Infobae, Rosendo Grobo decía, con mucho criterio, que siempre los cambios tecnológicos traían los mismos miedos. Citó varios de los pánicos sociales que históricamente han afectado a la sociedad: tener el celular en el bolsillo puede causar cáncer, dormir con la radio encendida, vivir cerca de una antena, que las mujeres lean, etc. no son sino síntomas del miedo al cambio, y tiene razón. Creo, de todos modos que este cambio es diferente; porque no se trata de que nosotros incorporemos una nueva tecnología sino que estamos asistiendo por primera vez en la historia a la creación y desarrollo de una tecnología que no nos incorpora.

La ciencia ficción nos adelantó robots, distopías, vigilancias, simulaciones, futuros arrasados, máquinas que adquieren conciencia, humanos que pierden el control. Me preparó, incluso, para la idea de que algún día una inteligencia no humana pudiera escribir, pintar, componer, editar, hablar. Pero no me preparó para esta sensación más extraña, más sorda, más difícil de nombrar: la de empezar a no saber qué parte de lo que veo, leo o escucho sigue teniendo detrás una experiencia humana. Ese es, tal vez, el verdadero temblor que introduce la inteligencia artificial en el terreno del arte. No solo que pueda producir imágenes, textos, canciones o voces. No solo que lo haga rápido. No solo que lo haga cada vez mejor. Lo verdaderamente inquietante es que empieza a alterar el modo en que percibimos el valor de una obra.

La pregunta ya no es solamente si algo es bueno o malo. Antes de eso aparece otra: qué es exactamente esto que tengo delante. Quién lo hizo. Cómo llegó a existir. Si hubo una conciencia atravesando una dificultad o apenas un sistema reorganizando restos de millones de formas previas. La crisis ya no es sólo tecnológica sino del orden primario que intenta comprender el orden del mundo y la naturaleza del ser, la estructura de lo real. No estamos seguros únicamente de la verdad de las imágenes. Empezamos a dejar de estar seguros del origen de las emociones. Y ahí está el quid de la cuestión: la IA no amenaza únicamente a la labor, la performance o la existencia del artista. Amenaza también al espectador. Al lector. Al oyente. A esa parte de nosotros que todavía creía saber reconocer una presencia.

Durante siglos, el arte fue también la radiografía de un trayecto. Un poema no era solo un resultado: era la forma final de una lucha con el lenguaje. Una pintura no era solo una imagen: era el registro de una mano, una insistencia, una obsesión. Una canción era respiración, cuerpo, tiempo, límite, lo desafinado, que también tienen corazón. Incluso una obra fallida traía consigo algo precioso: la marca de haber sido intentada por alguien. La inteligencia artificial vuelve opaco ese trayecto que siempre implica caos, intercambios, descubrimientos fallidos, interrogantes y discusiones internas y con otros.

La IA resuelve la cuestión en 30 segundos, como mucho. y nos entrega un producto empaquetado y nos evita -o nos quita- toda la tortuosa demora, fricción, prueba, error, tanteo, fatiga, forma arrancada al caos. Eso que decía Stephen King y tantos otros acerca de la escritura: sentarse frente a la página en blanco hasta que llegue la inspiración, obligarse a escribir tantas palabras por día, aunque luego las tires. El tiempo� Y acaso ahí se esconda el problema central: no viene solo a competir con la creatividad. Viene a volver prescindible la dificultad que solo puede ocurrir en el tiempo.

Se acelera todo. Y eso no es un detalle secundario. El arte siempre tuvo una relación tensa con el tiempo, porque necesita demora en una época que premia la inmediatez. Una novela requería maduración. Una película necesitaba de tomas de decisiones que no pueden tomarse en serie. Pero la lógica algorítmica se apoya en lo contrario: velocidad, volumen, disponibilidad, rendimiento, producción continua de materiales "suficientemente buenos" para alimentar plataformas que nunca descansan y que no nos dan el tiempo suficiente para procesar nada..

La educación es uno de los lugares donde esta transformación puede ser más profunda. No porque los estudiantes ahora tengan una herramienta para resolver tareas. Esa es la versión más superficial del problema. Lo verdaderamente delicado es que cambia la relación con la formación. Aprender a escribir, pintar, tocar, leer, pensar, jamás fue solo adquirir una técnica. Fue educar una percepción. Un oído. Una paciencia. Una relación con la frustración. Una ética del trabajo. Un escritor se forma escribiendo mal durante mucho tiempo. Un músico se forma repitiendo. Un lector se forma leyendo incluso aquello que no entiende enseguida.

Si la primera versión de todo puede venir ya resuelta, la dificultad deja de ser una etapa y se convierte en un estorbo. Pero sin dificultad no hay proceso. Y sin proceso, en arte, no hay transformación. También cambia la forma de transmisión. Un docente, un maestro, no solo organizan información. Encarnan una tradición. Transmiten no solo técnicas sino modos de mirar. Formas de escuchar. Formas de corregir. Formas de sostener una búsqueda. La IA puede responder, resumir, ordenar, sugerir. Lo que no puede hacer del mismo modo es transmitir una relación vivida con el fracaso, con la forma, con la experiencia del tiempo. Y sin esa dimensión encarnada, la cultura puede volverse más accesible y al mismo tiempo más pobre.

Después está el trabajo. Y ahí la angustia deja de ser abstracta. El mundo cultural ya era precario antes de la inteligencia artificial. Traductores, correctores, ilustradores, redactores, diseñadores, músicos de sesión, guionistas, publicistas, creativos, editores: una enorme zona intermedia del trabajo creativo vivía con dificultad. La IA no necesita borrar de un golpe todos esos oficios para producir daño. Le alcanza con abaratar su valor, con instalar la idea de que siempre habrá una solución automática más rápida y más barata. Entonces aparece una paradoja amarga. Cuanto más abundante sea la producción sintética, más valor podrá adquirir lo humano. Pero no necesariamente como bien común. Lo humano corre el riesgo de convertirse en lujo. La obra firmada, lenta, material, presencial, artesanal, puede empezar a circular como excepción costosa en medio de un océano de contenido automático. El problema no sería entonces la desaparición del arte humano, sino su elitización: "El lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistó�"

Y sin embargo hay territorios donde lo humano todavía ofrece una resistencia singular. El teatro es uno. También la música en vivo. También una lectura pública. También una performance. También una clase magistral. Incluso una cena, a veces. Todo aquello en lo que importa haber estado ahí. En una época donde casi todo puede ser generado, lo vivo vuelve a tener una potencia probatoria. Porque lo vivo comparte el riesgo humano y el riesgo importa. Importa la voz que puede quebrarse. Importa el actor que transpira. Importa la nota que puede no salir. Importa la escena que cambia por la energía de la sala. Importa el cuerpo cansado que sostiene igual una función. La inteligencia artificial puede simular formas con una eficacia creciente. Lo que no puede compartir del mismo modo es la vulnerabilidad real en tiempo presente.

Tal vez por eso una de las grandes categorías que habrá que releer en esta época sea la del "aura". Durante años se entendió que la reproducción técnica había erosionado la singularidad de la obra (Benjamin). Pero quizá hoy haya que decir algo más preciso: el aura no desapareció del todo. Se desplazó. Ya no está solo en el objeto único. Está también en ciertas condiciones de encuentro. En la presencia. En el proceso. En la historia material de lo que fue hecho. En el saber de que hubo ahí una experiencia encarnada. Esto lo pensaba mientras escuchaba una hermosa conclusión a la que llegó Fito Páez luego de la semana de música en Rosario. Si lo escuchan van a entender mejor esto que estoy diciendo: "La semana que vivimos en Rosario".

Hay además otra pregunta que recién empieza a emerger con toda su fuerza: la de la procedencia. No basta con preguntarse quién firma una obra generada por IA. También hay que preguntarse de dónde sale. Con qué materiales fue entrenada. Qué archivos absorbió. Qué voces incorporó sin consentimiento. Qué imágenes, qué textos, qué músicas, qué memorias culturales se convirtieron en combustible de sistemas comerciales. No es solo una cuestión legal. Es una cuestión de historia del arte. Una obra humana remitía a tradiciones, influencias, rupturas, conflictos internos, sociales, políticos o religiosos. Una obra generada puede remitir solo a archivos sin alma, sin anclaje humano, en la memoria individual, en la memoria colectiva, en la unidad cultural que genera sabernos pertenecientes a una comunidad, a una identidad colectiva que fuimos construyendo entre todos.

Y ahí el problema deja de parecer una discusión banal entre tecnófilos y nostálgicos. No se trata de rechazar herramientas nuevas por principio. Las artes siempre se transformaron con nuevas técnicas. La fotografía no destruyó la pintura. El cine no destruyó el teatro. La grabación no destruyó la música en vivo. Pero cada tecnología modifica el ecosistema de percepción, de trabajo y de valor donde las artes existen. La inteligencia artificial tampoco llega a un mundo neutro. Llega a un capitalismo de plataformas, de concentración económica, de atención fragmentada, de fatiga permanente, de trabajos flexibilizados. Y es la consecuencia de un sistema que ya venía reemplazando la idea de experiencia por servicio, o commodity. Por eso la pregunta más importante no es si la IA puede hacer cosas bellas. Puede. La pregunta es qué clase de cultura se consolida cuando opera dentro de una lógica de mercado que valora escala, rapidez, costo bajo y rendimiento constante. Qué lugar queda entonces para la lentitud, para el riesgo, para la formación, para el trabajo invisible, para la presencia, para la firma entendida no como marca sino como responsabilidad de autoría.

Tal vez, después de todo, esta crisis tenga al menos una virtud. La de obligarnos a formular mejor qué defendemos cuando defendemos el arte humano. Y quizá el verdadero lujo de los próximos años no sea la perfección. Quizá sea la imperfección inquebrantable; eso que no termina de cerrar. Un silencio incómodo. Una frase que se tuerce. Una escena que sale distinta cada noche. Algo, en suma, que no podría haber sido producido sin haber sido vivido o, como dice Fito en su posteo, tal vez el arte pase a ser la condición que nos defina: "Aquí estamos. Seamos protagonistas. Rosario fue una auténtica prueba de que el mundo sigue vivo y coleando. Solo que en él estamos nosotros."

Fuente: telam

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