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21/03/2026

Trajes a rayas, obras públicas y un frío extremo que entraba a las celdas: así era la temida "cárcel del fin del mundo"

Fuente: telam

Hace 79 años era cerrada esta prisión donde era imposible fugarse y estuvieron alojados los individuos más peligrosos y los reincidentes del país. Cómo estaba organizada, sus presos más célebres y su régimen carcelario implacable

Era como si el infierno se hubiera instalado en esa lejana Tierra del Fuego. Su primer nombre fue Cárcel de Reincidentes, luego Cárcel de Tierra del Fuego � Ushuaia, Presidio y Cárcel de Reincidentes, Cárcel de Ushuaia y Cárcel de Tierra del Fuego. Para los presos era "la tierra". Pero no importó tanto el nombre. Había sido pensada para que los que allí eran encerrados no salieran vivos.

El caserío de lo que era Ushuaia, que se sostenía gracias a los loberos, a los que se acercaban a comerciar y a los aventureros que se recorrían la zona en busca de oro, se dividió cuando se decidió la instalación de una colonia penal. Por un lado, lo venían como un desarrollo y otros sostenían que eso provocaría la desaparición del poblado.

El 15 de septiembre de 1902 se colocó la piedra fundamental. Se levantaron varios galpones, y el famoso tren, que en un primer momento iba sobre rieles de madera, que transportaba las piedras que los presos extraían de las canteras y la madera producto de la tala de árboles. La construcción recién terminó en 1920, aunque posteriormente se levantarían otras dependencias.

Según la completa descripción realizada por Carlos Vairo y por crónicas periodísticas de la época, el edificio constaba de cinco pabellones distribuidos en forma radial. Cada uno de ellos incluía 76 celdas pensadas para que se alojase solo a un recluso. Cada puerta tenía un orificio vidriado que permitía vigilar desde afuera. El aire entraba por una abertura de 20 por 20 centímetros, ubicada cerca de la altura del techo, y que poseía doble reja.

En cada celda entraba una cama de hierro y apenas había lugar para una mesa y una silla. Escapar haciendo un túnel era imposible: bajo el contrapiso, el suelo es piedra pura.

La superpoblación carcelaria en los años por venir anuló esta disposición y en cada celda llegaron a convivir cuatro o más internos. Porque pensada para alojar a 380 hombres, las cosas fueron distintas cuando ese número se elevó a 800, mientras la población de Ushuaia ascendía a 3800.

El presidio fue pensado para encerrar a los hombres con las más altas condenas, a los que recibían la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado, según la legislación penal sancionada en 1921, y también a los reincidentes.

Para 1907 el presidio contaba con talleres de todo tipo, que iban desde carpintería, herrería hasta zapatería, imprenta, panadería y peluquería, "el lugar del penal que menos cárcel parecía", según los mismos presos. Contaba con una escuela, una biblioteca de más de un millar de libros, con servicio médico, con un cuerpo de bomberos y con una banda de música. Cada pabellón nacía en un espacio común llamado la rotonda, donde era el lugar de reunión.

El pabellón 1 funcionaba una escuela de música; en el 3 la enfermería, consultorio, sala de emergencias y la capilla; en el 4, la escuela. El 5 era usado como castigo, cuyas celdas tenían las ventanas tapadas con chapas con pequeños agujeros. En la celda 4 de este pabellón estuvo ocupada por el anarquista Simón Radowisky, el anarquista que había atentado contra el jefe de la policía Ramón Falcón y su secretario Lartigau, en noviembre de 1909. Cuando se acercaba el aniversario del atentado, era encerrado en una de estas celdas, con media ración de comida.

Con la complicidad de Salvadora Onrrubia, la esposa de Natalio Botana -director del diario Crítica- intentó escapar en 1918. Lo hizo en una pequeña embarcación perteneciente a Pascual Ríspoli, a quien todo el mundo llamaba "Pascualín". El anarquista sería recapturado y años después indultado por el presidente Hipólito Yrigoyen.

No se producía solo para el presidio, sino que lo que se elaboraba en los talleres, desde pan a muebles, iban para los habitantes. Cada una de las dependencias contaba con maestros que enseñaban los secretos de los diferentes oficios. El trabajo era remunerado, y por día cobraban alrededor de los treinta centavos.

Los presos también eran sacados en grupos y trabajaban en tareas de obra pública y de mantenimiento urbano, especialmente en otoño y primavera.

Ushuaia se benefició porque los servicios de energía eléctrica, gracias a la usina que se montó, y teléfono con los que contó se extendieron al poblado.

No contaba con un muro perimetral como los que se acostumbraba, sino que el edificio era rodeado por un cerco de alambre tejido de dos metros de altura, coronados con alambres de púa. Había garitas de vigilancia con hombres armados, que no tenían contacto con los reclusos, mientras que los carceleros, entre los que había muchos inmigrantes españoles y croatas, trabajaban desarmados y eran los que convivían con la población carcelaria.

Los presos venían de Buenos Aires engrillados de a dos en las bodegas de los barcos que tocaban varios puertos de la costa patagónica. Eran transportes de la Armada como el Chaco, el Ushuaia, el Pampa, el Patagonia o el Primero de Mayo.

Iban con la carga y con el carbón, y solo la piedad de los que los vigilaban hacía que cada tanto salieran a tomar media hora de aire a cubierta, en un viaje que duraba un mes.

Al llegar se les entregaba dos trajes a rayas azules y amarillas, dos pares de zapatos, y dos mudas de ropa interior; una colchoneta, una almohada, frazadas, enseres personales y útiles para escuela. Se les cortaba el pelo, y los que tenían condenas más graves debían estar afeitados.

A cada preso se le asignaba un número que lucía en la chaqueta y perdían su nombre y solo podían hablar si eran autorizados. Los homicidas debían usar un distintivo rojo en el gorro. Eran alojados en distintos pabellones, según el delito cometido. En uno los homicidas, en otro los ladrones, en otro los defraudadores y en otro los que sufrían enfermedades infecciosas.

En la comunidad penal existían las categorías. Los homicidas se consideraban superiores y no tenían relación con los ladrones comunes y éstos no se mezclaban con los rateros. Había cabecillas, intermediarios, instrumentos, el letrado y el escribano, cuya función era asistir a los presos escribiendo cartas y escritos a los jueces.

La rutina era levantarse a las 7 (luego de soportar noches con diez grados bajo cero); luego de hacer sus necesidades en un tacho llamado "zambullo", los carceleros hacían un conteo de presos. Con un sonido de silbato, debían ir al baño a desagotar el "zambullo" y dirigirse a sus lugares de trabajo.

La calefacción era por una salamandra instalada en cada pabellón, insuficiente para calefaccionar semejante espacio. También se usaban tachos donde se quemaba leña. Pero era inútil ya que el frío entraba directamente del exterior por la ventilación de cada celda.

Era una bendición poder salir a trabajar, ya que podían disfrutar del aire libre, especialmente lo que iban al monte que crecía sobre el faldeo del monte Susana, en un tren tirado por una locomotora a la que los presos llamaban "la coqueta". Iban a talar árboles y, si gozaban de buena conducta, hasta se podían quedar a dormir en el refugio que había en el lugar, hecho de madera y de chapas de zinc. Los malos tratos eran moneda corriente y los castigos eran encerrarlos en su celda a pan y agua hasta por un mes, o dejarlos por largas horas a la intemperie, a merced del clima fueguino.

Se alimentaban con la producción de una quinta y animales de corral. Los jueves el cura del pueblo iba a celebrar misa, en la plata baja del pabellón 3, junto a las letrinas.

Era casi imposible fugarse porque no había dónde ir. El único poblado cercano era Punta Arenas, en Chile. Cuando se producía una fuga, las autoridades argentinas alertaban a las chilenas y rápidamente los evadidos eran recapturados, por lo general con principio de congelamiento. Sí hubo casos de hombres que escaparon y que nunca más se supo de ellos.

Se vivieron años de terror, como por ejemplo entre 1931 y 1932, cuando era habitual el apaleamiento de los presos.

Además de Radowitzky, hubo otros presos cuyos casos tuvieron amplia repercusión periodística. Fue el caso de Cayetano Santos Godino, "el petiso orejudo", responsable de la muerte de criaturas, a las que antes torturaba y que asesinaba estrangulándolas o con palos con un clavo en la punta. En la cárcel fue entrevistado en diversas oportunidades y, luego de una golpiza recibido por los presos cuando Godino mató al gato que tenían como mascota, apareció muerto en el patio una mañana de noviembre de 1944.

También estaba Mateo Banks, un estanciero venido a menos de Azul, quien para quedarse con los campos familiares, en una noche y madrugada de abril de 1922 mató a ocho personas: tres hermanos, una cuñada, dos sobrinos y dos peones. En la cárcel lo llamaban "mateocho".

Entre 1938 y 1944 estuvo el ex mayor Guillermo Mac Hannaford, degradado y condenado a perpetua por espía; el estafador Juan Dufour; los hermanos Bonelli, dueños de una casa de cambio que asesinaban a los clientes ricos y aún es un misterio si en realidad también estuvo encerrado un joven Carlos Gardel.

Los domingos, los presos que integraban la banda de música, salían al poblado a dar conciertos, rodeados de guardianes.

En 1935 el diputado nacional Manuel Ramírez lo visitó y a partir de "sus horrorosas observaciones", denunció las calamitosas condiciones en las que vivían los presos.

Las condiciones cambiaron en 1936 cuando la Dirección General de Institutos Penales tomó a cargo la administración de la cárcel. Aún así no se prestaba demasiada atención a la rehabilitación del preso. Por ejemplo, a mediados de los años 30 el alemán Miguel Ernst, alias "el descuartizador", que sus compañeros apodaban "Serruchito" por haber descuartizado a su socio, no tuvieron mejor idea que mandarlo a trabajar en la carnicería.

Cuando Perón ordenó cerrarlo en 1947, y se escribió que "ha terminado la pesadilla del penal de Ushuaia. Los presidios de La Guyana, la Isla del Diablo, de la Siberia, rivalizaron con nuestra Ushuaia". Pasó a manos de la Armada y por 1950 se instaló una base naval, pensando en la proyección argentina en la Antártida. Funcionó como tal hasta 1978 como alojamiento de conscriptos, depósito y polvorín. Luego quedó abandonado hasta que en 1997 fue declarado monumento histórico nacional y un sector fue acondicionado como museo, que recuerda aquellos duros tiempos en que era el infierno en la tierra.

Fuentes: El Presidio de Ushuaia, de Carlos Pedro Vairo; Ushuaia, la ergástula del sur, de Manuel Ramírez; revista Caras y Caretas; diario Crítica

Fuente: telam

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