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18/03/2026

Cuando la Fuerza Aérea hizo un "ensayo" de golpe de Estado y un jefe militar le advirtió a Isabel: "A usted la van a echar en marzo"

Fuente: telam

El recuerdo del 18 de diciembre de 1975, tres meses antes del derrocamiento del gobierno democrático, el brigadier Jesús Capellini tomó la Brigada Aérea de Morón y el aeroparque porteño. Pedían el desplazamiento del jefe de la fuerza, Héctor Fautario, quien se había negado a participar del golpe. "No estamos preparados para gobernar, no insistan con eso", le dijo a Videla y a Massera

Poco más de tres meses antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976, la presidenta Isabel Perón se refugió en el subsuelo de la Casa Rosada. La acompañaba el jefe de la UOM Lorenzo Miguel, el gobernador de La Rioja Carlos Menem, el ministro de Economía Antonio Cafiero y otros funcionarios de su gabinete. Era el sábado 20 de diciembre al mediodía. Desde el subsuelo se podía ver el vuelo rasante de los aviones de guerra Mentor de la Fuerza Aérea. El fantasma del bombardeo de Plaza de Mayo de 1955 sobrevolaba otra vez sobre un gobierno peronista. Y también la posibilidad de que ya se estuviese ejecutando un golpe de Estado.

La conspiración contra el jefe de la Fuerza Aérea estaba en mente desde hacía tiempo en un grupo de oficiales. El jueves 18 de diciembre ya estaba tomada la Séptima Brigada Aérea de Morón y el aeroparque metropolitano "Jorge Newbery". Los vuelos de línea estaban cancelados. Ya tenían secuestrado al jefe de la Fuerza Aérea, el brigadier Héctor Fautario y a su grupo de colaboradores. Les impidieron el vuelo a Córdoba.

En la residencia de Olivos, mientras tanto, se desarrollaba el brindis de fin de año con Isabel Perón, gobernadores y funcionarios. Todo transcurría con calma. Hasta que al mediodía se conoció la proclama insurreccional que se emitió por radio Rivadavia. El bando era golpista. Hasta ese momento ninguna facción militar se había declarado abiertamente en favor del golpe. Se mantenían circunspectos, amparados en la supuesto "profesionalismo prescindente", como se caracterizaban, apegados al escrupuloso respeto del orden constitucional.

Ahora no. Los rebeldes de la Fuerza Aérea, en su documento que llevaba por título "queremos verle el rostro a la Patria", reclamaban la ruptura del orden constitucional, la toma del poder de las tres armas, la "instauración de un nuevo orden de refundación con sentido nacional y cristiano". Además de la cesantía del brigadier secuestrado, Fautario, al que acusaban por "ambigüedad política y la indecencia administrativa".

En la base de Morón, los insurrectos, liderados por el brigadier Jesús Orlando Capellini, fueron recibiendo visitas de apoyo, como la del general Albano Harguindeguy y el ex presidente general (RE) Onganía, que había comandado el golpe en 1966 y luego renunciara tras el fusilamiento de Aramburu. El vicario castrense monseñor Adolfo Tórtolo celebró una misa en la brigada rebelde para pacificar los espíritus. Un modo solapado, también, de expresar su apoyo a los rebeldes.

El Ejército y la Marina no se plegaron a la rebelión, tampoco la impugnaron.

Ese 18 de diciembre, el jefe del Ejército, general Jorge Videla, estaba en Venezuela. Envió un radiograma críptico. Reclamó a las "instituciones responsables que actúen rápidamente en función de las soluciones profundas y patrióticas que la situación exige".

El jefe de la Marina, contralmirante Eduardo Massera, suscribió la misma posición. Videla retornó de urgencia.

Un día antes, el 17 de diciembre, Isabel Perón había decidido adelantar las elecciones. Argentina votaría el próximo 17 de octubre de 1976 un nuevo presidente.

Para buena parte del pensamiento castrense la convocatoria electoral no resolvía el problema. Ya estaban en marcha el golpe de Estado y rechazaron la convocatoria electoral porque podía constituir una "oportunidad política para la subversión".

En el cierre de los cursos del fin de año de 1975 en la Escuela de Defensa Nacional, el general José Goyret advirtió que "lo que hoy pretenden imponernos mediante el crimen, un régimen ateo, materialista y despótico, mañana quizá lo intenten mediante el sufragio".

El sufragio representaba para las Fuerzas Armadas un potencial riesgo. Con este mismo argumento se habían consumados otras asonadas y golpes de estado a lo largo del siglo XX.

Pero en la rebelión aeronáutica había una diferencia en el tono. Lo que se exigía por la fuerza, la ruptura del orden constitucional, los comandantes de las Fuerzas Armadas se lo formulaban al poder político y sindical en reuniones, tertulias y también con advertencias. Mejores modales para un mismo objetivo.

La solución a la crisis de la Fuerza Aérea se logró con el desplazamiento del brigadier Fautario. La suerte del gobierno de Isabel Perón estaba echada.

En busca de garantías de supervivencia, la presidenta intentaba darles todo a cambio, en tanto no rompieran el orden institucional: promesas de "austeridad administrativa", "control de la inflación", "compromiso popular en apoyo a la Fuerzas Armadas en su lucha contra la subversión". Pero los militares también reclamaban la renuncia de Isabel.

Esta última petición había generado tensión en filas peronistas. Pero la posibilidad se agigantó con el pedido de licencia de la Presidenta, el 13 de septiembre de 1975, cuando viajó a Ascochinga, Córdoba, a descansar, en compañía de las tres esposas de los altos mandos castenses: Raquel Hartridge de Videla, Delia Veyra de Massera y Lía González de Fautario.

El senador Ítalo Luder asumió en forma provisional la Presidencia y se mantuvo la expectativa, que él mismo no desdeñaba, sobre su continuidad en el ejercicio institucional. Para ello, Luder debía reunir el consenso de la propia presidenta y del verticalismo justicialista, que unía a políticos y sindicalistas, aferrados a Isabel. El consenso de las Fuerzas Armadas ya lo tenía.

Sin embargo, aún con la alternativa de Luder en el poder, el pronóstico de Estados Unidos era que el golpe de Estado era inevitable.

"Hay un vacío de poder y no es ella (Isabel) quien lo llena. Puede sucederla un nuevo gobierno encabezado por Luder o alguien como él, pero la señora de Perón no es más el centro de la ecuación. El país está pronto a colapsar como para ser salvado por un gobierno débil o un parche, aunque este sea constitucional. Es inevitable que las Fuerzas Armadas tomen el poder, ya sea directa o indirectamente porque son el único sector fuerte (el otro sería el laboral -sindical-, pero está fragmentado y con pobre dirección). Los militares que probablemente tomarían el poder son conservadores moderados y razonablemente inclinados a Estados Unidos", decían los cables desclasificados BA-5781 y BA-5960, fechados 10 de septiembre de 1975.

Entonces, la línea golpista que usurparía el poder había comenzado a gestarse hacía menos de dos semanas, con la designación de Videla como comandante en jefe del Estado Mayor Conjunto en reemplazo del general Numa Laplane. Fue el 28 de agosto. Videla estaba en disponibilidad, a punto de pasar a retiro. El otro candidato era el general Alberto Cáceres, comandante del I Cuerpo. Se generó una puja político-castrense por la sucesión. Isabel, aconsejada por distintos dirigentes peronistas, eligió a Videla, al que suponían adherente de una "línea profesional", prescindente de la política.

Cuando el 5 de octubre, Montoneros intentó tomar el Regimiento de Infantería de Monte 29, en Formosa, la presión de los comandantes militares por la extensión de decretos de "aniquilación del accionar subversivo" a todo el territorio argentino (ya se había firmado para Tucumán en febrero), fue insostenible para Luder y el gabinete de ministros.

Ese día Videla anticipó: "La subversión es un tumor maligno que debe ser extirpado con los métodos e instrumentos que fueran necesarios". El decreto se firmó. Diez días después Isabel reasumió la Presidencia.

Montoneros estimó que la posibilidad de un golpe de Estado "agudizaría las contradicciones" y abriría el camino a un enfrentamiento directo entre las masas peronistas y las Fuerzas Armadas, como había sucedido en 1972, en tiempos de Lanusse. El error de cálculo se revelaría tras el golpe militar. Sería trágico.

Antes de la rebelión aeronáutica, las Fuerzas Armadas todavía no tenía alineada de manera uniforme su adhesión al golpe de Estado. El único renuente de los altos mandos era justamente el brigadier Fautario.

Cuando los comandantes Videla y Massera lo invitaron, en dos oportunidades, el 13 y el 17 de octubre de 1975, a romper el orden constitucional, se negó. "No estamos preparados para gobernar, no insistan con eso", dijo, en claro rechazo. No fue escuchado.

Con el correr de los días, Fautario se fue convirtiendo en un obstáculo para la línea golpista.

En esos días, el clima de militarización avanzaba sobre la sociedad. El Ejército supervisaba materiales de lectura, en busca de "delitos ideológicos". En una oportunidad, monseñor Jaime de Nevares, obispo de Neuquén, se quejó por las detenciones momentáneas de un sacerdote, cuatro maestras y un celador de una escuela católica en Junín de los Andes, en un procedimiento militar. La respuesta del general Juan Buasso contra el obispo fue inmediata. Expresó que no admitirá "agravios al Ejército ni vituperios y calumnias a sus miembros. El Ejército no viola ni maltrata".

En la tarde del 18 de diciembre, casi diez horas después de su secuestro, el brigadier Fautario fue liberado por los sublevados en Quilmes junto a sus colaboradores. Por la noche, Isabel Perón lo reemplazó por el brigadier Héctor Agosti.

Y pese a que la sublevación aérea del brigadier Capellini mantuvo por unos días la toma del Aeroparque y la Brigada de Morón, ya no habría más obstáculos en la comandancia castrense para continuar con la planificación del golpe de Estado.

Fautario intentó alertar a Isabel Perón ese mismo día sobre el plan golpista. Se acercó en persona hasta la residencia de Olivos. La Presidenta le negó la audiencia.

Fautario le dejó el mensaje por medio del edecán de la Aeronáutica: "Cuídese, señora, porque a usted la van a echar en marzo". No estaba errado. El levantamiento militar se efectuó el día 24. Luego sobrevendrían los siete años más trágicos de la historia argentina en el siglo XX.

Fuente: telam

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