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15/03/2026

"Retirement Plan", el favorito al Oscar, quiere celebrar la vida y termina siendo una película de terror sobre la vejez

Fuente: telam

El corto animado que arrasa en festivales y que Hollywood ama es encantador y melancólico pero tiene un problema enorme: revela todos los prejuicios sobre la jubilación cuando confunde vivir plenamente con vivir antes de envejecer

Ray tiene una lista. La hace en un avión, en esos minutos muertos entre despegue y aterrizaje. Va a aprender italiano. Va a llorar más. Va a freír tomates con calma, a dominar el vino, a tener esa conversación incómoda que lleva años postergando. Va a hidratarse. Va a meditar. Todo eso cuando se jubile, cuando tenga tiempo, cuando la vida real empiece. Mientras tanto, trabaja.

Retirement Plan, el cortometraje animado irlandés dirigido por John Kelly que este domingo compite por el Oscar en Los Ángeles, dura siete minutos y ganó el Gran Premio del Jurado y el Premio del Público en SXSW. Llegó al New Yorker con introducción de David Sedaris. Arrasó en el circuito de festivales. La voz es de Domhnall Gleeson, la animación es minimalista hasta rozar la austeridad, y la lista de Ray crece y se ramifica y cada ítem revela, sin decirlo, una vida que no se vivió. Es encantador. Es melancólico. Y tiene un problema.

El problema no es estético. Es filosófico. El corto construye su emoción sobre una premisa que acepta sin cuestionarla: que la jubilación es el desierto. Que después del trabajo viene el silencio, la soledad, el cuerpo que falla, el tiempo que sobra sin saber qué hacer con él. Ray hace su lista porque en el fondo sabe �o teme� que cuando llegue ese momento ya va a ser tarde. El mensaje implícito del corto �el que genera la ternura, la identificación, el Premio del Público� es este: mejor viví antes, porque después no hay nada. Y eso es exactamente lo que no creo.

Ray es un hombre que hizo lo que se le pidió. Fue de casa al trabajo y del trabajo a casa. Cumplió. La vida organizada en etapas �educación, trabajo, retiro� fue el gran contrato social del siglo XX, y Ray lo firmó sin leer la letra chica. Lo que el corto muestra, con ternura genuina, es que ese contrato venció. Que la promesa de un después pleno, ganado con décadas de postergación, es una trampa hermosa. En eso el corto es lúcido y honesto.

Pero se detiene ahí. No da el paso siguiente. No pregunta por qué el retiro se convirtió en sinónimo de fin, de vaciamiento, de lugar al que nadie quiere llegar. No cuestiona el modelo que construyó esa imagen. La Academia de Hollywood, que lleva décadas premiando relatos sobre hombres de mediana edad que descubren algo sobre sí mismos en el último acto, lo nominó de inmediato. Ray les habla directo. Es uno de los suyos. Y los suyos, mayoritariamente, todavía no se dieron cuenta de que el mundo cambió.

Ese después que Ray imagina como un desierto puede durar treinta años. La expectativa de vida en Argentina ya supera los 76 años y sigue creciendo. Marc Freedman, uno de los referentes mundiales en longevidad, lo formuló sin vueltas: no se puede trabajar cuarenta años y vivir de eso otros cuarenta. No es viable ni económica ni psicológicamente. El modelo se rompió. La jubilación a los 65 hoy no es el final. Es la mitad de algo para lo que nadie preparó a nadie.

Lo escribí en esta columna hablando de los hobbies, del ocio, de las amistades. El placer no se improvisa. Los vínculos no aparecen solos el día que uno deja de trabajar. Hay que construirlos antes, en cada etapa, no como preparación para el retiro sino porque son la vida misma. La lista de Ray está llena de cosas solitarias: no hay nadie en esa vida futura que imagina, ningún vínculo, ninguna comunidad. El modelo productivista no solo enseña a postergar el placer. Enseña a imaginarlo solo, como una recompensa individual ganada a costa de años de esfuerzo. Y esa soledad imaginada es parte de por qué el retiro da tanto miedo.

La idea de que la vida tiene una forma fija �nacemos, crecemos, producimos, envejecemos, morimos� y que cada etapa vale lo que produce no es una ley natural. Es una construcción histórica, occidental, capitalista. El tiempo como flecha hacia adelante, donde lo nuevo siempre supera a lo viejo y el progreso no tiene reversa, fue la gran invención de la modernidad industrial. Y esa invención necesitaba descartar lo que ya no era útil al mercado. Los viejos no producen. Luego, los viejos no valen. El sociólogo Zygmunt Bauman llamó a esto la lógica del descartable: el valor de las personas medido por su utilidad inmediata. No es inevitable. Es político.

En las culturas indígenas de América Latina, el tiempo no es una flecha sino un ciclo. Los mayores no son el residuo del sistema sino su biblioteca viva, los custodios del conocimiento que no se escribe, pero se transmite. En la cosmovisión aymara, el pasado está delante porque ya ocurrió y se puede ver; el futuro está detrás porque todavía no existe. Esa inversión no es una metáfora bonita. Es una forma radicalmente distinta de entender quién sabe más y quién merece respeto. El edadismo no existe donde el tiempo es circular. La vejez no es un desierto donde el tiempo sobra y el cuerpo falla. Es otra estación, con su propia densidad.

La realidad ya cambió, aunque ni Ray ni la Academia lo sepan todavía. Referentes del mundo del branding y el consumo latinoamericano hablan de "the new young" �la convicción de que se puede empezar algo nuevo a los 60, a los 70, a los 80. No porque la edad no exista sino porque dejó de ser el único parámetro que importa. El modelo lineal de educación, trabajo y retiro está siendo desmantelado en tiempo real, y las personas que están en esa bisagra �la generación que no supo ni pudo planificar esta etapa porque nadie la planificó antes� están inventando, a los tropiezos y con mucha más vitalidad de la que el modelo les asignó, cómo habitarla.

Curiosamente, algunas de las voces más lúcidas sobre ese cambio vienen del propio Hollywood. Jane Fonda habla desde hace años de la "tercera etapa" como el momento de mayor libertad de la vida. Actrices como Kate Winslet reivindican en entrevistas y discursos la posibilidad de envejecer sin pedir disculpas. George Clooney bromea con que su mejor etapa profesional empezó cuando dejó de intentar parecer joven. En otras palabras: mientras la industria sigue premiando historias donde el retiro es el final del camino, muchas de sus propias figuras más influyentes ya están contando una diferente.

La conclusión de Retirement Plan no voy a revelarla. Pero sí puedo decir que termina donde empezó: con Ray, con su lista, con el tiempo que pasa. Y que la Academia premia esa imagen porque le resulta familiar y verdadera. Tiene razón en eso. Hay algo profundamente humano en la lista de Ray, en ese inventario de vida no vivida.

Lo que no comparto es la resignación implícita. La idea de que hay que hacer todo antes porque el después es el desierto. No hay que esperar a jubilarse para freír tomates con calma, para tener esa conversación incómoda, para aprender algo nuevo, para llamar a ese amigo al que hace meses no se llama. Eso es cierto. Pero no porque después de los 60 ya no se pueda. Sino porque se puede siempre, en todas las etapas, y porque la vida no empieza después ni termina cuando uno deja de ser útil al mercado.

Ray hace su lista en el avión, entre despegue y aterrizaje, en ese tiempo que no le pertenece a nadie. Es una imagen perfecta. Pero hay otra imagen posible: la de alguien que a los 70 empieza el italiano, no porque lo postergó sino porque ahora tiene con quién practicarlo. Que tiene la conversación incómoda. Que fríe los tomates con calma y los comparte. Esa imagen el corto no la muestra. Todavía no existe en el cine que Hollywood premia. Pero existe. Y, cada vez más, es la historia real.

Fuente: telam

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