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28/02/2026

Florence Knapp impacta discretamente con ‘Los nombres’, una novela que examina el poder de llamarse

Fuente: telam

En su relato, la escritora británica explora cómo el acto de nombrar trasciende la mera tradición familiar y se convierte en un campo de tensión entre herencia, identidad y libertad individual

>JULIETA: ¡Ah, Romeo, Romeo!

y rehúsa tu nombre; o, si no quieres,

William Shakespeare, Romeo y Julieta

el nombre es arquetipo de la cosa

y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

Los nombres, la primera novela de la autora inglesa Florence Knapp, gira en torno a algo silencioso y radical: el acto de nombrar. A primera vista, parece tratar sobre la familia –sobre la herencia, la intimidad, la continuidad generacional–, pero poco a poco y con precisión revela que trata sobre la frágil y compleja construcción de la identidad en sí misma. ¿Qué significa vivir dentro de un nombre? ¿Qué significa heredar uno? ¿Rechazarlo? ¿Entenderlo mal o traducirlo mal? Cuando la leía recordé un proyecto del gobierno estadounidense en 2019 que se llamaba “my name, my identity”, y que enmarca el nombre como una cuestión de identidad y dignidad. Es sencillo, el peso del nombre lo llevamos todos y qué hacemos con ese peso marca un poco la manera que tenemos de decirle al mundo quienes somos. Yo soy Flavia y Daniela Pittella. Ese “y” lo agregué hace algunos años ya que mucha gente me llama por mi primer nombre y otra tanta por mi segundo nombre. Y soy distinta según qué nombre, y mi apellido va con doble t y doble l; y no me importa cuántas veces tengan que corregirlo porque ese es el apellido de mi papá (que en verdad era Pittellás pero en la época de Mussolini se cambiaron todos los apellidos que sonaran extranjeros -en el caso de Pittellás, el griego–) y conocer esa historia me rebeló e hizo que en mi vida se volviera una campaña el respeto por la escritura correcta de lo que queda del apellido de mi viejo.

La novela comienza con el hecho de nombrar a un niño, un gesto que parece ceremonial, pero que está escrito sin teatralidad. Knapp entiende que poner un nombre es a menudo algo cotidiano e irreversible. La elección de los padres, sin embargo, conlleva la historia familiar, las expectativas, los recuerdos. El nombre, una vez pronunciado, se posa sobre el bebé como un manto que le llevará años comprender y quizás toda una vida negociar. Lo que da a la novela su tensión emocional es la lenta comprensión de que los nombres no son meras etiquetas, sino guiones.

Un apellido implica linaje. Un nombre puede sugerir clase, época, aspiración. Incluso un apodo puede indicar intimidad o menosprecio. Knapp muestra cómo los personajes crecen -o se rebelan- contra la narrativa que sus nombres parecen proponer. Una hija que se siente desalineada con la historia que conlleva su nombre. Un padre que insiste en la tradición como si fuera el destino. Una pareja que acorta o remodela un nombre, sin darse cuenta de que está remodelando sutilmente a una persona.

La prosa es sencilla pero deliberada y tiene el don de plasmar los pequeños momentos domésticos con peso filosófico. Una discusión en la mesa sobre ponerle a un niño el nombre de un abuelo no se desarrolla como un melodrama, sino como una meditación sobre la obligación y la memoria. ¿A quién pertenece un nombre? ¿Pertenece a los muertos que lo llevaron, a los vivos que lo heredan o al individuo que debe hacerlo suyo?

Aquí es donde aflora el trasfondo político de la novela. Nombrar es poder. Las instituciones exigen “nombres legales”. Los formularios rechazan los matices. Un personaje debate si mantener su apellido completo y complicado o acortarlo para mayor claridad profesional. La elección parece administrativa, pero es existencial. La pregunta subyacente es cruda: ¿hay que ser más legible para ser más aceptado? Los personajes experimentan con segundos nombres, adoptan diminutivos infantiles en la edad adulta o recuperan versiones descartadas de sí mismos. Estos cambios no se presentan como grandes declaraciones, sino como actos privados de autoría. La novela sugiere que, aunque se nos ponga un nombre antes de que nos comprendamos a nosotros mismos, no estamos totalmente atados a esa inscripción inicial.

Los nombres vuelve, una y otra vez, a la repetición a lo largo del tiempo. La misma palabra pronunciada en la infancia reaparece décadas más tarde, cargada de recuerdos. El efecto es acumulativo: los nombres resuenan, cobran nueva vida, nuevos significantes, alteran su tono. Un nombre que en su día se pronunció con afecto puede llegar a transmitir resentimiento; uno que en su día se descartó puede volverse precioso en su ausencia. El dolor desempeña un papel silencioso pero significativo. Cuando un personaje muere, su nombre permanece, un sonido desligado de su referente.

Knapp escribe estos pasajes con una claridad dolorosa. Un nombre pronunciado en el duelo se convierte tanto en invocación como en recordatorio de una pérdida irrecuperable. La palabra persiste; el cuerpo no. En estas escenas, la novela parece preguntar: ¿puede el lenguaje mantener la presencia, o simplemente apunta hacia la ausencia?

En una época en la que la identidad se debate a menudo en términos declarativos, Knapp elige el camino más silencioso de la observación. Confía en que el lector perciba lo que está en juego. Una sílaba mal pronunciada puede doler; una recuperada puede liberar. El drama no reside en el espectáculo, sino en el reconocimiento.

Y, sobre todo, vuelve interesante y nueva la vieja pregunta del griego sobre qué hay en un nombre, y si en el nombre está el arquetipo de la cosa. Julieta lo cuestiona, Borges lo afirma; nosotros, mientras tanto, nos cambiamos los nombres, reforzamos las letras, cambiamos los sobrenombres o nos mantenemos intactos en ese nombre dado y así vamos firmando la vida según qué nombre evoca quiénes somos en ese momento.

Fuente: telam

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