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27/02/2026

Murió Darío Lopérfido: un liberal irredento que no le temió a la polémica

Fuente: telam

Ex secretario de Cultura, director del Teatro Colón e impulsor de festivales como el BAFICI sufría de ELA. Dirigía la Cátedra Vargas Llosa, escribió hasta el final sus columnas encendidas y realizó un ciclo con entrevistas a exiliados, disidentes y creadores

>Dos meses antes de morir, Darío Lopérfido compartió algo estremecedor y penosamente realista: “El Darío de antes de la enfermedad ya murió”. Lo publicó en la revista de cultura y política Seúl, en una columna titulada “Tener ELA es una mierda”, donde describió también sin ambages: “Caminás pésimo, la voz se te vuelve de borracho y comés con el riesgo de que se te caiga la baba”. Destacó, como cosa del pasado, que había sido un buen polemista; sin embargo, hasta el final de su vida siguió escribiendo columnas que creaban chispas.

Lopérfido no era un polemista de red social, algo hoy directamente vintage. Su ironía buscaba la estructura de un argumento. Hace poco describió las discusiones entre los argentinos sobre el texto de una ley: “La consigna siempre llega primero. Leer es opcional. Entender, directamente, sospechoso”.

El escritor Jorge Asís, otro polemista nivel nuclear, lo elogió en el recuerdo: “Uno de los oponentes más inteligentes que tuve en mi vida”. Los unía una mutua simpatía en tensión porque habitaban trincheras políticas opuestas. Cuando Lopérfido asumió como secretario de Cultura y Comunicación durante el gobierno de Fernando de la Rúa —contó Asís— “recuerdo haber hecho alguna ironía en una entrevista, dije que salí a buscar sus libros y no los pude conseguir en las librerías”. El chiste siguió: entonces pensó que quizá era pintor, pero tampoco lo conocían en las galerías, que tal vez era bailarín, y así. “Él se divirtió mucho, se rió y muy inteligentemente dijo: ‘Pasa que Asís y yo no somos contemporáneos’”.

Lopérfido era políticamente liberal, una expresión que en tiempos de libertarios no hay que dar por sobreentendida. Tenía como eje de su vida, según dijo en una entrevista, “la defensa de la libertad”. Lo repitió al asumir la dirección de la Cátedra Vargas Llosa, iniciativa literaria internacional, cuando habló del intelectual francés Albert Camus como “un guía intelectual: ayuda a pensar que cualquier forma de autoritarismo es cuestionable, ninguna ideología o dogma se puede superponer al hombre”.

Había votado a Milei por su antikirchnerismo visceral, pero lo criticaba: “La pobreza sigue siendo enorme, la educación sigue en declive, la seguridad sigue siendo una preocupación, la corrupción no se ha erradicado”. Y cuando el presidente argentino cantó con el Chaqueño Palavecino le recordó que lo suyo era el gobierno, no el espectáculo. Lo comparó con Carlos Menem, sin visos de elogio.

Es llamativo que alguien con las credenciales de Lopérfido no haya terminado el secundario. Se formó en temas creativos desde el hoy inexistente papel de cadete en una agencia de publicidad, después en revistas culturales y en la emisora de radio FM Rock & Pop. En 1992, con 28 años, asumió la dirección del Centro Cultural Ricardo Rojas, de la Universidad de Buenos Aires, donde lo marcó “el vigor de una escena cultural porteña”, aquella de fines de los ochenta y comienzos de los noventa, que nunca olvidó.

De su gestión como secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires salieron dos instituciones que sobrevivieron largamente a su fundación. El Festival Internacional de Buenos Aires nació en 1997; el BAFICI, en 1999. El festival de cine independiente se consolidó como el más importante de América Latina y una referencia internacional bajo directores artísticos como Quintín, Sergio Wolf y Marcelo Panozzo.

El entonces presidente Mauricio Macri lo designó representante especial para la promoción de la cultura argentina en Berlín. “Para los que nos gusta la música clásica”, resumió Lopérfido, “es como estar en Disneylandia”. Duró nueve meses: en 2018 dejó la función pública para debutar como régisseur con Lulú, de Alban Berg, en el Teatro Avenida. Había elegido esa ópera, dijo, porque era “una obra maestra” y porque le interesaba “pensar en los eventos colaterales de grandes momentos de liberación sexual y efervescencia, como el Berlín del 20”.

Lopérfido vivió sus últimos años en Europa. Comenzó a trabajar en la Cátedra Vargas Llosa, iniciativa literaria internacional del Premio Nobel peruano: tenía una relación antigua, personal, con Mario Vargas Llosa. “Conocer, conversar y trabajar con Mario fue una de las cosas más importantes de mi vida”, dijo. “Integrar el grupo que lo acompañó en París el día en que ingresó en la Academia de las Letras Francesas fue un honor y un hecho inolvidable.” La Cátedra organizaba eventos literarios, otorgaba el Premio de Novela Vargas Llosa y tenía como eje explícito la libertad de expresión. En ese marco, ya con la ELA avanzada, Lopérfido grabó en Madrid el ciclo El hombre rebelde: entrevistas con —entre otros— el venezolano Leopoldo López, el escritor Sergio Ramírez exiliado de Nicaragua, y Yunior García, dramaturgo cubano disidente.

Vargas Llosa murió en abril de 2024 sin saber que su colaborador tenía ELA: el diagnóstico se reveló al mes siguiente. Lopérfido había empezado con un problema de movilidad en una pierna; luego notó que se extendía a su mano izquierda. Como era diestro, comentó: “Por suerte puedo escribir.”

Álvaro Vargas Llosa, presidente de la Fundación Internacional para la Libertad, creada por su padre en 2002, escritor y conferencista, dijo tener “solo palabras de afecto” por Lopérfido. “Ha sentido por él admiración y gratitud por la amistad que me brindó y por la colaboración que dio a la Cátedra Vargas Llosa”, agregó. “Como ocurre con todas las personas que dicen verdades incómodas, fue una persona muy controvertida en su país, Argentina”, no eludió. “Su defensa de la libertad ha sido tenaz y su valentía y su coraje son dignos de ser imitados”.

La ELA, contó en Seúl, es “una enfermedad sin épica”: no hay tratamiento dramático para que los demás vean que uno “la está peleando”. Lo que sí había era deterioro constante y sin anécdotas. “Lo más heroico que te puede pasar es caerte”, escribió. “Yo me caí bastante, pero caerse da un poco la imagen de idiota”.

Era ateo —pero no “fanático, como Christopher Hitchens”, aclaró— porque simplemente no podía creer en dios. “Lo vivo, más bien, como una falta. Me hubiese gustado”. Ante la enfermedad incurable eso tenía consecuencias prácticas: “Si tenés ELA, la única alternativa para no convertirte en una planta delante del televisor es expandir la actividad cerebral al límite.”

Fue en ese contexto que grabó su última entrevista con el escritor Martín Caparrós, quien también sufre de ELA y vive en Madrid. Se conocían hace años y se respetaban a pesar de pensar distinto en, básicamente, todísimo todo: “Él es de izquierda y yo liberal, y eso no es motivo para no tener una buena relación”. Lopérfido había leído el libro de Caparrós sobre la enfermedad, Antes que nada, y decidió contarle que compartían el diagnóstico un par de días antes de grabar.

Para alguien que, como Lopérfido, había explicitado su defensa la libertad individual frente al Estado, los dogmas y la corrección política, la muerte asistida —que es legal en España— era evidentemente parte de la conversación: el derecho a elegir el camino del propio cuerpo. “Uno no puede decidir nacer, pero puede decidir morir. Vivir no debe ser obligatorio”. La definió como “la más liberal de las muertes” y como “el mayor logro de la humanidad para quienes no tienen esperanza y sólo conviven con el infierno.” No había tomado esa decisión, aclaró al hablar del tema, pero saber que estaba disponible lo aliviaba. Era una posición que había tenido siempre. La ELA sólo la había vuelto personal.

Como le ha sucedido a otros muertos jóvenes, lo que más lo entristeció no fue saber que cruzaría el Leteo sino no estar de este lado cuando la vida le siguiera pasando a su hijo, Theo, todavía un niño. “Me da furia perderme cosas de mi hijo”, escribió. Había llegado a la paternidad a los 54 y lo había vivido como una revelación. “Desde que nació Theo pasamos mucho tiempo juntos”, recordó. Pero no hubo fútbol compartido, ni paseos, ni parque de diversiones.

Fuente: telam

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