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27/02/2026

Es argentina y vive en el país más divertido del mundo: “Su evento icónico dura apenas una hora y estalla de turistas extranjeros”

Fuente: telam

Celeste Giles es porteña, tiene 43 años y emigró en 2019. “Hay todo un turismo nacional e internacional armado alrededor de esta celebración”, que se realiza en un pequeño pueblo de nueve mil habitantes

>Para Celeste Giles, argentina de 43 años, licenciada en Comercio Exterior y radicada en Valencia desde 2019, el ranking que eligió a España como el país más divertido del mundo no es una sorpresa: lo vive en carne propia.

El sondeo internacional 2026 de la revista especializada U.S. News & World Report valoró la cultura vibrante, la vida social intensa y, sobre todo, a ese evento icónico capaz de convertir a una pequeña ciudad, como la de Buñol, en un escenario festivo repleto de extranjeros.

Cada último miércoles de agosto, el municipio de Buñol, en la provincia de Valencia, se transforma en un mar rojo desde hace 80 años. Más de 20.000 personas participan de una batalla campal en la que se lanzan alrededor de 120 toneladas de tomates maduros, en una tradición que nació de manera espontánea en 1945 y que hoy es Fiesta de Interés Turístico Internacional.

“El evento en sí es corto, dura apenas una hora pero explota de gente, sobre todo turistas extranjeros”, contó Celeste en diálogo con Infobae. Pero esa hora es la culminación de varios días de expectativa y preparativos. Los vecinos cubren con plásticos las fachadas de las calles principales por donde pasarán los camiones cargados de tomates. Se instalan vallas, se señalizan accesos y se organizan actividades previas, como el tradicional palo enjabonado que desafía a los participantes a trepar hasta la cima en medio de risas y resbalones.

En algunos casos, el ticket te permite estar arriba del camión. Y desde ahí ves cómo se va llenando todo de rojo”, remarcó. Son alrededor de cuatro camiones los que recorren la avenida principal, arrojando los tomates que desatan la locura colectiva.

Una de las aclaraciones que más se repiten cada año es que los tomates utilizados no son aptos para el consumo humano. “Siempre hay polémica por el desperdicio de comida, pero la realidad es que no se usarían para comer”, explicó Celeste.

Las reglas son claras: aplastar el tomate antes de lanzarlo para evitar golpes fuertes, no tirar directamente a la cara y respetar la señal de inicio y finalización. Aun así, el caos es parte del encanto. Al principio, la batalla es entre quienes están arriba de los camiones y quienes esperan abajo. Pero en cuestión de minutos el suelo queda cubierto por una alfombra espesa y resbaladiza.

Porque si algo sorprendió a Celeste fue la cantidad de extranjeros. “Viene muchísima gente de afuera. Se nota que hay todo un negocio turístico nacional e internacional armado alrededor de la Tomatina”, aseguró. A la pequeña Buñol llegan visitantes de toda Europa, Asia, América y Oceanía, muchos de los cuales arriban en tren desde Valencia en una especie de procesión festiva.

Celeste no participó desde el suelo, sino desde un balcón asignado por el Ayuntamiento. Se inscribió previamente y fue aceptada como invitada. El día anterior recibió su credencial y le indicaron en qué casa podía ubicarse.

“Estás en el balcón de una familia que sigue su vida normal. Mientras ellos almuerzan, vos estás mirando la Tomatina desde arriba”, cuentó. Hay reglas estrictas: si bajás a la calle, no podés volver a subir para no ensuciar la vivienda.

Una de las postales más entrañables es la de los vecinos que, en pleno agosto y bajo el calor intenso, lanzan baldazos de agua desde sus balcones o riegan con mangueras a los participantes.

La ciudad, además, se recupera rápidamente. “Apenas termina el evento, comienza un operativo de limpieza intensivo. Con el manguereado queda todo bien, no hace falta volver a pintar las fachadas”, explicó.

Entre las escenas que más la impactaron, Celeste recordó que había los tachos de basura repletos de ropa y zapatillas, muchas casi nuevas. “No podía creer que tiraran zapatillas así”, admitió. Es que para algunos turistas, la prenda manchada es un recuerdo efímero; para otros, un objeto irrecuperable.

Buñol es una localidad pequeña que durante el resto del año no recibe multitudes. Pero en esos días explota. “No cabe un alfiler”, graficó Celeste. “Para los comercios, bares y restaurantes, la Tomatina representa uno de los momentos económicos más fuertes del año”, agregó.

No se trata de un evento aislado en el calendario español, sino de una celebración profundamente arraigadas en la historia y en la vida cotidiana de cada ciudad. El festejo, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, comenzó el último domingo de febrero y se extenderá hasta el 19 de marzo.

“La semana más importante arranca el 15, cuando se concentra la mayor cantidad de eventos. Durante ese tiempo, Valencia cambia por completo: calles cortadas, luces decorando los barrios, carpas que funcionan como discotecas móviles y un calendario diario de actividades para todos los gustos”, precisó Celeste, quien destacó el fuerte sentido de pertenencia.

Pero lo que más la sorprendió fue ver a los jóvenes comprometidos con la tradición. Lejos de considerarlo algo antiguo, vestir el traje tradicional es para ellos un orgullo. Y cuando todo termina, el último día ya anuncian cuánto falta para las próximas Fallas. “Viven todo el año preparándose para la siguiente”, resumió Celeste.

La fiesta se basa casi en tirar petardos”, contó entre risas. A diferencia de Argentina, donde están muy restringidos, en Valencia los fuegos artificiales y las mascletàs forman parte esencial de la celebración y estallan a cualquier hora del día. “Si vivís cerca de un casal fallero, a las cuatro de la mañana es como estar dentro de un boliche”, advirtió.

Celeste se fue de Argentina en 2019 de mochilera y nunca volvió. Vivía en el barrio de Las Cañitas, en Palermo, trabajaba en el sector agroexportador y decidió recorrer el mundo con su pareja, con quien está hace 15 años.

Su llegada a Valencia fue casi accidental: su madre se mudó allí desde Italia y Celeste decidió pasar las fiestas de 2019 en la ciudad. En marzo de 2020 estalló la pandemia y el confinamiento la obligó a quedarse. Con el tiempo, lo que fue circunstancial se volvió elección.

Celeste no regresó a Argentina desde que se fue, aunque mantiene contacto diario con su familia. La distancia es costosa y, a veces, elegir implica resignar. “Con lo que me sale ir a Argentina, me voy dos veces a Tailandia”, comparó. Sin embargo, planea viajar el próximo año para ser madrina de su sobrino.

No descarta volver algún día. “No me fui enojada. Siempre tengo la puerta abierta”, aclaró. Por ahora, renovará contrato de alquiler en julio y seguirá disfrutando de una ciudad que la adoptó casi sin proponérselo.

Fuente: telam

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