26/02/2026
¿Cuánto dura una sesión de psicoanálisis? ¿Cinco minutos está bien?
Fuente: telam
De la mano de Jean Laplanche, André Green y Jacques-Alain Miller, una invitación a reflexionar sobre el sentido y la función del tiempo en un espacio psicoterapéutico
>Hace un tiempo se viralizó una secuencia de la serie Envidiosa en la que la protagonista —representada por Griselda Siciliani— salía de una brevísima sesión con un psicoanalista de orientación lacaniana —en la piel de Sebastián Wainraich.
Independientemente de las risas que despertó la escena, junto con los comentarios más o menos maliciosos, el acierto de la misma está en que invita a reflexionar sobre la función del tiempo en un espacio psicoterapéutico.“El tiempo en el espacio”, he aquí una formulación sobre la que cabe decir algo, ya que desde hace unos años muchas sesiones dejaron de transcurrir en consultorios físicos, cuando se abrieron las puertas de las consultas virtuales.Sin duda la virtualidad vino a flexibilizar el “encuadre”. Ya no vivimos en esa época en que los psicoanalistas se vestían con el mismo traje toda la semana para evitar estímulos que alterasen el proceso terapéutico.
Además, la vía remota habilitó que muchas personas que no habrían consultado de otro modo, se animaran. No solo por dificultad objetiva, sino por inhibiciones, vergüenza, etc., al punto de que una conversación “a la distancia”, paradójicamente, acercó a esta gente.
Esto por no mencionar lo ocurre en algunos hospitales públicos, en los que, a falta de consultorios, algunos colegas llevan adelante las sesiones en el bar o en el estacionamiento de la institución. Por lo tanto, sobre el espacio no hay mayores desacuerdos ni motivos para la discusión. El tiempo, en cambio…
No lo digo en broma. Por mi parte, nunca leí un ensayo que diera argumentos taxativos para atribuirle una duración determinada a una sesión. En términos generales, pareciera haber un acuerdo tácito de que el tiempo de la sesión depende del profesional (con criterios más o menos personales) o de la institución en que trabaja.
Pero también hubo transgresiones: desde las sesiones extensas de Donald Winnicott, que podían prolongarse durante horas; hasta las sesiones más bien breves de Jacques Lacan. Con inclinación tendenciosa alguien dijo alguna vez que a Lacan se lo expulsó de la Asociación Internacional de Psicoanálisis porque con sus sesiones breves podía ver a más pacientes que los demás colegas y eso implicaba una “competencia desleal”.
¿Podría decirse, entonces, que fue una mala sesión? En cierta medida, sí, porque generó ese efecto de un modo en que difícilmente se lo pueda trabajar. Quizá el caso de Vicky sea el de una paciente lo suficientemente grave como para un tratamiento de psicoanálisis lacaniano y precise otro tipo de abordaje. El psicoanálisis lacaniano también se convirtió en una especie de ortodoxia con las décadas.
Para muchas personas es una preocupación la duración del análisis; si será muy largo el tiempo que tendrán que dedicarle. Esa inquietud por la extensión tampoco se mide según una cantidad, porque esta da cuenta de un dato cierto: el análisis dura. Analizarse es vivir durante un tiempo en análisis.
Robarle tiempo al otro puede ser un modo de posicionarse en la vida; contar siempre con el tiempo ajeno. O ser amigo de lo ajeno del tiempo, en una vida impersonal. Vivir en análisis es asumir el “sigamos la próxima” no como una privación, sino como una invitación a continuar, como una especie de “ya habrá tiempo para eso”. Y aquí es donde surge la urgencia, ¿cuánto va a durar esto?
Esto es algo completamente legítimo. Si algo entendí yo en estos años es que no todas las consultas son para psicoanálisis. No es que haya casos no analizables, sino que en cada caso es fundamental que el analista tenga presente qué beneficio podría obtener esa persona del análisis y eso depende de la experiencia del tiempo que esté en condiciones de hacer.
Que el título de este libro se conserve en su idioma original, a pesar de la traducción, es un indicador de los problemas que transmite. ¿Se trata de un a posteriori, un efecto diferido o retardado, una resignificación? Por esta vía es que Laplanche intenta cernir lo que en Freud se nombra como Nachträglichkeit.
Es un lugar común del psicoanálisis plantear que Freud habría abandonado su teoría del trauma efectivamente acontecido, para darle lugar a las fantasías. En una célebre carta, Freud dijo que ya no creía en “Meine neurótica”, es decir, en mis neuróticas. ¿Quiere decir esto que Freud dejó de creerles a los traumas de sus pacientes?
Los neuróticos enferman por sus recuerdos, por el modo en que recuerdan. Por eso no se puede decir livianamente que Freud abandonó la teoría de la seducción temprana, sino que la generalizó a través de una teoría del tiempo, según la cual todo ocurre dos veces; esto es, para cualquier vivencia psíquica se precisa una inscripción en dos tiempos.
En efecto este fue el motivo principal de su pelea con discípulos que decían que en los neuróticos las vivencias sexuales infantiles eran solo una proyección en la infancia, hacia el pasado, de ocurrencias posteriores. Para criticar esta posición es que Freud redacta uno de sus casos más importantes, el del Hombre de los Lobos, en disputa con Jung.
En este segundo libro que me interesa comentar, Green parte de la misma discusión que propuso Laplanche: la teoría del tiempo en la obra de Freud. Sin embargo, la continuidad que despliega es la de cómo el tiempo se imbrica en los tratamientos.
Por esta vía, lo que adquiere el estatuto del trauma es el vínculo con el analista. Esta es la fuente de la noción de transferencia que, cuando se la entiende mal, se la piensa como la mera inclinación –positiva o negativa– hacia el profesional. La transferencia, más bien, es la vía de retorno de un pasado que no termina de pasar, inactual, que incluso quizá nunca fue del todo un presente.
Digámoslo ahora con Green: no es que Freud haya abandonado la teoría traumática y la seducción efectiva, porque no les creía a sus pacientes, sino que formula una complejísima teoría de la fantasía que se apoya en una noción del tiempo latente y a la espera de manifestar sus efectos. Por otro lado, Green dice algo muy interesante sobre el fin de la sesión:
Green no es muy amable con los lacanianos. Más bien pareciera decir que el corte más o menos abrupto tiende a funcionar como un acto sugestivo que no da tiempo al despliegue en el interior de la sesión –quizá esto se debe a su concepción de la transferencia–, así como también es desaconsejable en pacientes graves (no necesariamente psicóticos, pero sí con una dificultad para la integración y el reconocimiento de sus bordes).
Pensar el tiempo como una cuestión técnica no es fijarlo en una resolución burocrática sino articularlo al proceso psíquico del paciente en análisis. Ahora bien, para no quedarnos con una sola campana –lo que siempre es un acto de injusticia– leamos lo que propone un lacaniano sobre el tiempo y las sesiones breves.
Elegirlo a Miller para este comentario es una decisión. ¿Por qué él y no otro? Lo diré de un modo simple: porque empecé a leerlo sistemáticamente y estoy fascinado con la forma en que se anticipó a problemas actuales.
En este artículo me detendré en este seminario sobre el lapso, cuyo eje es el tiempo y está atravesado por la cuestión de la sesión analítica y su duración.
¿Qué tiene este último de fundamental? Su irrupción contingente, que es garantía de conmoción del automatismo y los sentidos consolidados. “El inconsciente freudiano es aquel que restablece la continuidad […] el abordaje de Lacan es otro: la forma esencial del inconsciente como fenómeno es la discontinuidad”, dice Miller.
“Así podemos apreciar bien cuál es la diferencia de la sesión lacaniana. No es que reniegue el automaton de la sesión, sino que demuestra cierta inclinación a estructurarse como el inconsciente-sujeto […] en el interior de la regularidad casi burocrática […] Nunca es exactamente igual a la otra.”
“El inconsciente como sujeto nos obliga a pensar una temporalidad que es, por cierto, muy diferente de la temporalidad de la repetición [aquella en que hacía foco Green]. La temporalidad de la repetición es siempre una temporalidad de la primera vez. Cuando ponemos el acento en la repetición, subrayamos precisamente el hecho de que ella no modifica eso que repite. No es algo del orden de usted ya lo hizo, ya lo dijo, entonces, pase a otra cosa.”
Freud discutió con Jung por la noción de tiempo. Lacan discute con Freud y entre los lacanianos también piensan distinto. Podríamos plantear una versión del célebre aforismo y decir “Dime qué concepción del tiempo tienes y te diré qué clase de psicoanalista eres”. Y no porque se trate de una cuestión teórica, sino porque según cómo se piensa el tiempo se piensa la relación analítica (transferencia) y el fin de (un) análisis.
Fuente: telam
Compartir
Comentarios
Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno!


