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15/02/2026

El discurso completo de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich

Fuente: telam

Durante su intervención, el secretario de Estado norteamericano llamó a “revitalizar” la alianza entre EEUU y Europa para hacer frente a los desafíos globales

>Durante su intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el secretario de Estado norteamericano Marco Rubio remarcó que Estados Unidos no busca distanciarse de sus aliados europeos, sino fortalecer los lazos y renovar la cooperación para enfrentar los desafíos globales. En ese sentido, subrayó la importancia de una Europa “sólida” como pieza clave para acompañar a Washington en la redefinición del escenario internacional, en línea con la agenda de la administración Trump.

Su discurso en la ciudad alemana fue valorado y destacado por varios líderes internacionales y europeos.

A continuación, el discurso completo:

Muchas gracias. Estamos aquí reunidos como miembros de una alianza histórica; una alianza que salvó y cambió el mundo. Cuando esta conferencia se celebró por primera vez en 1963, fue en una nación —o, mejor dicho, un continente— dividida. La línea divisoria entre comunismo y libertad atravesaba el corazón de Alemania. Las primeras vallas de alambre de espino del Muro de Berlín se habían alzado solo dos años antes.

Cuando nos reunimos aquí por primera vez, el comunismo soviético campaba a sus anchas. La milenaria historia de la civilización occidental pendía de un hilo. Entonces, la victoria no estaba asegurada, pero teníamos un objetivo común: estábamos unidos no solo contra lo que estábamos luchando sino por lo que estábamos luchando. Y trabajando juntas, Europa y América prevalecieron; reconstruyeron un continente. Nuestros pueblos prosperaron y, con el tiempo, se reunieron los bloques occidental y oriental. Una vez más, se unificó una civilización.

Una idea necia que ignoraba no solo la naturaleza humana, sino las lecciones aprendidas a lo largo de los más de cinco milenios de historia humana. Y pagamos por ese error. Este delirio nos hizo adoptar una visión dogmática de comercio libre y sin restricciones, incluso cuando algunas naciones protegían sus economías y subvencionaban sus empresas para minar a las nuestras: cerrando nuestras plantas, desindustrializando a gran parte de nuestras sociedades y deslocalizando millones de trabajos de todo tipo a otros continentes, dándole las llaves de nuestras cadenas de suministro a adversarios y rivales.

Y, en aras de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola nunca antes vista de inmigración masiva que pone en peligro la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestra gente. Cometimos estos errores juntos y ahora, juntos también, le debemos a nuestros pueblos enfrentarnos a esa realidad y seguir adelante y reconstruir.

Porque Estados Unidos y Europa tenemos que estar juntos. Los EEUU se fundaron hace 250 años, pero sus raíces están aquí, en el Viejo Mundo. El hombre que construyó mi patria llegó a nuestras costas con las tradiciones y la fe cristiana de sus ancestros y un legado sagrado, un vínculo irrompible entre este continente y su destino.

Por eso a veces los estadounidenses podemos sonar algo directos y urgentes en nuestros intercambios. Por eso nuestro presidente exige seriedad y reciprocidad de sus amigos europeos. El porqué, amigos míos, es porque nos importan mucho no solo nuestro futuro sino el vuestro. Y aunque a veces no estemos de acuerdo, nuestros encontronazos vienen de una profunda preocupación por una Europa a la que estamos conectados —y no meramente de manera económica o militar— espiritual y culturalmente. Queremos que Europa sea fuerte. Creemos que Europa debe sobrevivir, porque las dos grandes guerras del siglo pasado son un recordatorio eterno de que nuestros destinos siempre estarán unidos, porque sabemos que el futuro de Europa nunca será insignificante para nosotros.

Fue aquí, en Europa, donde se plantaron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo. Este fue el continente que nos dio el Estado de derecho, las universidades y la revolución científica, donde nacieron Mozart y Beethoven, Dante y Shakespeare, Miguel Ángel y Da Vinci, los Beatles y los Rolling Stones. Es aquí donde encontramos las arcadas de la Capilla Sixtina y las torres de la gran catedral de Colonia, estructuras que no solo dan fe de nuestro pasado o de la fe divina que inspiró estas maravillas, sino que son un preámbulo a lo que nos depara el futuro. Pero solo si aceptamos nuestro legado sin miramientos y nos enorgullecemos de nuestra herencia común podremos empezar a trabajar para imaginar y perfilar nuestros futuros económico y político.

La inmigración masiva no es ni era una preocupación limítrofe con un impacto nimio. Era y sigue siendo una crisis que está transformando y debilitando todas las sociedades occidentales. Juntos podemos reindustrializar nuestras economías y reconstruir nuestras capacidades de defensa. Pero el trabajo de esta nueva alianza no puede centrarse exclusivamente en la cooperación militar y la recuperación de las industrias de antaño. También tendría que centrarse en avanzar, de la mano, hacia nuestros intereses comunes y hacia nuevas fronteras, dando rienda suelta a nuestra ingenuidad y creatividad, así como al espíritu dinámico necesario para construir un nuevo siglo occidental. Viajes comerciales espaciales, inteligencia artificial de última generación, automatización industrial y fabricación flexible; eso nos permitirá crear una cadena de suministros occidental para minerales claves y que esté protegida de extorsión de otras potencias. Nos ayudará a competir por cuotas de mercado en las economías del sur global. Juntos podemos no solo recuperar el control de nuestras industrias y cadenas, sino que podemos prosperar en los campos que definirán el siglo XXI.

Finalmente, no podemos situar el llamado «orden global» por encima de los intereses vitales de nuestros pueblos y naciones. No tenemos por qué abandonar el sistema de cooperación internacional que creamos ni desmantelar las instituciones globales del viejo orden que antaño construimos. Pero tenemos que reformarlas, que reconstruirlas.

No pudo limitar el programa nuclear de los clérigos chiitas radicales en Teherán. Hizo falta que bombarderos B-2 estadounidenses soltaran 14 bombas de precisión. Y no pudo responder a la amenaza contra nuestra seguridad por parte de un dictador narcoterrorista en Venezuela. Fueron las fuerzas especiales estadounidenses las que llevaron a este fugitivo ante la justicia.

Este es el camino que el presidente Trump y EEUU han empezado a andar. Es el camino que queremos que Europa siga con nosotros. Es un camino que ya hemos andado juntos antes y uno que esperamos volver a andar juntos de nuevo. Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se expandió: sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores desbordaban sus costas, cruzando océanos y asentándose en nuevos continentes, construyendo vastos imperios por todo el globo.

En ese entorno, tanto entonces como ahora, muchos creyeron que la era de dominio occidental había llegado a su fin y que nuestro futuro sería una espectral imagen de nuestro pasado. Pero juntos, nuestros predecesores reconocieron que el declive era una elección; una que se negaron a tomar. Esto hicimos antaño, y esto es lo que el presidente Trump y EEUU quiere hacer de nuevo, con ustedes.

Y por eso no queremos aliados que racionalicen un statu quo roto en lugar de asumir lo que hay que hacer para arreglarlo, porque en EEUU no estamos interesados en ser los amables cuidadores del declive de Occidente. No buscamos separar, sino recuperar una vieja amistad y renovar la mejor civilización en la historia de la humanidad. Lo que queremos es una alianza rejuvenecida que reconozca que lo que aflige a nuestras sociedades no son solo malas políticas, sino un malestar nacido de la complacencia y la desesperanza. No queremos una alianza que esté paralizada por miedo, miedo al cambio climático, a la guerra, a la tecnología, sino una que cargue hacia el futuro. El único miedo que hay que tener es a no dejar nuestras naciones más fuertes y ricas para nuestros hijos.

Actuar juntos de esta manera nos permitirá no solo recuperar una política exterior cuerda, sino que nos devolverá una imagen personal más clara. Recuperará su lugar en el mundo y, con ello, rechazará las fuerzas del borrado civilizacional que amenazan tanto a Europa como a EEUU.

Nuestra historia empezó con un explorador europeo cuya aventura hacia terra ignota le llevó a descubrir un nuevo mundo, uno al que llevó el cristianismo, convirtiéndose en la leyenda que definió el imaginario de nuestra nación.

El corazón de nuestro país lo construyeron granjeros y artesanos alemanes, que transformaron llanuras vacías en una potencia agricultural y que, también, mejoraron la calidad de la cerveza estadounidense sobremanera.

¿Sabían que el año que se fundó mi país, Lorenzo y Catalina Geroldi vivían en Casale Monferrato, en el reino de Piamonte? ¿Y que José y Manuela Reina vivían en Sevilla, en España? Yo no sé qué sabían de las 13 colonias que acababan de independizarse del Imperio británico, pero sí estoy seguro de una cosa: nunca podrían haberse imaginado que 250 años más tarde, un descendiente directo suyo estaría aquí una vez más, en su continente, como representante de esa nación recién nacida. Y, sin embargo, aquí estoy, recordando a través de mi propio legado que nuestras historias y futuros siempre estarán unidos.

Y estoy aquí para dejar claro que Estados Unidos está trazando el camino para un nuevo siglo de prosperidad y que, una vez más, queremos andarlo con ustedes, nuestros estimados aliados y amigos más antiguos.

Muchas gracias.

Fuente: telam

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