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13/02/2026

Explotación, maltratos y amenazas: la sufrida historia de la mujer que escapó de la colonia menonita de La Pampa

Fuente: telam

María Unger Reimer, de 34 años, nació y creció en un contexto de violencia extrema en el pueblo pampeano de Guatraché. Fue la primera en huir. Ahora expone un sistema de sometimiento que se ampara en la religión y que define como un infierno

>En la colonia menonita Nueva Esperanza, del pueblo pampeano de Guatraché, hay un reloj que marca que son casi las 20 horas del domingo 8 de febrero de 2026. Hay calles arenosas y anchas, campo infinito, caldenes, molinos y vacas Holando Argentino. Hay tractores con ruedas de hierro y algunas iglesias donde se siguen las enseñanzas de Menno Simons, el religioso anabaptista que creó la comunidad hace 500 años en Europa. Hay polvareda de caballos y carros que por acá llaman “boogies”. Hay un nene rubio, muy rubio, que juega con un juguete réplica de un tractor John Deere.

La colonia menonita de La Pampa —ubicada a unos 150 kilómetros al sudeste de Santa Rosa, en proximidades del límite con la provincia de Buenos Aires— comenzó a conformarse en 1986, con familias que llegaron principalmente desde México.

Los menonitas son cristianos, de origen protestante. Exigen la separación del Estado y la Iglesia. No votan, no participan en política y no hacen el servicio militar. Hablan un alemán antiguo, pero también dominan —principalmente los varones— el castellano.

Solo hay electricidad en las fábricas y mercaditos. La colonia es dominada por obispos y otros jefes, con prácticamente sus propias leyes. Los niños concurren a escuelas con maestros y maestras de la comunidad, con conocimientos mínimos, hasta sexto grado. Luego, la actividad prácticamente se reduce a trabajar de sol a sol e ir a la iglesia.

María fue la primera mujer en escapar de la colonia, de sus leyes estrictas y de los golpes, en 2019. Su historia era desconocida hasta ahora.

Luego volvió por sus dos hijas, que habían quedado en La Pampa, y logró llevarlas a Tucumán. La mayor, de 15 años, estuvo tres años en el norte argentino: cursó la primaria e incluso hizo el primer año de la secundaria, pero luego regresó a Guatraché.

“Yo me llamo María Unger Reimer y voy a contar mi historia en la colonia”, dice a Infobae, con un ojo que todavía tiene morado, marcado por un puño. “Nací y crecí dentro de la comunidad menonita. Ahí aprendí desde chica cuál era mi lugar: callar, obedecer y servir. Las mujeres no decidimos. No votamos. No opinamos. No elegimos. Nuestra función es criar hijos, mantener la casa y someternos a lo que los hombres y la iglesia decidan”, resalta.

A los 15 años las chicas empiezan a “salir de novias”, relata. Entre los 15 y los 20 las casan. “El mandato es casarse y obedecer. Si después de bautizarte, a los 18, desobedecés, pueden castigarte. Antes del bautismo todavía sos ‘menor’; después ya no hay escapatoria”.

—¿Y cómo fueron esos años de pareja con tu exmarido?

“Cuando me fui, dejé a mis hijas ahí. Hoy tienen 15 y 12 años. No porque quisiera: nadie quiere dejar lo más preciado de su vida. Fue porque no pude sacarlas en ese momento. El padre había amenazado con denunciarme y sacarme a mis hijas. Conseguí trabajo y volví inmediatamente a buscarlas”, expresa.

“La comunidad siempre favorece al que se queda, al que obedece sus leyes y su religión. Al que se va, lo persiguen. Te hacen la vida imposible. Siguen viniendo. Siguen presionando. Aunque estés lejos”, cuenta.

El domingo 8, María fue brutalmente golpeada. “Pasó lo impensado y doloroso. Vine a La Pampa por un motivo grave. Mi mamá estaba internada y su estado de salud era delicado. Aproveché que ya estaba en la provincia para hacer lo que siempre intenté, aun después de todo: favorecer el vínculo entre mi hija y su padre. Nunca quise cortar los lazos. Siempre creí que, aunque estuviéramos separados, las niñas tenían derecho a ver a su papá”, expresa.

Como pudo, escapó con ellas y llamó a la Policía. “A él lo demoraron hasta la madrugada. A mí me llevaron al hospital de Guatraché, donde quedé internada. Tengo certificados médicos que acreditan las lesiones. Estaba golpeada, dolorida, en shock”, relata.

Tuvo el asesoramiento y acompañamiento de la abogada Karina Lucía Álvarez Mendiara. “Después de eso me fui a Santa Rosa, buscando resguardo y un lugar seguro para mis hijas y para mí. Alquilé un departamento frente al hospital donde seguía internado mi familiar. Pensé que ahí estábamos a salvo. Pero no”, cuenta.

En ese marco, un grupo de menonitas, entre los que estaba su exmarido, viajó a Santa Rosa en una camioneta y se llevó a las nenas. “Cuando salí del departamento con mis hijas, apareció el padre con otros varones de la comunidad. Las cargaron en una camioneta. No me preguntaron. No me pidieron permiso. Se las llevaron. Yo corrí, grité, llamé al 101. Todo quedó registrado en otra denuncia. Fue una sustracción en plena calle, a la vista de todos”, denuncia.

La camioneta, con los menonitas y las nenas, fue detenida cuando pasaba por el pueblo de Miguel Riglos. Para las autoridades judiciales de Santa Rosa, no hubo secuestro y por eso liberaron luego el paso: es que las chicas dijeron ante las asistentes sociales de Riglos que querían irse con su padre. Sin embargo, la abogada alertó que esos testimonios están viciados: según dice, se encuentran amenazadas por el padre. Por eso ya pidió la restitución de las chicas.

“Yo denuncié antes. Denuncié violencia física, psicológica y verbal. Denuncié que consume alcohol. Denuncié que tiene armas. Todo eso está en los papeles. Y, aun así, la violencia siguió. No se dictaron aún medidas cautelares de restricción pese a haberlas solicitado. La respuesta ante eso fue: ‘Si te vas a ir a Tucumán, no es necesario pedirlas’. Ahora, con esto, la respuesta es: ‘Van a intervenir los equipos de Derechos del Niño, van a estar monitoreadas’. Todo esto podría haberse evitado”, dice.

“Salir de la comunidad cuesta la vida. Quedarse, también. Yo cuento esto porque quiero a mis hijas conmigo. Que me devuelvan a mis hijas. No quiero callar más. Porque no quiero que mis hijas crezcan creyendo que el miedo es normal. Porque lo que pasa dentro de la comunidad no es religión: es sometimiento. Y porque si no hablamos, si no mostramos lo que pasa, esto se repite una y otra vez”, sostiene.

María deja un mensaje para los jueces y fiscales, que tienen a cargo dos causas: la de las lesiones y la de la restitución de sus hijas. “Deciden y no saben si es la voluntad de las nenas. Aunque dicen que sí quieren ir, no saben si están amenazadas o por qué lo dicen. Eso es lo que tienen que ver primero los jueces: cómo es la situación”, resalta.

“No entiendo cómo a un padre que ha amenazado de muerte a sus propias hijas le dan la razón para poder llevárselas. Y no es que él quiera a las nenas: eso lo hace para dañarme, para demostrarme que me va a seguir haciendo daño, aunque no esté ahí”, resalta.

“Supuestamente no se puede tomar alcohol, pero todo el mundo lo hace. Está prohibida la droga, el cigarrillo, y hay. Está prohibido tener celular, pero todo el mundo lo hace. Está prohibido tener camioneta o auto, pero todo el mundo lo tiene escondido. Ponen un chofer, pero todo el mundo tiene su propio vehículo”, agrega.

—Los varones, ¿hablan fluidamente castellano?

—¿Y las chicas, las mujeres?

—¿Mal vista por quién? ¿Por los jefes, por los obispos?

—¿Y ahora cómo vivís en Tucumán? ¿Más tranquila?

—¿Y allá formaste una familia?

—¿Están en un campo? ¿Dónde están?

María habla porque no quiere callar más. Porque sabe que contar lo que pasó es también una forma de proteger a otras mujeres y a otros niños. Porque salir de la comunidad le costó la vida que conocía, pero quedarse —dice— podía costarle la vida de verdad. Y porque mientras el miedo siga siendo ley, el silencio seguirá siendo cómplice.

Fuente: telam

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