12/02/2026
Hasta que la Democracia nos separe
Fuente: telam
Nuestras sociedades necesitan una nueva visión cultural capaz de generar normas de convivencia que puedan neutralizar las divisiones sociales
>Estamos viviendo una época de polarización y enemización política, siendo la confrontación a un nivel de elaboración ideológica muy simple. Cada ideología y visión contemporánea de las relaciones políticas hace resonar su voz en los pasillos de la región, con sus conceptualizaciones sobre el poder, justicia y desarrollo, así como sus advertencias sobre la manipulación de las necesidades y las amenazas que enfrentan, siendo guía para ambos lados del espectro político, izquierda y derecha, trascendiendo y absorbiendo la razón de los pueblos y las dinámicas sociales.
Este análisis de por sí ameritaría varios volúmenes. Y obviamente que constituirá un imperativo hacerlo sobre la izquierda y sobre la derecha. Cierto liderazgo de izquierda al comenzar el milenio formaba parte de la lucha de la racionalidad contra el empobrecimiento de los pueblos, pero esencialmente estaba motivada por una vocación demasiado real de poder. Esos liderazgos se fueron del poder y regresaron en algunos casos, haciendo prevalecer tanto su compromiso como su evidente capacidad de relaciones públicas, lo que les valió tanto el voto propio como de otros sectores. Las luchas por el poder fueron procesos de acumulación política, más gradual en unos casos, con derrotas electorales y aprendizajes más largos, más fulgurante en otros casos. Bajar del poder fue una experiencia que resultó miserable y en conflicto con sus discursos, algunos de ellos acusados de corrupción padecieron el exilio o la cárcel. La derecha que los sucedió explotó fundamentalmente el hartazgo generado. También se vio cómo desaprovecharon recurrentemente su oportunidad de instalar un proyecto sustentable.
Enfrentados a estos procesos o alrededor de estos procesos, izquierda y derecha comenzarían a desarrollar viejas ideas y nuevos valores políticos, ideas que tendrían diferentes variables de sistematización, así como discursos de izquierda o de derecha radicalizados con mucho desprecio centrista, siendo el eje fundamental en común una enorme vocación de poder. Así fue como pudimos ver en cada segunda vuelta electoral en la región la confrontación de proyectos irreconciliables entre sí. Algunos, seguramente influenciados por su singular educación y sus diversas experiencias académicas en el exterior, se han preocupado más en la elaboración teórica y es recurrente que en sus presentaciones se hable de la visión de la derecha o de la izquierda para el funcionamiento del Estado, para el sistema productivo, para la sociedad, para las relaciones internacionales, etcétera.
A la hora de conceptualizar, Mujica reducía las respuestas políticas a verdades absolutas de la vida y no a las especificidades de la agenda política. Sabía que la política no se basaba en lo que realmente sucedía, sino en la instalación de narrativas y la adopción de nuevas lealtades recíprocas, especialmente con la gente común, a veces a un costo ideológico grande para los puros y los duros que cada vez fueron menos. La derecha se afirmó en cuestiones de eficiencia y resultados, los paradigmas de políticos de la dimensión de Piñera y Uribe diseñaron la fortaleza de propuestas de derecha, aunque muchas veces la misma se embarcó simplemente en proyectos reactivos, esta característica reactiva se instaló asimismo en la izquierda. Desde la derecha algunos prometieron seguridad y algunos lo lograron. Pero alguna vez también ha sido a un costo altísimo para los Derechos Humanos.
Ello significa que la inspiración del liderazgo queda controlada por los procedimientos administrativos, la legislación de derecho público y las dinámicas del Estado. Eso es en general algo bueno, la inspiración pura del liderazgo político regional ha sido en general el camino más corto al caos. Las necesidades reales de la gente siguen vigentes, son militadas arduamente en la conciencia colectiva tecnológica de la participación política en redes, las cuales lamentablemente son fácilmente influenciables y permeables a las lluvias ácidas del sistema político. Estas lluvias ácidas se ciernen independientemente de cualquier inclinación ideológica y política específica, ya sea de izquierda o de derecha; es simplemente una base común de acuerdo sobre la necesidad, con la implicación de que los seres político-tecnológicos son una sola especie de actor que en general denuncia las instituciones por su ineficiencia, sus niveles de corrupción, sus desastres ambientales, etcétera.
Esto llegó a tener exceso de espontaneidad en varios casos. El tema de la defensa de los regímenes de Cuba y Venezuela fue hecho a un costo altísimo por la izquierda que terminó pagando eso muy caro en términos electorales, llegando el punto de que en determinado momento fue barrida del poder en toda la región. Por otra parte, las relaciones con Estados Unidos han obligado a diferentes habilidades de adaptación del liderazgo político latinoamericano. El cambio continuo en las administraciones de Estados Unidos obligó a seguir estos cambios como se pudiera, la definición es de absoluto pragmatismo. Como si hubiera otra opción…
La racionalidad del poder tuvo una particularidad para la izquierda, que fue puesta a prueba por las diferencias de sus enfoques sobre las dictaduras. Fue aquí donde la misión de la ideología de izquierdas se bloqueó en la producción de ideas que tuvieran como objetivo los temas más importantes de la sociedad. También fue decisivo para que ello pasara que se concentraron inoportunamente, desde el punto de vista programático pero muy oportuno desde el punto de vista electoral, en atacar a los liderazgos de derecha de manera visceral y apelando a las emociones de la gente al respecto. La situación inversa también es correcta.
El chavismo y Maduro tomaron la delantera durante mucho tiempo, hasta ejercían muchas veces de certificadores de qué era ser de izquierda y cuáles debían ser las condiciones ideológicas del sistema regional. Por ejemplo, incluir a la Colombia de Uribe tan frecuentemente como se podía en el menú de Unasur. Pero el fin de Maduro, el fin del protectorado cubano sobre Venezuela y el comienzo del protectorado de Estados Unidos hizo que las definiciones que dirigen el sistema regional cambiaran completamente. Las dictaduras constituyen la cristalización que, desde las ideologías, ya sean de izquierda o derecha, amenazan las posibilidades y vulnerabilidades que presentan la democracia y la alternancia en el poder. Sin embargo, lo que posiblemente hace que sean tan extraordinariamente peligrosas es su necesidad atemporal de controlar los fenómenos sociales, políticos y psicológicos del sistema político y gobernar con un sistema de fábulas (como lo es para la derecha la sierra o las condiciones imperialistas desde la izquierda) que tienden a quedar pendientes permanentemente, porque las dictaduras son tan contrarias a los cambios que hasta desconocen aquellos que fueron sus postulados para instalarse.
En este segundo caso derivamos hacia (no) soluciones mesiánicas, irracionales o emocionalmente negativas. La transformación que mejor confronta el impacto de la sociedad se tiene que basar en la libertad, ya que el sistema debería reflejar el regateo de la mayoría, tratando a todos los liderazgos y al pueblo con justicia, está demostrado que cualquier orden de estructura de liderazgo deberá tener como bases capacidades de negociación o movilización.
Esto significa que, si la manipulación del liderazgo coloca el bienestar de la gente sobre la solidaridad social, es necesario agregar a la transformación condiciones de legitimidad; las estructuras deben permanecer aun en un proceso de transformación como un sistema justo. La introducción de nuevas transformaciones no debería cambiar esas características. En Latinoamérica los Estados de Emergencia son el atajo frecuente por el cual el sistema deja de ser justo. La estructura relativa de las democracias existentes está determinada por ciclos políticos naturales, lo cual demuestra que ningún sistema puede satisfacer las ideologías sino servir a la institucionalidad para lograr resultados y ser eficientes. Esto significa que cualquier sistema político tendrá fallas inherentes al mismo, reflejando las condiciones de su evolución política.
Incluso en casos de democracia directa donde el pueblo señala el camino, pueden surgir problemas ya que un proceso de transformación para la mayoría del pueblo podría llegar a hacerse afectando otras prioridades de grupos minoritarios. Por eso son tan importantes pesos y contrapesos del sistema: para asegurar garantías. Y por eso los sistemas represivos empiezan por conculcar las mismas. Por otra parte, en un sistema político democrático, los grupos de interés y de presión pueden producir propaganda en forma de prioridades, paz social y eficiencia pública manipulados, en un interés simplificado, donde se eliminan procesos garantistas para evitar la posibilidad de ideas críticas tamizadoras. Ese proceso también se usa a menudo como forma de socavar la fuerza y la naturaleza de la democracia.
Ningún presidente debe imponer justicia o imponerse sobre la justicia, pero esta tentación está permanentemente instalada en los sistemas políticos de la región, evitar la concentración de poder es algo que la mayoría del liderazgo entiende mejor desde la oposición que desde el gobierno. Los controles y equilibrios del sistema tienden a ser desbalanceados por la acción política y los líderes regionales casi que no pueden evitar proponer la reforma del poder, esto es ir por una reforma constitucional. El poder judicial es el que mejor encarna la separación de poderes y que mejor pone límites a la política, por eso es especialmente tentador para aquellos que necesitan mayor control del sistema.
Otra variable recurrente es la discriminación, que incluso llega a tener fuertes componentes políticos, pero que fundamentalmente tiene que ver con condiciones raciales, sociales, de género. La discriminación alimenta el conflicto en lugar de resolverlo dentro de la sociedad, pero debemos decir que la discriminación puede llevar a la cohesión de grupos, incluso partidos políticos. El poder puede conducir a la tolerancia y por lo tanto a la paz civil, pero las propias reglas de la democracia abren la posibilidad del discurso de odio y, a partir del mismo, crear la necesaria confrontación, ya sea para asegurar la gobernabilidad de un grupo o la imposibilidad de gobernanza de los demás. La tolerancia es muchas veces sacrificada en el altar de la ideología. O en la moral práctica de los líderes que sintonizan sentimientos sociales de frustración o resentimiento.
Fuente: telam
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