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10/02/2026

Cuba no se decide en Díaz-Canel: el poder real es el modelo y su aparato de poder

Fuente: telam

El adversario real no es un hombre. Es un modelo: el socialismo de partido único, defendido y administrado por una élite que aprendió a sobrevivir a todo

>La conversación pública sobre Cuba tiene una debilidad recurrente: necesita un rostro para explicar un sistema. En tiempos de crisis, apagones, escasez, inflación, éxodo masivo, ese reflejo se intensifica y termina concentrando la indignación en Miguel Díaz-Canel, como si su salida fuese sinónimo de cambio. Es comprensible: los símbolos simplifican. Pero en Cuba esa simplificación funciona, con demasiada frecuencia, como una distracción conveniente.

La clave está en el diseño. El régimen cubano no se concibió para que el destino del país dependiera de una figura civil expuesta al desgaste. Se concibió para que la figura visible sea intercambiable, mientras lo esencial permanezca intacto: monopolio político, control social, represión selectiva y administración vertical de recursos. Por eso, cuando la opinión pública reduce Cuba a la pregunta «¿cuándo cae Díaz-Canel?», el castrismo respira aliviado: la conversación gira en torno a nombres, no a mecanismos.

Raúl, además, aparece cuando hace falta recordarlo. Su presencia pública en momentos específicos cumple una función que el régimen entiende perfectamente: reafirmar jerarquía, disciplinar filas, marcar límites. No es nostalgia; es control.

En ese perímetro de seguridad aparece otro elemento que muchos analistas mencionan de pasada: Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl y figura asociada al aparato de inteligencia. En democracias funcionales, que el hijo de un líder tenga influencia sería escándalo. En una dictadura de seguridad, es casi un método: la continuidad se blinda por dentro, lejos del foco público, en el lugar donde se decide qué se vigila, qué se neutraliza, qué se tolera y qué se aplasta.

Por eso GAESA no es un acrónimo técnico: es una clave para entender quién manda. Quien controla el turismo duro, las importaciones, las remesas, la infraestructura y los circuitos de moneda fuerte controla el oxígeno del país. Y el oxígeno, en Cuba, se administra. Se reparte. Se niega. Se usa para premiar obediencia y castigar disidencia.

Hoy, sin embargo, el castrismo enfrenta un enemigo que no se derrota con consignas: la pérdida de su benefactor. Durante décadas, la Unión Soviética sostuvo a la isla con subsidios que maquillaban la improductividad del modelo y mantenían a flote una economía que, sin respiración externa, mostraba su fragilidad.

En ese contexto, Cuba está en ruinas y el deterioro ya no es solo material, es humano. Décadas de control, dependencia inducida y castigo al mérito han producido un daño profundo: pérdida de capital humano, ruptura de confianza cívica, resignación, éxodo.

Aun así, hay una ventaja que el castrismo domina: la paciencia táctica. Dilatar, aguantar, estirar crisis, esperar cambios externos, especialmente en Washington, reciclar interlocuciones, buscar nuevas fuentes de financiamiento y volver a encender la máquina.

Por eso es urgente ajustar el foco. Criticar a Díaz-Canel es legítimo; convertirlo en el centro del tablero es un error. El verdadero adversario es el modelo socialista-militar que lo sostiene y los hombres que lo encarnan: Raúl Castro como titiritero principal, su entorno de seguridad, incluido su hijo, y la cúpula del Partido fusionada con el estamento militar-empresarial que controla la economía real. Lo demás son rostros y escenografía. El castrismo, en escenografía, siempre ha sido campeón.

Fuente: telam

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