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08/02/2026

¿Qué nombre le ponemos a la era histórica que estamos viviendo?

Fuente: telam

Creo que se ha impuesto la primacía de la geopolítica por sobre la economía, incluyendo la de mercado que predominó a partir de la caída del Muro de Berlín

>¿Cómo la llamaremos? En lo personal ya no tengo dudas de que está vinculada a la presencia o retorno de la geopolítica, nombre que, como tantas otras denominaciones, proviene del griego antiguo, combinando las palabras política y tierra. A pesar de carecer de una definición compartida por todos, se refiere a las relaciones de poder entre Estados, aplicándose también a las relaciones internacionales, y con indiferencia de la escala, se ocupa de las estrategias, preferentemente las que se relacionan con soberanía, territorios, intercambios económicos y posibles conflictos. En general, permite tomar decisiones utilizándose escenarios posibles para que la acción política pueda orientarse hacia futuros acontecimientos.

Creemos saber que en lo internacional estamos transitando por una etapa de desorden, no importando si es verdad o no, ya que así se percibe en forma generalizada y que las reglas del multilateralismo que predominaron por décadas están heridas de muerte, pero entonces ¿cómo llamar a la era que vivimos?

Muchos analistas identifican lo que ocurre con la persona de Donald Trump, aunque es inexacto, ya que no fue su creación ni le puso un nombre, toda vez que los elementos del derrumbe de la era anterior ya venían desde antes, como la muy visible irrelevancia e ineficiencia de la ONU. Además, Trump se encontró con un movimiento político que ya existía, que le dio el respaldo suficiente al cambio en EE. UU. y otros países de occidente, aunque no hay duda de que Trump le proporcionó sentido y dirección, exportando el movimiento MAGA a otros lugares.

Sin embargo, aunque ello ocurriera, más aún, aunque la Casa Blanca fracase, el mundo ya no va a ser el mismo, no va a ser igual aun si tampoco tenemos claridad en torno a lo que viene después. Al respecto, mi estimación es que mucho se mantendrá, ya que hay dos certidumbres, grandes como el Everest, que no se van a modificar, siendo la primera, la confrontación que marca este siglo XXI, “la lucha por la primacía entre China y EE. UU.”, y en la segunda todo indica que perdurará la permanencia de la geopolítica.

A nivel internacional, en esta confrontación por el predominio global, las grandes potencias representan más que un país al ser expresión de verdaderas civilizaciones, la confuciana en el caso de China y occidente en el caso de EE. UU., con un desarrollo histórico que tiene la triple confluencia de los principios judeocristianos, el aporte grecorromano y el legado de la ilustración. Rusia pugna por ser considerado como gran poder, pero solo lo es a nivel militar, siendo poco importante a nivel tecnológico y económico, aunque representa una continuidad geográfica y territorial en Europa y Asia, presente desde el zarismo a Putin, siendo la URSS la forma que adquirió bajo el comunismo el imperio zarista. A nivel mucho menor, Turquía bajo Erdogan busca igualmente ser más de lo que es, al reivindicar en esta nueva era una especie de neo-otomanismo buscando recobrar la pasada influencia del imperio otomano del que es sucesor.

Sin embargo, debemos enfatizar que la abundante nostalgia por la era que termina no siempre se justifica, ya que los indicadores de desgaste eran visibles para todos aquellos que quisieran verlos. Es así como el sistema establecido después de la segunda guerra mundial mostraba su deterioro por diferentes vías, partiendo por la pérdida de credibilidad estratégica de EE. UU. muy acentuada en la administración Biden, como también por el ascenso de China, reduciendo las distancias cada año, todos los años. En forma paralela, en varias democracias, se incrementaba la visibilidad de los perdedores de la globalización, incluyendo áreas y sectores de EE. UU.

Problemático y lleno de obstáculos se aprecia el futuro de áreas geográficas como áfrica o Iberoamérica y el Caribe que parecen carecer de lo que se llama inteligencia estratégica en su proceso de toma de decisiones, incluyendo a mi natal Chile que, por situaciones relacionadas con una dictadura del pasado, en pleno siglo XXI todavía se carece de un servicio de inteligencia digno de ese nombre en materias estratégicas de Estado, que no sean las militares.

La única recomendación posible es salir de la dependencia en Trump como único factor explicativo, ya que perjudica no entender la profundidad de los cambios que están teniendo lugar, al criticarlo más por la estridencia y agresividad de algunas de sus opiniones que por los cambios que impulsa.

Es así como en el día de hoy, en Ucrania y el Medio Oriente no hay otras propuestas de paz que las suyas, sobre todo, en Gaza. EE. UU. ha vuelto a ser la potencia indispensable, siendo una dificultad la falta de buenas biografías o de estudios mínimamente objetivos sobre lo que está pasando, “influyendo también la incapacidad del gobierno de Trump para explicar lo que intenta hacer.”

Mi recomendación sería recurrir a lo poco que tenemos a mano, de partida, el libro El arte de la negociación escrito a cuatro manos con un periodista y, sobre todo, la muy importante “Estrategia 2025 de Seguridad Nacional” (y su subproducto para la Estrategia de Defensa), donde por vez primera se le aporta un contexto a lo que EE. UU. está haciendo. Considero que debieran ser de lectura obligatoria para todos quienes toman decisiones, no solo en el Medio Oriente o China, sino también a todo nivel, ya que en Chile fue notorio que Kast no tomó una buena decisión al nombrar futuros ministros de RR. EE. y Defensa, a dos personas de gran trayectoria, pero que parecían más adecuadas para el perfil promercado que predominó en los 90 que al actual, donde las decisiones de las grandes potencias están marcadas por la geopolítica.

Por lo menos de aquí al 2028, o hasta que exista un consenso de política exterior en EE. UU., no tengo dudas de tres cosas, primero, predominan las decisiones geopolíticas, segundo, que lo que ocurre en lugares como el Medio Oriente o Ucrania coincide hoy con el hecho indiscutido, que el orden surgido después de 1945 se está desintegrando frente a nuestros ojos, y tercero, la existencia de un cambio de la magnitud de la IA o inteligencia artificial, todo tanto para el bien como para el mal, como también con un impacto que se sentirá arriba y abajo, tanto en aquellas potencias que logren conducir este proceso como también en aquellos países y regiones cuya marginalidad será creciente.

“Lo que hoy ocurre no es a ese nivel, al menos no todavía, pero es de hecho comparable con el cambio que transcurre entre la caída del Muro de Berlín (9-XI-1989) y la disolución de la URSS (26-XII-1991). Me atrevería a decir que lo de ahora es aún más importante, ya que por espectacular que haya sido en lo político el fin del comunismo, los fundamentos del orden económico no fueron entonces cuestionados, sino que países de Europa del Este y algunos que habían sido parte del imperio soviético terminaron integrándose a la Unión Europea y a la OTAN.”

Este cambio fue motivado por algo que precede a Trump, quien, sin embargo, lo transforma en decisión política al más alto nivel, cual lo es la convicción de que para confrontar el ascenso de China se necesitaban profundas adecuaciones internas e internacionales, tanto en lo económico como en lo político, es decir, geopolítica pura, bastando ver como los aranceles son usados para premiar o castigar, es decir decisiones sin relación con lo económico. En todo caso, en lo económico, los aranceles son un instrumento que busca modificar las reglas multilaterales a través de decisiones y/o negociaciones donde predomine el peso de EE. UU. En el nivel político, somos testigos de una modificación profunda de la alianza atlántica como también del orden multilateral, siendo la novedad, que no solo se arremete contra adversarios sino también se hace contra vecinos y amigos.

Esta negociación entre China y EE. UU., la primera de igual a igual, marca una diferencia con el periodo de predominio de Washington posterior al fin de la URSS. Sin embargo, no es lo único, ya que del mismo modo Groenlandia también marca una diferencia, ya que, aludiendo a criterios geopolíticos, se rechaza una soberanía danesa que provenía de la época colonial, al haber sido incorporada esa isla gigantesca a ese reino por el simple expediente de haber llegado a esas latitudes, tal como era habitual para los europeos en los siglos XVIII y XIX, lo cual tampoco debiera ser motivo de orgullo.

Aunque Xi no lo ha dicho públicamente, estoy convencido de que China ya se ha autoimpuesto una fecha para reemplazar a EE. UU. como la superpotencia del siglo XXI, el 1 de octubre de 2049, día emblemático en que se cumple el centenario de la República Popular China creada por Mao Zedong, hoy, una China nacionalista donde predomina Confucio sobre Marx.

Creo en la necesidad de entender la profundidad de los cambios que se están intentando, para lo cual es imprescindible abandonar el criterio de barra deportiva con la cual se aplaude o, más habitual, se critica a Trump, por ser la cara visible. Muchos cambios van a permanecer, aunque los republicanos no sigan en el gobierno, en la misma forma como la política de Derechos Humanos sobrevivió al gobierno de Carter, y no solo le dieron un Premio Nobel, sino que fue su legado ante la historia.

Es un mundo donde suben nuevos actores (India) y bajan otros (Europa), y donde en contraste con la globalización hemos vuelto a las esferas de influencia, y en sustitución de las cadenas de suministro y producción, se busca que esos factores se acerquen al lugar geográfico inicial de las empresas, idealmente al territorio nacional. Para tal objetivo, los problemas geopolíticos son menores que en cambios similares del pasado. Sin embargo, nos sentimos inseguros porque no sabemos cuál es el puerto de destino. Al respecto, todavía sigue vigente la recomendación de los griegos para todo líder político, que la nave del Estado debe ser conducida por el timonel a buen puerto, tanto en mar calmo como en tempestad, y con Trump predomina lo segundo sobre lo primero, a lo que contribuye su forma de decir las cosas, aunque ello permite que con rapidez se logre que sus temas se impongan, ya que todos terminan opinando con relación a lo por él dicho.

Ocho décadas después, EE. UU. intenta el reemplazo de las reglas aparecidas en 1945, lo que con cierta probabilidad no solo puede tener éxito sino también perdurar, aunque sin Trump, es posible que se pierda impulso, si es que el nuevo esquema no se convierte en leyes ni existe continuidad bipartidista en el Congreso. Por lo anterior, la recuperación del consenso y de la unidad de propósitos, es imprescindible para confrontar a un rival como China, que a su favor posee un poder económico que nunca tuvo la URSS.

Máster y PhD en Ciencia Política (U. de Essex), Licenciado en Derecho (U. de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)

Fuente: telam

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