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06/02/2026

“Me casé con el único hombre que sabía mi peor verdad”

Fuente: telam

Su hermana se había casado “de apuro” tiempo antes. Sabía el infierno que le esperaba si repetía esa historia. Un aborto le parecía imposible. Los quince años que sintió estar muerta en vida y el día que aprendió a vivir sin odiarse

>“A veces, sobrevivir ya es un acto de heroísmo”.

¿Cómo iba a terminar bien nuestro matrimonio? No había ninguna posibilidad.

Yo había sido testigo privilegiada de la catástrofe familiar que significaba un embarazo no deseado. A mi hermana mayor le había pasado y fue una hecatombe. ¡Lo que no le dijo mamá a mi hermana! Puta de mierda, desgraciada, me cagaste la vida, y varias barbaridades más. Con apenas diecisiete años ella resistió como pudo. Después, cuando nació su bebé, la aceptaron, pero los meses previos fueron el infierno. La vergüenza de que su hija adolescente tuviera que casarse de apuro se imponía a todo.

Por eso, cuando a los diecinueve vi las dos rayitas y supe que mi test era positivo, se me vino el mundo abajo. ¿Qué iba hacer? No tenía la menor chance de revivir lo que había pasado mi hermana, pero ella había podido enfrentarlo, ¿y yo? Un aborto me parecía imposible porque para mí eso era simplemente un homicidio. Ganarme el castigo eterno, resolver un problema grande generando uno mayor.

Después de unas semanas de parálisis, sin hacer nada más que desear un aborto natural, no tuve más remedio que enfrentar la realidad y hacerme cargo de las alternativas.

El médico transmitía mucha seguridad profesional, pero no parecía sentir la menor empatía o compasión por nosotros. Nos dijo que volviéramos en cuarenta y ocho horas con dos mil dólares. Ese era el precio en los tiempos en que el procedimiento todavía era ilegal.

A los dos días volvimos. Yo temblaba. Sabía que estaba ganándome el infierno. Aquel acto me ponía irreversiblemente del lado incorrecto de la vida.

Todavía hay tiempo, dos semanas más. Pídanles a amigos y vuelvan cuando hayan juntado lo que falta.

Ese mismo día empecé a vivir en mi propio infierno. No podía dormir. Sentía que la gente me miraba por la calle o cuando hacía las compras, como si todos supieran que yo era una asesina. Había matado a un ser indefenso y eso era imperdonable. Y estaba condenada a vivir todo eso en el aislamiento más absoluto. ¿A quién iba a contarle la atrocidad que había cometido?

La culpa que sentía era infinita. No tenía perdón y este era mi castigo: cargar sola con ese peso descomunal.

No pasó mucho tiempo antes de volver a salir con algunos chicos. Con uno incluso me enganché. Era cariñoso, tenía una buena familia, estudiaba, trabajaba. En síntesis, era un buen partido.

La relación avanzaba, pero yo me sentía cada vez peor. Me resultaba imposible conectar con él, mostrarme de verdad, sentirme cómoda, porque no podía confesarle lo que había hecho. Descontaba que si se lo decía iba a mirarme con horror y salir corriendo. Porque ¿quién querría quedarse con una mujer como yo? Mejor seguir ocultando todo y escondiéndome. Seguir actuando. Hacer como que el aborto no había ocurrido. No tenía margen para otra cosa.

Después de muchísimas noches sin dormir y de infinidad de mentiras para mantener mi fachada de normalidad, se me ocurrió una jugada salvadora: volver con Mario. Mi cómplice en el asesinato. El único que conocía mi peor cara. Él era mi puerta de salida de este tortuoso aislamiento emocional que me había generado abortar.

Todo iba como yo había planeado. Solo nosotros conocíamos nuestro secreto, pero solo a mí me angustiaba.

Al revés de lo que esperaba, tener un bebé no mejoró nuestra vida. El vínculo con Mario empezó a cambiar. Yo vivía ausente, el dolor me destrozaba por dentro. No hablábamos de nada importante. Las discusiones se convirtieron en una costumbre de todos los días. Él empezó a tener ataques de ira. Nuestro desencuentro era cada vez más insalvable.

En lugar de volvernos una familia tipo, nos convertimos en un agujero negro. Y como si eso no fuese suficiente, mientras estaba amamantando a nuestro segundo hijo, volví a quedar embarazada. Entonces Mario dijo las palabras que para mí exponían el abismo que nos separaba: “¿Y si no lo tenemos?”.

El nacimiento de nuestro tercer hijo terminó de hundirnos. La distancia entre nosotros se volvió total y absoluta. Yo me refugié en la vida de los chicos y en la imagen de familia Ingalls que proyectábamos. Él se puso definitivamente violento, como si lo hubiese condenado a cadena perpetua.

Cuando salí tres meses después, Mario me anunció que se iba de casa. Me dejaba para volver con aquella novia de quien yo lo había separado. ¿Sería ella el amor de su vida o simplemente necesitaba vivir algo que le había quedado pendiente?

En ese momento decidí contarle todo a mi hermana. No podía soportar una mentira más. Me abrazó fuerte, sus ojos estaban llenos de lágrimas. Nadie más podía intuir todo lo que yo había pasado.

La vida me zamarreó de un lado al otro pero acá estoy. No me curé, no me olvidé, no me convertí en ejemplo de nada. Aprendí a vivir sin odiarme. A ver mi vida sin bajar la cabeza, porque solo con compasión puedo mirarla de frente.

***

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.

Fuente: telam

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