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05/02/2026

La increíble historia de François Chiappe, el criminal y capo de la mafia corsa que terminó sus días en un geriátrico de Córdoba

Fuente: telam

Traficó drogas, mujeres, armas. Fue torturador en Argelia, miembro de un grupo parapolicial allí y en Francia. Usó a la Argentina como punto clave en la ruta narco, participó en un robo millonario al Banco Nación. Fue sicario, estuvo preso en Devoto y escapó entre los presos políticos liberados por Cámpora. Colaboró con López Rega y la Triple A y vivió tranquilo hasta que la dictadura de 1976 lo entregó a la Justicia norteamericana. El prontuario de un peso pesado que terminó su vida en el que, decía, era su lugar en el mundo

>Traficó drogas en tres continentes: hachís, cocaína, opio, lo que fuese negocio y diera millones; también fue un mercader de mujeres, de armas y de dinero pulido y lavado; fue legionario, torturador en Argelia en los años en los que ese país intentaba desalojar a Francia de sus tierras; integró un grupo criminal ultrasecreto y de ultraderecha, Organization de l’Armee Secrete (OAS) (Organización Secreta del Ejército), que fue una fuerza parapolicial en Argelia y en Francia y hasta, envalentonada por parte de la jerarquía militar francesa, intentó asesinar al entonces presidente francés, general Charles De Gaulle, que estaba empeñado en otorgarle la independencia a Argelia.

En 1972 cayó preso en Buenos Aires por intentar meter en el país cuarenta y seis kilos de heroína destinada a Estados Unidos, que pidió su extradición: no llegaron a concretarla porque la noche el 25 de mayo de 1973, François Chiappe —que de él es este prontuario agotador— salió caminando como un duque de la cárcel de Devoto, junto a los presos políticos de la dictadura militar que acababa de caer, presos que no esperaron la amnistía que iba a dictar el flamante Congreso de la flamante democracia recuperada, encabezada por el también flamante, y efímero, presidente Héctor J. Cámpora. Después llegó a vender sus malas artes al Gobierno de Isabel Perón, apañado por José López Rega, un criminal devenido en poderoso ministro de aquel gabinete del peronismo.

Jamás dijo nada. Lo calló todo y se lo llevó a la tumba. Lo que no calló, lo mintió; y lo que no mintió, lo inventó. Fabricó un mito alrededor de su vida, de sus andanzas, de sus compinches, de sus contactos y de los poderosos que le tendieron una mano, y algo más que una mano, en momentos de peligro: hizo una ley de la omertá, el código siciliano que exige silencio a cualquier precio. Fue un “capo mafia” perfecto. Tanto, que hace medio siglo una película se inspiró en él para anticipar el drama de la droga que se cernía, como un fantasma, sobre Europa y América: French Connection (Contacto en Francia), dirigida por John Frankenheimer y protagonizada por Gene Hackman —en un papel antológico como el detective Popeye Doyle— y el español Fernando Rey —una máscara inolvidable— como el traficante imposible de vencer que vendía entre Marsella, América y Estados Unidos. Se supone que era Chiappe.

François Chiappe había nacido en Córcega, como Napoleón y se acaban las coincidencias, en una aldea llamada Carau, el 15 de mayo de 1920. Tenía diecinueve años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y fue alistado para luchar contra los alemanes. Aunque resulte curioso, Chiappe ya sentía simpatías por el nazismo por lo que tal vez haya sido confidente de la Gestapo después de su baja del Ejército, en 1943. Fue a vivir a Marsella, donde por canales libres corría la droga que llegaba de Oriente, elaborada o a elaborar. Se unió al clan de los hermanos Antoine y Barthélemy Guerini, los padrinos del tráfico de heroína. Algunas fuentes biográficas lo ubican en la Legión Extranjera, acusado de actuar con brutalidad en los territorios coloniales de Francia. Pero Chiappe negó haber sido legionario “porque no soy un mercenario”. Los mafiosos también tienen su código de honor.

En Marsella, Chiappe integró las bandas de matones que apaleaban a los huelguistas portuarios que se oponían a enviar más armas y pertrechos de guerra a Indochina, que después de 1954 y de la derrota francesa sería Vietnam. Una gran historia sobre Chiappe fue escrita por Osvaldo Aguirre, La conexión Latina, que documenta que el mafioso corso llegó a la Argentina en marzo de 1965. No era un chico, ni un improvisado: tenía cuarenta y cinco años, había dirigido su propia banda corsa de mafiosos, “La Piedra Fuerte”, se había ganado los apodos de “Marcel El Corso” y “Labios Gruesos”, porque los tenía, y escapaba de la Justicia francesa que lo buscaba por asesinato y por otros delitos menos graves. De haberlo capturado, Francia le habría pedido detalles de su participación en la OAS y de los atentados contra De Gaulle —uno estuvo a punto de tener éxito— previos todos a los acuerdos de Evian que en 1961 dieron la independencia a Argelia.

Chiappe llegó a Buenos Aires en el barco “Provence”, la leyenda dice que como polizón pero eso parece difícil, y con un pasaporte italiano falso a nombre de Silvio Bianchi. Tiempo después admitió su identidad y se definió como un “perseguido” por Francia por su actuación política y militar. Aguirre dice en su libro que Chiappe alquiló un departamento en French y Larrea, en el Barrio Norte, intensificó su estudio del español y se unió a la diáspora de la mafia corsa. Uno de los sitios de reunión de aquellos nostálgicos de la OAS, era el restaurante de la Unión Francesa de Ex Combatientes, que se alzaba en Santiago del Estero al 1400, en el barrio de Constitución.

El 19 de abril de 1968 cuatro delincuentes tomaron por asalto la sucursal Boedo del Banco Nación y se alzaron con una fortuna: sesenta y ocho millones de pesos. Algunos testigos, que no hubo muchos, los oyeron hablar en francés. Aquel fue un caso extraño. Se trató de un robo tan limpio y preciso, tan exacto y calculado, que se sospechó siempre de la infidencia de un entregador. La hipótesis cobró fuerza cuando, días después del asalto, se suicidó Miguel Oscar López, una especie de cuidador, sereno o casero y portero de la entidad, que vivía en el edificio del banco, en Independencia y Boedo. La policía, que debía tener a los corsos en la mira, supo de la charla en francés en medio del asalto y a la semana detuvo a Chiappe y a Lucien Sarti, que ganaron súbita fama, súbita y no deseada.

El peor castigo que cayó sobre Chiappe fue que su figura se hizo célebre. Con fuentes en la Policía y en los Tribunales, los diarios de Buenos Aires empezaron a publicar su pasado, y presente, vinculado al tráfico de drogas y a la prostitución. Los hilos se extendieron hacia su pasado en la OAS y su dudoso alistamiento en la Legión Extranjera. Algunas canastas se sacudieron en el exterior, en Francia y en Bélgica en especial, donde las cabezas de Chiappe y de Sarti, tenían precio. Chiappe tuvo suerte. La muerte del general De Gaulle, el 9 de noviembre de 1970, derivó en una serie de indultos que le achicaron la deuda judicial en Francia.

La suerte jugó a su favor otra vez. El 25 de mayo de 1973, ocho meses después de su detención, asumió la presidencia Héctor J. Cámpora: la democracia había sido recuperada en el país, otra vez, después de siete años de la dictadura militar que se había definido como Revolución Argentina. La noche de la asunción de Cámpora, una multitud marchó a la cárcel de Devoto para exigir la liberación de los presos políticos de aquella dictadura. Al mismo tiempo, en el Congreso y en una sesión nocturna y de emergencia, se debatía la Ley de Amnistía que los iba a dejar libres.

No hubo tiempo de esperar la votación en el Congreso: la multitud amenazaba entrar por la fuerza a la cárcel, un delirio que con seguridad iba a terminar en una masacre. Una gestión encabezada por el entonces secretario general del Partido Justicialista, Juan Manuel Abal Medina, llevó al flamante Gobierno de Cámpora a su primera crisis: desde la Casa Rosada fue ordenada la liberación de todos los presos políticos. La Ley llegaría después con los nombres y apellidos de los presos a ser liberados. Aquellas dramáticas horas fueron recordadas por el propio Abal Medina en un reportaje que concedió a Infobae en julio de 2024.

En esos instantes febriles y peligrosos, en el interior del penal de Devoto los presos de cada sector de la guerrilla, el peronismo de Montoneros, el trotskismo del ERP, y los de otras organizaciones armadas más chicas, habían preparado ya una especie de comité carcelario para negociar la libertad, ante unas autoridades que ya parecían controlar nada. Un fantástico artículo de los periodistas Eduardo Anguita y Daniel Cecchini, que Infobae publicó en mayo de 2018, reveló que Chiappe se acercó al delegado de los presos del ERP, Pedro Cazes Camarero, tal vez sin saber quién era —aunque nunca se sabe— para confiarle que su vida en prisión transcurría diferente a la de los demás presos, en un pabellón más chico, con derecho a más visitas, televisión y mejor comida. También le dijo que pronto, él estaría en libertad. El delegado del ERP no pensó que sería esa misma noche.

En su libro sobre Chiappe, La conexión Latina, Aguirre afirma que Chiappe no figuraba en la lista de presos a ser liberados que había armado el ministerio del Interior y sería aprobada por el Congreso en su Ley de Amnistía. Pero sí aparecía en otra lista de liberados, preparada por el Servicio Penitenciario Federal.

Osvaldo Aguirre afirma que se sospecha que Chiappe anduvo por el palco alzado en el Puente 12, vecino a Ezeiza, el 20 de junio de 1973, día del regreso definitivo de Perón al país y de la batalla campal entre fracciones del peronismo que terminó en lo que se conoce como “Masacre de Ezeiza”. Las versiones tienen amparo en una referencia hecha en la revista El Descamisado, vinculada a la guerrilla peronista Montoneros, que lo ubica junto a los grupos parapoliciales liderados por el coronel retirado Jorge Osinde, el hombre al que Perón había encargado la seguridad del acto masivo que le daría la bienvenida.

Con lazos con López Rega o sin ellos, Chiappe vivió tranquilo, dentro de lo que cabía, en aquellos años violentos de la Argentina. Se radicó en Córdoba, en La Falda, donde ya vivían su mujer y su hija. Esa paz se acabó después del golpe militar del 24 de marzo de 1976 que barrió con el Gobierno peronista. El entonces hombre fuerte de Córdoba, Luciano Benjamín Menéndez, el general que comandaba el Cuerpo de Ejército III, lo secuestró, lo internó en el campo de concentración “La Perla”, en los terrenos de ese cuerpo de Ejército, lo envió a Buenos Aires envuelto en un chaleco de fuerza y con los ojos vendados, allí lo encerraron en otro centro clandestino de detención por diez días, lo metieron en otro avión y le avisaron que quedaba en manos de la Justicia de Estados Unidos. Aquellos centuriones no conocían los códigos de la mafia, tenían los propios.

En 1995, a sus setenta y cinco años, volvió a la Argentina y a La Falda —decía que era su lugar en el mundo— con una visa de turista: toda su documentación había sido saqueada y acaso destruida por los militares en 1976. Se quedó más allá del plazo que le fijaba la visa, lo pescaron y empezó una batalla legal que iba a durar cuatro años, casi al borde del siglo XXI fue expulsado del país. Chiappe tenía el don de la insistencia. Unos meses después de su expulsión volvió a entrar al país y a vivir en La Falda, rodeado por su familia y sus vecinos que siempre lo vieron como un viejito encantador y bondadoso. Cómo consiguió regresar, si lo hizo en forma legal o clandestina, quién lo ayudó, quiénes hicieron la vista gordísima y lo ampararon en sus últimos años, es uno de los tantos secretos que se llevó a la tumba. Contactos no le faltaban, gente que le debía favores, tampoco.

Por supuesto, su muerte se conoció recién dos meses después, el 9 de abril.

Fuente: telam

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