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05/02/2026

“Las que moran en las sombras“: cuatro olvidadas autoras argentinas muestran que el monstruo es la realidad

Fuente: telam

Ever Oroná acaba de compilar un libro editado por Minotauro que reúne relatos de escritoras que exploran facetas del terror y lo siniestro: Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla, Ada María Elflein y Raimunda Torres y Quiroga. Infobae Cultura reproduce el prólogo de la obra

>El libro Las que moran en las sombras, compilado por el docente Ever Oroná y editado por el sello Minotauro, reúne relatos de diversas autoras que exploran facetas del terror y lo siniestro. Dentro de este volumen, la selección ofrece una mirada al vínculo entre lo gótico, lo ancestral y la construcción de monstruosidad en la literatura escrita por mujeres.

En el conjunto de historias seleccionadas, lo monstruoso y la real se confunden, destacándose la frase: “El monstruo es la realidad”. A continuación, el prólogo, a cargo de Oroná.

Por Ever Oroná

No conocía a ninguna de las mujeres que habitan las páginas de este libro. Nunca había escuchado sus nombres. No aparecían en los manuales de primaria. En la secundaria, jamás se mencionaron sus obras. En el profesorado nadie hablaba de ellas ni de sus libros. Si se trataba el tema de la literatura argentina del siglo XIX, leíamos a José Hernández, a Esteban Echeverría. También, por supuesto, se mencionaba a José Mármol, a Estanislao del Campo. Se remarcaba que el propio Sarmiento, «padre del aula» y, por tanto, de la educación, era el autor de Facundo y Recuerdos de provincia, entre otros títulos renombrados de las letras del suelo nacional. Me formé con la idea de que la Argentina del siglo XIX demandaba dos condiciones para ser escritor: trabajar el género realista y ser varón.

Incluso Esteban Echeverría publica, antes de su emblemático El matadero, la obra gótico-fantástica Elvira o la novia del Plata, hoy condenada por muchos al ostracismo del canon. La literatura del primer siglo de la patria, la que perdura como emblema histórico-cultural de nuestro país es la mimética.

En la literatura del siglo XIX escrita y producida por mujeres, la descalificación masculina, la estigmatización por lo romántico en términos amorosos, la falta de posibilidades para la formación académica y la maternidad vinculada como un elemento indisoluble a lo femenino, son factores que se yuxtaponen a la dicotomía de lo fantástico/realista.

A pesar de contar con el apoyo de Domingo Faustino Sarmiento, la figura política de la época que más se ocupó y preocupó en acortar la brecha que alejaba a las mujeres del campo en cuestión, la historia y el canon literario no mostraron respeto ni consideración con el trabajo de estas escritoras. Pasaron del cuestionamiento a una aceptación recategorizada: existía la literatura, la verdadera, la realista, la de los hombres, y otra, la menor, la de los géneros populares, la literatura femenina.

Una de las figuras indiscutidas de la primera mitad del siglo XX es la de Alfonsina Storni. Cristina Peri Rossi solía compartir una anécdota en la que contaba cómo le explicaba un varón de su familia, a través de la figura de Alfonsina, la idea de la mujer loca que escribe y se quita la vida por amor. ¿Cuántos conocimos a Alfonsina por la canción que (de alguna manera) fagocita esta teoría? ¿Cuántos la conocimos por su extensa obra en prosa, por sus obras de teatro, por su labor en el campo feminista?

Y si de las Ocampo hablamos, otra vez aparece el tío de Cristina Peri Rossi mencionando a Alejandra Pizarnik como esa otra prueba tangible de que la conjunción mujeres-literatura nunca llega a buen puerto.

La crítica tomaba la posición de señalarlas como las más vendidas, las autoras best seller, entendiendo por esto que carecían del reconocimiento académico del que gozaban los escritores varones que vendían porque eran buenos, porque hacían literatura de verdad, de la pura, literatura y punto.

El presente escenario de la literatura local se caracteriza por el protagonismo (nunca visto en la región) de escritoras mujeres que cuentan con el prestigio y el reconocimiento de la crítica nacional e internacional. Y a pesar de que todavía algunos insisten en hablar de un boom literario de mujeres o de movimientos literarios que las agrupen como una misma cosa, la alienación resulta imposible, son demasiadas, trabajan en varios registros, temáticas, géneros y estilos desde distintos espacios.

Juana Manuela Gorriti aparece trazando un mapa de regiones perdidas. Su figura se presenta como una prueba viva de la omisión y el olvido, como la resolución de que el tío de Cristina Peri Rossi estaba equivocado.

Juana Manuela Gorriti fue la punta del iceberg, la matrioska que dio lugar a la búsqueda y aparición de todas las demás. En el siglo XIX surgieron un gran número de escritoras que trabajaron la palabra y que el canon decidió olvidar.

No son un número exacto, la lista no termina en la reciente enumeración. La matrioska literaria de escritoras argentinas del siglo XIX es infinita.

El terror del siglo XIX tiene rostro de mujer demonio, de súcubo, de Willi. Juana Manuela Gorriti es lo gótico, lo andino, lo ancestral. Su literatura evoca la magia de un chamán que cuenta en su lengua la historia yacida en las grietas de una colonización blanca. Eduarda Mansilla plantea el conflicto, escribe ciento cincuenta años atrás y pregunta ¿qué son los géneros? ¿cuáles son los límites? La prosa de la heredera rosista desborda los márgenes del fantástico, recorre sinuosa los caminos de la ciencia ficción.

Las cuatro protagonistas de esta antología toman la palabra. No es casualidad que lo hagan en este símbolo de la literatura popular que es Minotauro, la casa argentina de la fantasía.

Fuente: telam

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