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04/02/2026

Marcel Proust, ¿psicoanalista?: los celos, Albertina y la búsqueda interminable de la verdad

Fuente: telam

Entre pasiones obsesivas y teorías rivales, el novelista francés redefine la experiencia amorosa. Una exploración sobre emociones contradictorias, rivalidades intelectuales y el afán inagotable de desentrañar lo oculto a partir de “En busca del tiempo perdido”

>Que Marcel Proust puede ser un psicólogo clínico riguroso para la elaboración del síntoma de los celos es algo que el propio novelista confirma cuando sostiene una afirmación como la siguiente, en la que reconoce la variedad clínica del fenómeno:

En busca del tiempo perdido ha pasado a la historia de la literatura universal, entre otros motivos, por su compleja teoría de los celos. Al respecto, Harold Bloom, en su libro El canon occidental (1994), formula una indicación metodológica que vale como punto de partida:

Freud nunca leyó a Proust. Sin embargo, en 1920 Freud publicó el caso de una muchacha que disfrutaba de mostrarse junto a otra mujer, una cocotte mayor que ella, a la que seduce ante la mirada furibunda del padre. En ese mismo año, Proust escribe un pasaje de En busca del tiempo perdido, en el que la hermana de Bloch sale con una actriz mayor: “Ser vistas les parecía que aumentaba la perversidad de su placer, querían hacer bañar sus peligrosos retozos en las miradas de todos”.

Asimismo, cabría recordar que la obra proustiana ha sido objeto de análisis desde distintas perspectivas próximas del psicoanálisis, con estudios más cercanos a la lingüística, pero también con el interés específico de psicoanalistas abocados a una interpretación de la obra (por ejemplo, El tiempo sensible de Julia Kristeva).

Incluso, en la enseñanza de Jacques Lacan —que sí leyó a Proust— pueden encontrarse referencias ocasionales a la erótica proustiana:

“Recuerden ustedes el prodigioso análisis de la homosexualidad que desarrolla Proust en el mito de Albertina. Poco importa que este personaje sea femenino, la estructura de la relación es eminentemente homosexual. La exigencia de este estilo de deseo solo puede satisfacerse en una captura inagotable del deseo del otro, perseguido hasta en sus sueños por los sueños del sujeto.”

Una segunda mención del nombre de Proust en la obra de Lacan se encuentra en su artículo “Juventud de Gide” (1958), donde cabe trazar una comparación sobre la función diferencial del deseo en ambos escritores:

Si el caso de Gide tiene el propósito de esclarecer el carácter fijo de la constitución del deseo, articulado a su condición fetichista —esta es la hipótesis de Catherine Millot en su libro La vocación del escritor—, la obra de Proust podría iluminar otra condición que lo motivaría: los celos.

En busca del tiempo perdido es un tratado exquisito acerca de los movimientos y transformaciones que puede sufrir el deseo en el curso de una vida. El motor de este deseo se encuentra en la experiencia del celoso.

No obstante, los celos distan de ser algo unívoco en la obra de Proust. Así, por ejemplo, se podría considerar un cierto tipo de celos en los que aquejan a Saint-Loup respecto de Rachel, desarrollados en la primera sección de La parte de Guermantes (1921-22), y que podrían ser reconducidos al modelo freudiano de los celos en que el celoso acusa recibo de su propia infidelidad (potencial o efectiva) a través de entreverla en los gestos de su amada.

“Ahora bien, a veces le parecía a ella que Robert había tenido tan buen gusto en sus sospechas, que acababa incluso dejando de pincharlo para que se tranquilizara y consintiera en ir a hacer un recado a fin de disponer de tiempo para trabar conversación con el desconocido, fijar una cita, a veces tener una aventura incluso.”

Cuando ella advierte que su deseo tiene alguna pertinencia, acepta la apuesta y se permite actuar esa suposición de goce en la cual podría no ser lo que ella sabe de sí. De este modo, puede notarse cómo los celos organizan la vida amorosa de ambos personajes y el drama del deseo que los une.

“Resulta asombrosa la poca imaginación de los celos, que pasan el tiempo haciendo suposiciones falsas, cuando de lo que se trata es de descubrir la verdad.”

“… no me bastaba con conocer dicha falta, me habría gustado que ella lo supiera. Por eso, si bien en aquellos momentos lamentaba que no volvería a verla, esa pena llevaba la marca de mis celos y, por ser muy diferente de la –desgarradora– de los momentos en que la amaba, era la de no poder decirle lo siguiente: ‘Tú creías que no me enteraría nunca de lo que hiciste […] pero, mira, lo sé todo.”

Eso es lo que el protagonista quiere alcanzar, el goce femenino a través del saber. He aquí, entonces, el punto de imposibilidad en que sucumben los celos. El psicoanalista Serge André ha destacado con precisión este imposible que los celos buscan desmentir con el deseo de saber:

Esta división del goce remite a la condición básica del celoso: “él (ella) cree en la consistencia de lo que le es ocultado, él (ella) se cree despojado de un deseo desconocido, de un goce inaudito que él (ella) supone en su partenaire o en su rival”. En última instancia, los tipos de celos que aquí describimos apuntan a aprehender –con el saber, como herramienta fallida– eso que, supuestamente, una mujer experimenta… y, luego, calla.

En este punto, la confesión es un dispositivo que necesita de la mentira; o, mejor dicho, la confesión es un dispositivo acerca del saber de la mentira:

En la observación proustiana “mira, lo sé todo” cabe apreciar un rasgo suplementario: la articulación del deseo de saber con la mirada. El celoso es aquel que quisiera “verlo todo”. En esta coyuntura, saber y visión coinciden. El “deseo de saber” que acicatea al celoso se especifica como un deseo de ver; o, dicho de otro modo, los celos están al servicio de impulsar un deseo escópico. Nuevamente la obra de Proust es ejemplar para dar cuenta de este aspecto:

De esta última referencia pueden desprenderse dos indicaciones: por un lado, que el celoso sostiene el afán de ver todo… pero a condición de no confirmar su acto. De ahí que sus objetos predilectos sean las pistas, las sugerencias y todos los signos que velan aquello que podría confirmar el engaño. En todo caso, el celoso es el principal suscriptor del engaño mismo, que encubre la verdad que prefiere permanezca como invisible. De este modo, la invisibilidad es condición del mundo visible (un gesto, una sonrisa que parece dedicada a otro, etc.) en que el celoso se satisface.

“No tenemos de nuestro propio cuerpo, al que afluyen perpetuamente tantos malestares y placeres, una silueta tan nítida como la de un árbol o una casa o un transeúnte y tal vez mi error [el extravío de los celos] había consistido en no haber intentado conocer mejor a Albertina en sí misma.”

Por otro lado, el celoso no solo es quien desea ver todo, sino que articula este deseo a las condiciones de su propia forma de desear.

Fuente: telam

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