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02/02/2026

“Vaya adelante con la reconciliación”: la noche en la que la Iglesia avaló los indultos de Menem a Videla y Firmenich

Fuente: telam

“He pensado en tomar la decisión de hacer un indulto a todos, a militares y a civiles. Pero yo no tomo esa decisión si no hablo con usted. Me interesa muchísimo la opinión de la Iglesia”, le dijo el presidente al cardenal Raúl Francisco Primatesta. Un extracto del nuevo libro “Pax menemista” y la cocina de un hecho que marcó a la historia argentina

>El presidente Carlos Saúl Menem entró muy contento a la casa de la calle Domingo Repetto, en Martínez, a unas treinta cuadras de la residencia de Olivos, y saludó a la robusta persona de sotana que acababa de levantarse de un sillón: el cardenal Raúl Francisco Primatesta, arzobispo de Córdoba desde hacía veinticuatro años y, lejos, el hombre más poderoso de la Iglesia Católica.

—En orsay, eh.

Las risas cómplices contagiaron previsiblemente al anfitrión, Hugo Franco, un habilidoso hombre de negocios que era el operador de Primatesta en las cuestiones más terrenales de la política y los números de la diócesis cordobesa, de la cual era el apoderado.

Pero la chanza le servía a Menem para romper el hielo con una figura a la que consideraba clave en una cruzada que debía desembocar en los indultos masivos a militares y guerrilleros, y que a esa altura era bastante solitaria porque provocaba reparos y críticas no solo en la oposición y los organismos de derechos humanos sino también en el peronismo y hasta dentro de su propio gobierno.

Era la noche del jueves 14 de septiembre de 1989. Menem estaba exultante porque la inflación comenzaba a aflojar: en agosto había sido del 37,9 por ciento; una cifra enorme, pero bastante menor que el 114,5 por ciento de junio y el 196,6 por ciento de julio.

Había asumido el 8 de julio con apenas 100 millones de dólares de reservas en el Banco Central y seis meses antes de lo previsto debido al derrumbe del gobierno del radical Raúl Alfonsín, implosionado por un coctel mortal que en los últimos dos años mezcló las tres rebeliones de los militares “carapintadas”; el cruento ataque terrorista al cuartel de La Tablada, en el conurbano bonaerense, protagonizado por herederos alucinados de los guerrilleros setentistas; la hiperinflación, y los saqueos a comercios y supermercados.

Había ganado cómodamente las elecciones del 14 de mayo prometiendo la Revolución Productiva y el Salariazo, postulándose como el candidato de la Argentina profunda, de los pueblos del interior que seguían venerando a los caudillos del siglo pasado, como el riojano Facundo Quiroga, que era el modelo de Menem hasta en sus pobladísimas patillas, el uso del poncho y las arengas nacionalistas, religiosas, mesiánicas y redentoristas, a las que finalizaba con un grito que parecía llegado de otros tiempos: “¡Síganme, que no los voy a defraudar!”.

Su sorpresivo giro hacia el neoliberalismo —la Economía Popular de Mercado, tal el nombre que le encontró— era, curiosamente, apoyado por la gran mayoría de los argentinos; las encuestas le daban un ochenta por ciento de imagen positiva. Por un lado, la hiperinflación había vaciado los bolsillos y disciplinado los ánimos; la gente se aferraba a la salida que le proponía Menem y, enfrente, no había quedado nada; el vacío político helaba la sangre.

Por el otro, Menem acompañaba ese pragmatismo feroz con una energía desbordante y una personalidad magnética. En aquellos primeros dos meses de gobierno ocupó el centro de la escena política y mediática con una ráfaga diaria de anuncios. Además, jugó al fútbol con Diego Maradona y la Selección, y al básquet con el combinado nacional; participó en una carrera de coches en el Autódromo, y bailó una zamba en un festival de música en el Luna Park. Todo eso frente a multitudes que lo ovacionaron.

Precisamente, faltaban pocos días para su primer encuentro con su colega George Bush —lo sorprendería con una frase de colección: “Somos del mismo palo”— cuando se reunió con el cardenal Primatesta en la casa de Franco, a quien había nombrado titular de SOMISA, la siderúrgica estatal con sede en San Nicolás, en el norte bonaerense, una de las empresas del país que más facturaba y que sería vendida dos años después al grupo Techint.

“Aquel día, fui a buscar al cardenal a Aeroparque, como hacía siempre, —contó Franco— y me dijo que quería ir a la casa de su hermana, en Belgrano R, en la Capital. A las ocho menos cuarto de la noche lo mandé a buscar porque Menem me había dicho que iba a llegar a las nueve y él era muy puntual. Cuando noto que llegan los autos del Presidente y sus guardaespaldas, salgo a recibirlo y veo que él frena a los custodias: ‘Ustedes no entran; cuando yo les avise, me vienen a buscar’. Yo tenía en esa casa, entrando a la derecha, una sala con un escritorio, sillas y un par sillones; así que, cuando ellos dos se sentaron, hice el gesto de irme, pero Menem me dice: ‘No, no, Hugo, vos te quedás’”.

—Mire eminencia, yo lo mandé a Córdoba a Hugo para que lo invite y le insistí que le dijera, textualmente, que lo necesito. Y lo necesito porque estoy cansado de que sangren las heridas por todos lados. Está abierto de heridas el país. Hay rencor en todos lados, y así no vamos a poder avanzar —abrió el Presidente.

He pensado en tomar la decisión de hacer un indulto a todos, a militares y a civiles. Pero yo no tomo esa decisión si no hablo con usted. Me interesa muchísimo la opinión de la Iglesia.

Al igual que Menem, Primatesta, que murió en 2006, tenía un fino sentido de los tiempos. Una cosa eran las frases rápidas y picantes sobre fútbol, y otra, muy distinta, referirse a una medida tan crucial sobre la sangre derramada por las guerrillas en los 70 —incluidos los cuatro gobierno peronistas de aquellos tiempos recios— y la dictadura militar, que no solo había secuestrado, torturado y matado sino también hecho desaparecer los cuerpos de miles de víctimas, además del robo de bebés nacidos en cautiverio.

Por lo tanto, no se trataba de un tema cualquiera para Primatesta, que, durante la dictadura, encarnó al sector conservador del Episcopado, más moderado que el ala integrista que apoyó y hasta propició el golpe del 24 de marzo de 1976, liderado por el arzobispo de Paraná y Vicario Castrense, Adolfo Tortolo, a quien precisamente Primatesta reemplazó al poco tiempo al frente de la Iglesia.

“La Iglesia no era adicta a nosotros; teníamos nuestros encontronazos, pero, como institución, se manejaba con prudencia: decía lo que tenía que decir sin crearnos situaciones insostenibles. En ese contexto, la relación fue muy buena”, me dijo el dictador Jorge Rafael Videla en una de las entrevistas para mi libro Disposición Final.

Videla, que era también el jefe del Ejército, agregó: “En el plano individual, yo tenía una relación excelente con monseñor Tortolo, por ejemplo, que era un santo. A Primatesta lo había conocido en Córdoba, cuando estuve destinado como jefe de Operaciones del Tercer Cuerpo. Primatesta tenía en aquel momento fama de progresista, como tantos otros obispos, pero no era un (Jaime) De Nevares, un (Miguel) Hesayne, aunque se lo miraba con recelo. Ya como titular del Episcopado, restablecimos el contacto: era un hombre comprensivo; no digo que aplaudiera lo que estábamos haciendo, pero no era un (Vicente) Zaspe, el arzobispo de Santa Fe, que también integraba la Mesa Ejecutiva del Episcopado y nos ponía en aprietos”.

Al final, Videla y otros militares, como el ex almirante Emilio Eduardo Massera y el ex general Menéndez, y los ex jefes guerrilleros Mario Eduardo Firmenich, Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja, así como los carapintadas Mohamed Alí Seineldín y Aldo Rico, se beneficiaron del perdón presidencial de Menem.

—Mire, Presidente, ustedes los políticos hablan de indultos. Nosotros, los curas, hablamos de reconciliación. Vaya adelante con la reconciliación. Solo va a tener dos problemas, dos obispos: De Nevares, de Neuquén, y Jorge Novak, de Quilmes. De los demás, no hablará ninguno.

—Mire, en esta reunión, yo también soy Quarracino.

—Le agradezco muchísimo, eminencia. Me dejó pensando en De Nevares y Novak... Lo voy a hacer en el mayor silencio. Tengo ganas de hacerlo en Navidad. Y lo voy a hacer para todos.

Al día siguiente de la comida con el cardenal, Franco fue despertado a las seis de la mañana por un llamado telefónico de Ramón Hernández, el secretario presidencial.

Llegó adormilado a la residencia de Olivos y así, en esas condiciones y sin saber para qué lo habían llamado a esa hora y con tanta urgencia, subió a la suite presidencial.

Encontró al Presidente sentado en un sillón mientras su peluquero, Tony Cuozzo, le secaba el cabello renegrido.

El Presidente colocó una mano en una de las rodillas de Franco y lo miró fijo a los ojos.

—¿Lo que hablamos anoche?

—Sí, Presidente. Yo no te vi, no hubo cena en mi casa, no pasó nada anoche.

Menem lo despachó de su habitación apenas con la mirada, que a Franco le pareció gélida, letal, a tono con el mensaje que acababa de recibir. Y volvió a entregar su cabeza a la rutina diaria de su peluquero de confianza.

Fuente: telam

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