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31/01/2026

De Mary Shelley a Thomas Pynchon, el diálogo entre literatura y cine emerge en las películas candidatas al Oscar

Fuente: telam

‘Frankenstein’, ‘Una batalla tras otra’, ‘Hamnet’ y ‘Sueño de trenes’ muestran cómo los libros siguen marcando el ritmo de las mejores historias que conquistan la pantalla

>Las películas más premiadas de este año son una gran oportunidad para adentrarse en el mundo literario que las inspiró. Ya sea porque reflejan en sus adaptaciones grandes logros creativos que engrosan los textos o porque sus cambios, omisiones y desviaciones vuelven la lectura de los libros un ejercicio de reflexión acerca de conceptos como adaptación o la traslación de un género a otro. En todo caso, vuelve la lectura y la ida al cine algo más interesante aún.

Frankenstein, de Guillermo del Toro, nominada a mejor película, mejor director, mejor guion adaptado, mejor actor, diseño de producción y banda sonora, traslada el argumento esencial de la novela a una edulcorada historia de castigo y redención del padre. La abstracción moral de Shelley se pierde en un sinfín de escenas de intentos de reconciliación padre-hijo y la aceptación y el amor convierte al clásico implacable en una comedia romántica. La adaptación no moderniza el tema de la novela, sino que convierte su lógica en una condición necesaria para el tratamiento psicológico. La responsabilidad ya no es un término filosófico, sino una cuestión de vínculos, culpa y perdón. Leer la novela se vuelve indispensable para poder entender el grado de distancia que tomó Del Toro del original.

Hamnet, de Chloé Zhao, nominada a mejor película, mejor actriz (Jessie Buckley), mejor guion adaptado y mejor fotografía, convierte ese registro interior en una un espacio abierto e insondable. Lo que la novela articula, el presagio, la resistencia, la capacidad de resiliencia, la película lo escenifica a través de habitaciones, silencios y rutinas corporales. La casa se expande. El matrimonio pierde simetría. La adaptación no interpreta las emociones del libro, sino que les asigna una arquitectura. La introspección de la literatura se convierte en cine.

Sueño de trenes (2011), de Denis Johnson, pertenece a una tradición diferente: el minimalismo estadounidense como elegía. Ampliada a partir de un cuento y considerada una de las obras más importantes de Johnson, la novela sigue a Robert Grainier, un obrero nacido a finales del siglo XIX que ayuda a construir ferrocarriles y a talar bosques, se casa y pierde a su familia en un incendio que puede ser accidental o no. Johnson omite la psicología. El tiempo avanza sin comentarios. La industrialización aparece como un clima más que como un concepto.

La película Sueño de trenes, dirigida por Clint Bentley y Greg Kwedar y nominada a mejor película, mejor guion adaptado y mejor diseño de sonido, traduce esa forma de ver el mundo en silencios extendidos y en imágenes que detiene el tiempo y remiten a un modo de ver la vida simple. De la misma manera que la novela, la película obliga al espectador a habitar esa vida. El trabajo se hace visible, palpable. La espera se hace legible. La adaptación no añade incidentes, añade tiempo. El rechazo de Johnson al espectáculo se convierte en la película en una justificación logradísima de ese rechazo.

Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, nominada a mejor película, mejor director, mejor guion adaptado y mejor edición, trata la novela de Pynchon no como un mapa narrativo, sino como un modelo para hacer diagnóstico. Los personajes y los acontecimientos se reconfiguran. La política se convierte en espectáculo y la historia no es tanto la trama sino la maquinaria que permite contar el poder operativo del arte, trasladando una narración en tiempo y espacio solo para comprobar que los temas resisten.

Metafísica de los tubos (2000), de Amélie Nothomb es una memoria de la infancia en forma de experimento metafísico. Uno de sus libros mas interesantes, Nothomb imagina la infancia como una neutralidad divina: un ser sin sensaciones que despierta a la humanidad a través del gusto, el dolor y el lenguaje. El estilo es cristalino e irónico, la trama es episódica. La película animada Little Amélie or the Character of Rain, dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han y nominada a mejor película animada, asigna una gramática visual a la conciencia preverbal. La metáfora se convierte en entorno. La memoria se convierte en movimiento. Una fiesta sobre el nacimiento a la vida y al ser.

En todos estos casos, la adaptación no funciona ni como homenaje ni como dependencia. Los libros no son materia prima. Son sistemas de pensamiento acabados: Shelley, sobre la creación y el abandono; O’Farrell, sobre el dolor y la forma; Johnson, sobre la desaparición y la resistencia; Pynchon, sobre la absorción política; Nothomb, sobre el origen de la conciencia. Lo que el cine toma de ellos no es la trama, sino la estructura: formas de organizar el miedo, el tiempo y la responsabilidad, la idea de la existencia.

[Fotos: archivo; Reuters/ Maja Smiejkowska]

Fuente: telam

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