Viernes 30 de Enero de 2026

Hoy es Viernes 30 de Enero de 2026 y son las 13:29 ULTIMOS TITULOS:

30/01/2026

El malestar en la locura: la poeta y abogada que se atrevió a denunciar las condiciones inhumanas de los neuropsiquiátricos

Fuente: telam

En plena dictadura del general Lanusse, Matilde Kirilovski de Creimer, una voz reconocida en la literatura argentina que firmaba con el seudónimo de Matilde Alba Swann, desplegó una serie de acciones legales en defensa de los internos del Hospital Melchor Romero, lo que obligó a las autoridades a hacer reformas estructurales y mejorar las condiciones de alojamiento del establecimiento

>Matilde Kirilovski de Creimer no era jueza, no era defensora oficial ni ocupaba puesto alguno como funcionaria. La cuestión de la salud mental y su tratamiento en los nosocomios siempre fue una de sus grandes obsesiones. Le preocupaba que en esos lugares las personas no quedasen olvidadas a la buena de Dios, que los internos tuvieran un buen trato y que las prácticas médicas no fuesen vejatorias.

El Hospital Dr. Alejandro Korn, ubicado en Melchor Romero, en las afueras de La Plata y construido en 1911, es uno de los neuropsiquiárticos más grandes del país, legado más representativo del ideario positivista Lombrosiano, que a Matilde le hacía ruido. Por eso le gustaba presentarse sorpresivamente a monitorear el lugar y conversar con los internos allí alojados. Buscaba escuchar su voz, sin mediaciones de médicos o enfermeros. Ellos la consideraban como una suerte de hada madrina a la que veían llegar y se le abalanzaban para que les diera cigarrillos y todo tipo de pedidos que ella anotaba en una libreta.

Y eso es lo que ocurrió una tarde de mayo de 1972. Ya hacía tiempo se venían presentando todo tipo de denuncias y quejas, tanto de familiares como de parte de trabajadores: pésimos sueldos, abandono, sobrepoblación, condiciones inhumanas edilicias y de alimentación.

La doctora Creimer sabía que el contexto no la ayudaba. Desde hacía seis años gobernaba en la Argentina una dictadura militar, y el activismo legal en favor de personas vulnerables estaba mal visto por el régimen; más cuando lo pretendía llevar a cabo una mujer sin ningún tipo de cargo más allá de su credencial de simple abogada. Por eso, una de las estrategias que Matilde usó para escudarse fue hacerse cargo de la Comisión de Minoridad y Familia del Colegio de Abogados de La Plata; desde allí pensó que tendría mayor legitimidad para sus planteos, mayor apoyo.

Omar Roberto Ozafrain era un juez comprometido que ya había intervenido en otros casos impulsados por Matilde y en los que se mostraba receptivo a sus planteos. Esta vez la solicitud era en favor de todos los internos y por la omisión del ministro de Bienestar Social de la provincia de Buenos Aires al permitir que “manifiestamente ilegal se mantuviera a los enfermos alojados en condiciones infrahumanas, en contra de la Constitución”.

Previo a decidir, el juez quiso escuchar la opinión del doctor Manuel Capurro, psiquiatra de tribunales, quien también los acompañó en la recorrida. Su dictamen fue preciso y lapidario al describir las condiciones del lugar y en él se apoyó el magistrado para hacer lugar al pedido de amparo de Creimer.

Para la época en que fue dictado este fallo, se trata de un antecedente adelantado de la más progresiva jurisprudencia que se dictará varias décadas después, sobre la temática de la salud mental.

La sentencia del juez Ozafrain cayó como balde de agua fría en el gobierno de la época, enseguida se pusieron en campaña para dar vuelta el fallo. El gobernador de facto y su ministro de Bienestar Social encomendaron al fiscal de Estado la tarea de interponer la apelación. El escrito presentado contiene duros términos hacia la doctora Creimer: “… la demanda de la abogada constituye nada más que una mera critica al gobierno provincial, un alegato social y político mal encaminado”. Y, a su vez, arremete contra el juez Ozafrain diciendo que “aceptar sus conclusiones importaría la implantación del gobierno de los jueces y la ilegitimidad de la injerencia del Poder Judicial en materia reservada al poder Ejecutivo”.

Tras la apelación y con motivo de la presión del gobierno, a solo diez días, la Cámara revocó el fallo de primera instancia, lo hizo por razones meramente formales (“no fue demostrado por la accionante que no hubiera otra vía común para la obtención del mismo resultado”), y le pasó el expediente a la Suprema Corte para “que evalué gestiones necesarias”.

Con posterioridad y con la excusa de “regularizar la situación” el gobierno de facto dispuso designar un nuevo administrador del Hospital Romero: Antonio Carregal, un suboficial retirado de las Fuerzas Armadas, que creó un cuerpo de vigilancia armado, con personal policial o militar en retiro, para controlar actividades y averiguar la participación de los trabajadores en los hechos denunciados por la abogada Matilde Creimer. Porque hay algo que a esta altura parece claro: el litigio iniciado por la abogada en 1972 no hubiera sido posible sin la colaboración silenciosa de pacientes y trabajadores.

Varias décadas después, cuando se abrió el archivo de la DIPPBA (Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires), aparecieron listas de archivos que muestran con qué grado de minuciosidad y sistematicidad se desplegaron acciones para controlar el trabajo de la abogada Matilde Creimer y, especialmente, cómo se practicaron seguimientos sobre los trabajadores del hospital y su organización gremial.

La vigilancia continuó durante los años siguientes y, durante el terrorismo de Estado, muchos de esos trabajadores que figuraban en partes de inteligencia sufrieron la persecución del aparato represivo y hasta desapariciones (al menos cinco trabajadores del hospital Alejandro Korn de Melchor Romero fueron desaparecidos durante el terrorismo de Estado, otros cuatro estuvieron detenidos, siete se exiliaron y unos 80 fueron despedidos o cesanteados).

Fuente: telam

Compartir

Comentarios

Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno!