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30/01/2026

De los campos agrícolas al Muro de los Lamentos: crónica de un voluntariado en Israel y una reflexión sobre manos y propósitos

Fuente: telam

El 29 de diciembre de 2025, treinta voluntarios partieron desde Buenos Aires con destino a Israel. La experiencia, relatada en primera personal, del trabajo en granjas y en centro de jubilados, el espejo de un debate más profundo sobre libertad, propósito y elección y por qué es necesario repetir que "el agua moja y el odio mata"

>Cualquiera que sepa escribir una crónica sabría por dónde comenzarla, cómo estructurarla, qué temas incluir y cuál sería el tono correcto. Pero, sobre todo, tendría claro que la crónica es un relato que se escribe posterior al suceso. Yo no soy escritor de crónicas y eso me da libertad.

Es verdad que el todo es más que la suma de las partes, pero también que un botón puede ser muestra del espíritu de algo, más cuando ese pequeño objeto de mercería es algo tan transformador -como el trabajo de voluntario- en un lugar tan eterno -como Israel-.

En términos simbólicos, el viaje comenzó una tarde de octubre en la que recibí el mail de Taglit, la institución que organiza estos voluntariados, diciendo que me habían asignado al grupo 474. Pero el viaje viaje, el real, concreto, agotador y transformador, fue el 29 de diciembre.

Pensarán que es una exageración. Yo lo haría si estuviera del otro lado del texto. Pero no estoy tratando este relato con un crisol rosa. Menos que menos romantizo el concepto familia. Tampoco quiero venderles que lo extraordinario está tras cada esquina. La realidad es que hice una trampa, porque éramos ya una familia, incluso antes de ser treinta desconocidos. El tema es que cuando hay códigos que se comparten y no se pueden explicar, familia no es una palabra lejana.

Para que este texto tenga al menos algo de crónica, quisiera hablar un poco de los voluntariados. El primero que hicimos fue en una granja donde se cosechan pimientos, tomates cherry y pepinos. Luego de las atrocidades del 7 de octubre del 23, miles de trabajadores que cruzaban desde Gaza a trabajar no pudieron ya hacerlo. Nos contaron cómo esos trabajos fueron entonces reemplazados por tailandeses, pero Irán los instó a irse y la tierra quedó nuevamente sin trabajar. La Tierra de leche y miel, esa en la que el pueblo judío se dedicó a sembrar durante milenios con tanta devoción, al punto de que la mayoría de nuestras fiestas religiosas tienen que ver con los ciclos de la tierra, no tenía manos que la labraran. La granja era de una señora que enviudó y no tenía manos que se ensucien, o se purifiquen, con esta tierra sagrada. Por varias horas hicimos tutores con hilos para que los pepinos puedan crecer derechos.

El artículo 13 de la carta fundacional de Hamas, organización terrorista que gobierna en Gaza, dice que “las iniciativas de las llamadas soluciones pacíficas y las conferencias internacionales para resolver el problema palestino contradicen el credo del Movimiento de Resistencia Islámico. Renunciar a una parte de Palestina (que ellos consideran todo Israel) es como renunciar a la propia religión”. Más adelante continúa: “No hay solución al problema palestino salvo la yihad (la guerra santa contra los infieles)”. Los terroristas no quieren paz, quieren la destrucción de todo judío, ese es su propósito. Ese es su uso de la libertad.

El segundo voluntariado fue en Kriyat Shmoná, un pueblo que durante los atentados tuvo que ser evacuado por completo. Ahora retornaron, pero también se sumaron personas que no vivían ahí, pero como habían nacido en ese pueblo decidieron volver. Allí hicimos huertas y canteros para un centro de jubilados. Los abuelos nos recibían con sonrisas y luchaban con la tecnología y el idioma para poder grabarnos y agradecernos.

Hoy fue el día más duro, física y emocionalmente. Arrancamos a las cinco de la mañana, camino a una granja en Nir Moshé, a ocho kilómetros de la franja de Gaza. Nos tocó trabajo de agricultura y lo que debíamos hacer era sacar de la tierra las plantas de morrones que ya habían dado sus frutos para que ese suelo pueda volver a ser plantado. Quien manejaba la granja nos contó que hasta allí llegaron los terroristas, que arrancaron de esta tierra a su hermano. Nosotros arrancamos morrones para que otros nuevos crezcan, ellos la vida de tantos judíos, con el objetivo de que no existamos más. Trabajamos junto a voluntarios israelíes, transpiramos juntos, cantamos. Me invitaron a venir a vivir acá, a trabajar, a buscar una esposa. Propósitos de vida.

Ella hablaba, nosotros llorábamos. Contó cómo huyeron, cómo vio correr por un campo abierto a cientos de chicos que iban desapareciendo, cayendo en el campo. Sólo podían correr. Dijo que pensó solo en salvar a su hermana. “No voy a decirle a mis padres yo vivo, pero Hamas mató a mi hermana”. Vio a la lejanía un chico de remera negra correr desesperado y, a unos metros, uno de remera verde caminando con absoluta tranquilidad. Pensó, ¿qué le pasa? ¿Cómo puede estar así tranquilo? El de negro cayó, se levantó unos segundos y se desplomó de nuevo para no resurgir. Vio el arma del de remera verde y entendió que había sido su verdugo. Agradeció no haber tenido que ver, como otras personas que estuvieron allí, a chicas violadas ahí mismo en el campo mientras estaban escondidos sin poder hacer nada. Habiendo escapado entre misiles y terroristas que los perseguían hacia una comisaría de un pueblo, escuchó en el búnker a un muchacho que llegó agitado mostrándole a un policía su teléfono. Estaba desesperado. Su hermano estaba en un Kibutz, los terroristas les sacaron sus teléfonos y transmitían desde las cuentas de Facebook de las víctimas, en vivo, cómo los perseguían, violaban, quemaban, descuartizaban y mataban. A pesar de esto, muchos trataron a Daniela de mentirosa, según ella misma contó. Sin embargo, me mostró desde su celular los videos que grabó mientras escapaba de la muerte. Daniela regresó esa noche a Tel Aviv, dos días después se calzó su uniforme de soldado y se puso a disposición de los reservistas para defender a su pueblo.

Debiera terminar aquí, no habría que agregar nada más. Eso si en el mundo existiera la coherencia. Pero, desgraciadamente, incluso ante lo evidente, hay que seguir explicando que el agua moja y que el odio mata.

No creo, sinceramente, que unos pepinos, unos canteros o remover plantas de morrones cambien el mundo. Pero sí creo que dice algo sobre el propósito de las manos judías. Creo que para muestra de cómo se usa la libertad bien valen estos pequeños botones.

No hablo de política, hablo de personas. Mi voz no es un tuit a miles de kilómetros a la distancia, les cuento lo que vi, a una señora musulmana rezando tranquilamente a Alá. No flameo una bandera en una marcha de una situación de la que no entiendo nada, les cuento que toqué con mis manos pepinos que deseo crezcan rectos y jugosos. No les intento vender una fake news, les cuento que recogí plantas de morrones para que el suelo siga dando vida y que vi a Daniela correr por la suya.

Fuente: telam

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