27/01/2026
Cuando Buenos Aires fue devastada por la fiebre amarilla: muertos apilados en las calles y el paso del tren fúnebre
Fuente: telam
Hace 155 años las autoridades admitieron la peor noticia: la ciudad era víctima de una epidemia de fiebre amarilla. En los primeros cuatro meses de 1871 se vivió de todo, desde la entrega desinteresada de los médicos hasta las peores miserias en las que puede caer un ser humano
>Oficialmente, se tiene el 27 de enero de 1871 como fecha de inicio de la epidemia del “vómito negro”, como se lo llamaba, con tres muertos hallados en San Telmo, aunque días atrás ya habían aparecido los primeros casos. Entonces, la reacción de las autoridades fue la de negar la realidad. Porque cuando el 21 de enero, en la vivienda de Cochabamba 113 apareció muerta toda la familia Bignollo, policías de la comisaría 14°, que fueron los primeros en llegar, supieron que había sido por la Lejos estuvieron los porteños y las autoridades en modificar la vida normal del país: los carnavales, con sus bailes callejeros, se harían como de costumbre, y en la Casa de Gobierno ultimaban los detalles para la inauguración en marzo de la Primera Exposición Nacional, donde se mostraría el potencial productor, tecnológico y científico del país.
Solo algunos de los barcos provenientes del norte, donde la epidemia se había declarado en Brasil e incluso en la provincia de Corrientes, serían obligados a someterse a la cuarentena. En una ocasión, cuando el médico del puerto quiso evitar el desembarco del pasaje de dos buques y mandarlos a cuarentena, se lo llevaron preso. Los soldados que venían de combatir en la Guerra de la Triple Alianza traían la enfermedad.La salubridad era casi nula. Las calles no tenían pavimento y los terrenos se rellenaban con basura. Casi ni existía el servicio de aguas corrientes y la población consumía el agua contaminada con sustancias orgánicas de aljibes y pozos. La fruta permanecía días al rayo del sol y muchos obreros, que trabajaban en el puerto, vivían hacinados con sus familias en precarias barracas de madera. A este panorama se sumaban los conventillos, con sus piezas atestadas de familias.
Recién para el último día del carnaval se prohibieron los bailes de disfraces. En ese mismo momento, cerraron las escuelas y la Universidad de Buenos Aires. Los vecinos de Barracas, barrio que tuvo su primer caso el 17 de febrero, destruyeron los elementos que se iban a usar para levantar -por precaución- un lazareto, ya que no querían “apestados” que viniesen del centro.El panorama en la ciudad era desolador. En la propagación de la enfermedad para el norte y el oeste, mucha gente dejaba sus viviendas, algunas con las puertas sin llave, abandonándolo todo. Las que tenían recursos, se instalaban en la zona norte; otras se fueron al campo, donde se encontraron con que los alquileres habían subido notoriamente.La fiebre amarilla fue implacable en el barrio de La Boca, donde hubo 30 muertos por día. Todo el mundo apuntaba al Riachuelo y a sus pestilentes aguas contaminadas con los desechos de los saladeros, que funcionaban desde los tiempos del virrey Vértiz. “¿Hasta cuándo respiraremos el aliento y beberemos la podredumbre de ese gran cadáver tendido a espaldas de nuestra ciudad?”, se preguntaba el diario La Nación. Es que muchos atribuían la expansión de la epidemia a causas atmosféricas y hasta telúricas.
A mediados de marzo, el presidente Domingo Faustino Sarmiento y su vice Adolfo Alsina debieron dejar la ciudad, así como el gabinete, los senadores y diputados, y la Corte Suprema de Justicia. Algunas figuras prominentes se quedaron, como fue el caso de Bartolomé Mitre que, junto a uno de sus hijos, terminaría enfermo. El clero también se quedó, oficiando misas despobladas, ya que se recomendaba evitar la reunión de muchas personas en un mismo lugar. Todos los días se rezaba para que se terminase la epidemia, que se cobraría la vida de 67 curas, de un total de 292.
A partir del 10 de abril se decretó feriado hasta fin de ese mes y se prohibió la celebración de fiestas religiosas. Se cerraron oficinas públicas nacionales y provinciales, además de los comercios. Pronto comenzaron los problemas de abastecimiento.En una ciudad casi despoblada, con muertos en las calles, hizo que ladrones disfrazados de enfermeros saquearan casas abandonadas o aún con sus habitantes moribundos. Aparecieron abogados y escribanos que confeccionaban testamentos y escrituras falsas para apropiarse de viviendas abandonadas o donde sabían que todos sus ocupantes habían fallecido.Los 40 coches fúnebres con los que disponía la ciudad no daban abasto. Era común escuchar, a lo largo de las noches, su paso incesante rumbo al cementerio. Cuando ya eran insuficientes, se pusieron a disposición los que se usaban para recolectar basura. Y hasta se debió convocar para esa tarea a los mateos, usados para paseos.
Esos mismos carros se cruzaban con otros que llevaban ropas, sábanas y camas de los muertos para ser quemados. Como muchos de los fabricantes de ataúdes también morían, los féretros comenzaron a escasear. Los fallecidos eran envueltos en sábanas y en lonas y se los dejaba en las esquinas.Todo aumentaba. Hasta los pocos remedios que tenían las farmacias, que no servían para atacar a la fiebre amarilla, la gente igual los compraba. El gobierno había dispuesto que determinadas boticas permaneciesen siempre abiertas, con algunos remedios para distribuir entre los pobres.Así nació el 14 de abril el Cementerio de la Chacarita, en terrenos donde actualmente está el Parque Los Andes y que hasta algunos años atrás era el lugar de vacaciones de los alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires.
A fin de abril, Munilla, el primer administrador del nuevo cementerio, alertó que no daban abasto en las inhumaciones. Tenía más de 600 cuerpos aún sin enterrar. Ese primer cementerio de la Chacarita se dejó de usar en 1886.
El tendido de las vías estuvo a cargo del ingeniero francés Augusto Ringuelet quien, en tiempo récord, finalizó la obra el martes 11 de abril, dos días después de Pascua. Para el Viernes Santo había quedado colmado el Cementerio del Sud.
El maquinista se llamaba John Allan, un inglés nacido en Liverpool quien, junto a su hermano Thomas, había sido el primero en conducir La Porteña en su viaje inaugural en 1857. Al tercer día como conductor del tren fúnebre, también cayó víctima de la fiebre amarilla. Tenía 36 años.
Fuente: telam
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