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24/01/2026

A veinte años de “Ausencias”: la historia del fotógrafo entrerriano que plasmó la desaparición en imágenes que recorrieron el mundo

Fuente: telam

Gustavo Germano tenía 12 años cuando el terrorismo de Estado desapareció a su hermano mayor, Eduardo. Ese hecho, y todo lo que vino con él, iba a definir gran parte de su vida. Cuando se cumplieron 30 años del golpe de Estado puso a rodar una idea que tenía en mente hacía tiempo: volvió a su lugar de origen y recreó, con casos locales, el vacío que dejó la desaparición forzada de personas. El génesis de una muestra que sigue estremeciendo a quien quiera verla

>¿Cómo se representa la ausencia? ¿Cómo se ve? ¿Cómo se oye? ¿Se huele? ¿Se toca? ¿Se puede escribir? ¿Dibujar? ¿Cuánto mide? ¿Cuánto pesa? ¿Se hunde o flota? ¿Hay algo que alcance para abarcarla? ¿Cómo se dice lo indecible? ¿Cómo se representa lo irrepresentable?

Como un elefante en un cuarto. Ahoga a las presencias. Las presencias inundadas de ausencia.

***

—Ahora te vas a dejar de joder, ¿no?

—Ahora más que nunca.

—Lo vinieron a buscar a casa. Estábamos con mi otro hermano, Guillermo, y justo Eduardo, no sé si le avisaron o qué, pero dijo: “Si me vienen a buscar, yo no estoy, me fui”, y salió. A los diez minutos cayó la policía, de civil pero armados. Y cuando estaban hablando con nosotros los llaman por el handy y dicen que lo habían detenido en la esquina de Pellegrini y Perú, a dos cuadras de casa. Esa fue la primera. Les dicen a mis viejos que lo llevaban para hacer unas averiguaciones —a la Policía Federal, ahí en calle Rivadavia [N.de la R. hoy calle Alameda de la Federación]—. Cuando mi viejo fue le dijeron que no estaba. Estuvo desaparecido nueve días y no sabemos bien por qué lo soltaron, si era para seguirlo o cuál era la estrategia —dice ahora Gustavo del otro lado de la pantalla, y desde otro huso horario, en Barcelona.

***

“Gustavo Germano. 1964, Chajarí, Entre Ríos Argentina. Es hermano de Eduardo Raúl Germano, detenido - desaparecido por la dictadura argentina el 17 de diciembre de 1976 y cuyos restos fueron identificados en 2014 por el Equipo Argentino de Antropología Forense”, son las primeras líneas de su biografía en su sitio web.

—Una amiga una vez me preguntaba: “¿Cómo hubiera sido tu vida sin eso?”. Yo no sé lo que es. La dimensión de eso, en ese momento, fue inalcanzable, uno no puede visualizar lo que realmente significa. Después lo vas llevando y vas atravesando distintas etapas, distintos procesos. Yo creo que fue como un gran cachetazo, una piña brutal. Porque también se veía lo que pasaba en el contexto de la sociedad. Mucha gente estaba de acuerdo, o lo aceptaba o lo justificaba con el famoso “algo habrán hecho”. Y eso sucedía en un entorno donde nosotros éramos una familia feliz.

Lo eran.

Pero toda manzana es susceptible de tener gusanos.

—Mi vínculo con él fue muy esporádico, lo veía los fines de semana, aparte de que yo era muy chiquito. El tiempo de vida con él fue ese año, en el 75, y parte del 76. Me acuerdo de que una vez le pedí que me arreglara la bicicleta, tengo ese tipo de recuerdos. Los discos de los Beatles o de Emerson, Lake & Palmer, esas cosas que él nos trajo a la casa. Janis Joplin, el Che Guevara. Y entonces eso [su desaparición] fue como un bofetón. Aparte se juntó con otro elemento, porque la desaparición de él es en diciembre del 76, y ese mismo mes nos mudábamos de casa. A fin de año, cuando nos vamos a una casa nueva, lo hacemos ya sin Eduardo. Ahí empieza otra película.

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—Estuvo en Santa Fe, primero. Yo me enteré porque fuimos a verlo una vez con mis padres, nos encontramos en una cafetería que hay en Boulevard Gálvez, se llamaba Necochea. Y mi viejo le llevaba unas corbatas. Él se había cortado el pelo y estaba tratando de “adecentarse” para pasar más desapercibido. Eso es algo que me quedó, pero en el momento yo no sabía exactamente qué estaba pasando. Y de hecho por cuestiones de seguridad tampoco me lo iban a decir. Esa fue la última vez que lo vi.

—Ahí empezó el periplo clásico de todos los familiares de desaparecidos: comisarías, iglesias, cementerios, hospitales. Mi vieja dice que esa noche soñó que lo empujaban por una escalera.

—Era un anónimo que estaba escrito a máquina en una hoja de cuaderno. Decía: “Lamentamos comunicarle que a su hijo Eduardo Daniel Germano —estaba mal el segundo nombre, se llamaba Eduardo Raúl— lo detuvieron el día 17 y posiblemente lo mataron el 26. Aunque no hay confirmación oficial”. Punto.

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—Pero algo hizo. Llegó a escribir un informe con una noción de lo que podía estar pasando, o sea, que la gente fuera realmente chupada y que no hubiera ningún margen de ninguna estructura del Estado o de la sociedad desde la cual intervenir ni cómo llegar a su paradero. Era muy desconcertante, ¿no?

Paraná, esa ciudad paisaje, con veredas anchas tapizadas de lapacho rosa; la ciudad que supo ser la capital de la Confederación Argentina, un tatuaje de honor grabado en piedra, placas y muros, podía convertirse en la mismísima boca del infierno en los años 70 para quienes militaban por la justicia social o en agrupaciones armadas y para quienes los querían. No solo por la red de complicidades tejida entre algunos vecinos para delaciones u omisiones —lo que sucedía por todo el país—, sino por la mirada hacia quienes se convertían en familiares de desaparecidos, portadores, de repente, de una llaga invisible que se creía contagiosa.

Cuando cumplió los años que había llegado a cumplir su hermano mayor, Gustavo tuvo una crisis: “Me va a tocar vivir, porque a mí no me van a matar”, pensó. Lo que le tocaba era decidir qué iba a hacer con esa vida.

Pero con el advenimiento del alfonsinismo, con sus avances y retrocesos en la materia de hacer justicia, el menor de los Germano sintió que algo le faltaba. Que ese banquete democrático que prometía extasiarlos y devolver algo de lo perdido en los años rotos se parecía más a un menú gourmet: atractivo pero escaso. Necesitaba algo más. Fue cuando decidió que se iría de viaje a Centroamérica.

Vendió libros, reunió dinero y se fue. Se llevó con él una cámara de fotos.

A su regreso comenzó a estudiar Comunicación Social. Después de cursar la primera materia dedicada a la fotografía —un taller de Imagen— decidió que ahí estaba su destino.

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—No, me fui antes, en mayo, junio del 2001. Ya me estaba queriendo ir a la mierda a finales del 2000, de los 90. Era todo muy raro. Medio lo que pasa ahora. Los jóvenes andaban en en los Renault Clío de corbata, haciéndose los yuppies, y los abuelos protestaban en la calle. Algo no funciona bien en una sociedad si los jóvenes no son contestatarios y los abuelos, que serían los que tendrían que aplacar las cosas, están en la calle peleando. Había algo que no estaba bien.

—No era quemar las naves y nos vamos. De hecho veníamos con la ropa que teníamos. Empezamos a trabajar y nos fuimos quedando.

Mientras hacía eso para vivir, iba madurando una idea que se le había instalado hacía tiempo adentro: usar la imagen para mostrar, volver casi palpable, la falta de su hermano, de tantos hermanos, hijos, madres, padres, amigos desaparecidos. La masticaría y ajustaría en su mente durante casi una década hasta que la oportunidad de sacarla de ahí y darle curso se encontró con él en 2006.

En julio del 2006 toda la familia viajó a Entre Ríos para hacer las primeras pruebas.

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A la derecha, solo Mario Alfredo —ahora el pelo es cano— baja el terraplén.

A la derecha, Clara está de pie, ya no sonríe —ahora la piel tiene marcas—, apoya una mano en la mesa familiar, la otra en la silla vacía.

A la derecha, Laura —ahora es una mujer— está sola, arrodillada frente a la cama, con la boca sellada.

Había un concepto y varias decisiones tomadas.

Para la preproducción, selección de casos y logística, contó con la ayuda a distancia de su hermano Guillermo —fallecido en 2009— que entonces coordinaba el Registro Único de la Verdad, en Paraná.

En veinte días, con un niño de un año a cuestas, el apoyo de Guillermo, del recién fundado grupo H.I.J.O.S Paraná, “y de un montón de gente que nos ponía el auto”, Gustavo produjo las fotos que integrarían Ausencias.

—¿Cuál era la atmósfera que se generaba en las tomas? ¿Qué sucedía en las recreaciones?

Esas fotos se volverían estandarte en la búsqueda de memoria, verdad y justicia. Pero eso aún no lo sabía.

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Creo que todo coincidió para que fuera el momento indicado. Es una exposición muy de los treinta años [del golpe de Estado]. En un contexto donde se habían anulado las leyes de impunidad, se habían reabierto todos los juicios.También el tiempo que había pasado, porque la idea de este proyecto es básicamente el tiempo. Es el elemento central.

Desde hace veinte años las fotos estaquean a quien quiera verlas con la devastadora presencia de la ausencia.

En 2014 el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Eduardo Germano. Habían sido sepultados en el cementerio La Piedad, de Rosario. La familia pidió que se los entregaran el día que se cumplían 38 años de su secuestro, el 17 de diciembre. En el lugar donde los recibieron, una dependencia de la Justicia rosarina, había funcionado un centro clandestino.

De esa identificación nacería otro proyecto: Contradesaparecido. En el que el fotógrafo sostiene que unos cuantos huesos no son una aparición sino un cambio de categoría.

A la izquierda, cuatro niños ubicados de menor a mayor: Gustavo, Guillermo, Diego, Eduardo.

Fuente: telam

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