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23/01/2026

Investigan los fósiles de enormes organismos prehistóricos con características nunca antes vistas

Fuente: telam

Un estudio científico indica que estructuras colosales presentes en el planeta hace 400 millones de años pertenecían a un grupo distinto al de hongos y plantas

>Hace unos 400 millones de años, cuando la vida terrestre apenas comenzaba a consolidarse fuera del agua y las En vastas regiones del planeta se alzaban estructuras gigantescas, con forma de troncos y alturas de hasta ocho metros, que dominaban los ecosistemas primitivos. Eran los prototaxites, organismos tan enigmáticos como imponentes, cuya sola existencia desafió durante más de un siglo y medio las categorías clásicas de la biología.

Estos colosos surgieron en un mundo sin árboles, sin bosques y sin animales terrestres complejos. Mientras musgos, hepáticas e insectos diminutos cubrían el suelo, los prototaxites se elevaban como auténticas torres vivientes, visibles a gran distancia.

El desconcierto comenzó en el siglo XIX. Cuando el geólogo John William Dawson halló los primeros fósiles en la bahía de Gaspé, en Canadá, en la década de 1850, los interpretó como restos de árboles en descomposición y los describió como la “primera conífera”. La idea parecía lógica a simple vista, pero escondía una contradicción fundamental: en ese momento del Devónico temprano, los árboles todavía no existían. Aun así, el nombre prototaxites quedó instalado y el debate científico se abrió sin una respuesta clara.

Sin embargo, el misterio nunca terminó de cerrarse. Como resumió la paleobotánica Anne-Laure Decombeix, “Hay muy pocas cosas en paleontología que sean tan misteriosas”. Esa sensación persistente de que algo no encajaba del todo encontró ahora un nuevo capítulo con investigaciones recientes que cuestionan de manera directa la idea del “Godzilla de los hongos”.

Este yacimiento, formado hace unos 400 millones de años en una región cercana al ecuador y marcada por aguas termales ricas en sílice, preservó con un nivel de detalle extraordinario plantas, hongos, líquenes y pequeños animales. Entre ellos apareció una masa grisácea y moteada que, al principio, resultó irreconocible. “No tenía ni la menor idea de qué era”, dijo Alexander “Sandy” Hetherington, uno de los responsables del estudio.

El análisis microscópico de esos fósiles reveló una complejidad interna inesperada. En su interior aparecieron redes de tubos entrelazados de distintos tamaños y formas. Algunos eran finos y muy ramificados, otros más grandes y curvos, y varios presentaban paredes bandeadas que recordaban a estructuras de crecimiento. Esa arquitectura no coincidió con la de ningún hongo conocido ni con la de plantas primitivas.

Durante años, algunos investigadores señalaron que esos tubos se parecían a las hifas fúngicas. Otros interpretaron las manchas esféricas oscuras presentes en muchos fósiles como señales de un organismo simbiótico, similar a un liquen. El nuevo estudio descartó ambas opciones. Observado de cerca, el fósil no se parecía a un liquen, y las manchas podrían haber funcionado como zonas de intercambio de gases o nutrientes con el agua, de forma comparable a los alvéolos pulmonares.

La química de los fósiles aportó otra pieza clave. Los investigadores buscaron rastros de quitina, un componente esencial de las paredes celulares de los hongos, que suele dejar señales detectables incluso en fósiles antiguos. En los prototaxites analizados no apareció ningún indicio de esa sustancia. El contraste fue contundente: otros hongos preservados en el mismo yacimiento sí mostraban compuestos derivados de la degradación de quitina y glucano.

La conclusión quedó resumida en una frase clave del estudio: “No se encontró ningún grupo existente que presentara todas las características definitorias de los prototaxites”. La estructura tubular única, la composición química particular y el modo de vida heterótrofo no coincidieron de forma simultánea con ningún linaje vivo.

Frente a esa evidencia, las alternativas clásicas se agotaron una por una. Las algas resultaron poco probables por su composición y por la ausencia de rasgos asociados a la fotosíntesis. Los líquenes no coincidieron con la anatomía observada. La idea de un animal primitivo quedó descartada por completo, ya que las paredes celulares no se parecían a las de ningún metazoo. Cada intento de clasificación terminó en un callejón sin salida.

La hipótesis más disruptiva tomó entonces forma: los prototaxites representaron un linaje completamente nuevo y hoy extinto de eucariotas. No se trató de un hongo extraño ni de una planta fallida, sino de una rama independiente del árbol de la vida que prosperó durante decenas de millones de años y luego desapareció sin dejar descendientes modernos identificables.

El desconcierto también apareció entre biólogos evolutivos. Matthew Nelsen, del Museo Field de Historia Natural, celebró la nueva evidencia y recordó que el fósil lo inquietó durante años. “Me ha preocupado durante mucho tiempo”, escribió al reflexionar sobre la posibilidad de que, incluso si fuera un hongo, se tratara de un linaje extremadamente extraño. Para Nelsen, la negativa de Prototaxites a encajar en ningún grupo conocido refuerza la idea de que la diversidad temprana de la vida terrestre fue mucho mayor de lo que se pensaba.

Los propios autores del estudio sostienen que reconocer la ignorancia fue un paso fundamental. “El simple hecho de reconocer que no lo sabemos es un gran paso adelante. Entonces podremos centrarnos en las cuestiones más apasionantes del ecosistema”, afirmó Hetherington. Esa postura abre la puerta a nuevas preguntas sobre cómo funcionaban los primeros ambientes terrestres y qué roles ecológicos ocuparon estos gigantes.

Hoy, mientras la revisión por pares continúa y el debate sigue abierto, estos fósiles ya no se ven como simples curiosidades mal clasificadas. Representan una advertencia sobre los límites de nuestras categorías y una invitación a imaginar un pasado mucho más extraño.

Fuente: telam

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