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22/01/2026

La condición humana y el valor de lo inesperado frente al orden racional

Fuente: telam

El autor bahiense reflexiona alrededor de las ideas centrales de su nuevo libro ‘La realidad absoluta’ y de cómo “finjimos no notar” la fragilidad de nuestra vida cotidiana

>Una serie de relatos, esbozos, de pequeñas reflexiones comenzaron a cobrar forma cuando leí que Shirley Jackson encabezaba su novela The Haunting of Hill de este modo: “Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta”. Entiendo que la serie de dispositivos, pactos sociales e instituciones que hacen a nuestra vida cotidiana constituyen un andamiaje cuya fragilidad fingimos no notar. Bajo el tablado del teatro de nuestro mundo subyace un estado de animalidad pura a la que podemos caer por accidente, porque el destino nos hizo saber de su capricho o porque sencillamente algunos deben caer en él para que el sistema subsista y se multiplique (detrás de todo acto de civilización –difícil no acordar con Walter Benjamin– hay uno de barbarie que asoma).

Creo que lo que quiero decir lo ilustra muy bien el sistema de constelaciones que labraron los griegos hace más de tres mil años. Una vez que se oculta el sol, esto es, la razón y la mesura que Apolo personifica, las estrellas inscriben en el cielo una serie de historias desaforadas –convengamos que dioses, héroes y titanes se comportan como verdaderos niños enloquecidos ante la menor contrariedad– cuyo fin no es otro que el de ayudar a reconocer las figuras que han de guiar a los viajeros a la calidez del hogar.

Entiendo que el asunto se pone interesante para la literatura cuando los que han de regresar quedan atrapados en su presente y terminan junto a otros conformando, si sabemos mirar bien, una constelación que acaso enseñe a los pequeños barcos que no es gratis remontar ciertos ríos.

¿Hay alguien que de veras regrese de una guerra, de ciertos tormentos? ¿No queda uno atrapado en una constelación demencial? Qué pléyades puede conformar un coronel Kurtz en Vietnam con el magnate peruano Fitzcarrald, o aquellos que sobreviven a un bombardeo o a un campo de concentración con el padre de una desaparecida o, incluso, con los que, desde el lado oscuro de la luna, pueden alumbrar extraordinarias teorías como con el arte hizo Aby Warburg.

Muy a menudo el tiempo se raja y nos deja sentir el latido de lo eterno: esos dos segundos entre el anuncio de la largada y el disparo en una carrera olímpica de cien metros: a partir de allí, cuatro años de trabajo se resuelven en diez segundos. O también, más doméstico, ese cuerpo sonriente que se congela tanto como se puede hasta que nos avisan que la foto ya fue sacada.

Fuente: telam

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