19/01/2026
“Todas las exigencias del mundo”: deseos, valores y las grietas mentales en la idea de ser adulto
Fuente: telam
La docente y comunicadora Florencia Sichel desafía conceptos heredados y pone en jaque la autenticidad de las decisiones personales para una revisión profunda de lo que realmente significa alcanzar la madures
>¿Qué significa ser adulto en el siglo XXI? La respuesta, lejos de ser simple, atraviesa las páginas de Todas las exigencias del mundo, el nuevo libro de Florencia Sichel. Escritora, licenciada en Filosofía, comunicadora y autora del exitoso newsletter Harta(s), ha dedicado buena parte de su trabajo a analizar cómo los mandatos sociales y culturales moldean la experiencia de la adultez.
En Todas las exigencias del mundo, la autora explora los pilares sobre los que se construyó la adultez del siglo pasado —el trabajo, la felicidad, los cuidados y el amor— y se pregunta cuántos de esos ideales siguen vigentes y cuántos se han transformado en exigencias difíciles de sostener. Con una escritura que combina agudeza y cercanía, invita a repensar los deseos propios frente a las imposiciones externas y a revisar qué significa realmente elegir en una época de opciones infinitas.
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INTRODUCCIÓN: Adultos eran los de antes No somos losolo un breve latir
“La edad del cielo”, Jorge Drexler.
Los jóvenes, los rebeldes, ¿los progresistas?, versus los adultos, los viejos, ¿los reaccionarios? Y en algún momento, ese señor (ahora, que me acerco a su edad, ya no me parece un señor) les dice: “Si sos neoliberal antes de los treinta años, no tenés corazón. Si no sos neoliberal después de los treinta, no tenés cerebro”.
El conflicto es conmigo misma. O con la repetición de mi historia. Estoy casada, tengo hijas, soy trabajadora. Me pregunto qué se jugó en la reproducción de esos mandatos y cómo serán otros modos de vida por fuera de los que yo estoy eligiendo.
Algo de la adultez me hace ruido. Adultos son las personas autosuficientes: con las cosas resueltas. Objetivamente lo soy, tengo 35 años. Hijas a cargo. Responsabilidades. Pago alquiler, colegio, obra social, expensas, servicios. Me pregunto qué otras cosas hacen a que alguien se perciba como adulto. Porque lo paradójico es que, por más tareas “de grande” que ejecute, nunca me termino de sentir adulta del todo. No importa que en mi día a día me encargue de cumplir con ese rol, todavía no siento que la adulta sea yo. Tampoco quiero ser chica o volver a tener quince años (ni siquiera tengo tan buenos recuerdos de esa etapa). No soy nostálgica. No pienso que “todo tiempo pasado fue mejor”, ni que la vida de antes era una panacea. Detesto los discursos que envuelven al presente en una falsa dicotomía: ni la vida antes estaba resuelta, ni el futuro que viene solo es catastrófico.Venimos de una tradición en la que la adultez se nos mostró de forma seria, prolija y ordenada. Es poco adulto el que pierde tiempo, el que cambia de trabajo, el que tiene distintas parejas, el que no sabe qué quiere hacer de su vida. Esta idea es heredada de esa generación de hierro (la de los abuelos o bisabuelos de quienes rondan mi edad), una generación conformada en la era moderna, en la que el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio fueron pilares centrales. En contraposición, la llamada generación de cristal, adultos y adultas que nos enfrentamos en estos tiempos al cuestionamiento de muchos de esos valores y a quienes los mandatos sobre lo que se supone que tenemos que hacer nos pesan. Si nos ponemos estrictos, la generación de cristal suele abarcar a las personas nacidas después de 2000. Sin embargo, en este libro decidí jugar un poco con el término y ampliarlo a millennials y centennials, a quienes hoy tenemos entre treinta y cuarenta años. Aunque seamos generaciones distintas, compartimos muchos de los desafíos de estos tiempos.La forma en que vivimos atenta contra tener una vida adulta con pocas preocupaciones, al menos en las grandes ciudades y en países latinoamericanos. Coyuntura política inestable, economía precarizada, sistema de cuidados que depende de los privilegios que cada uno tenga hacen que la mayoría de las personas lidiemos con un problema nuevo cada día que pasa.
Pero como todo, mientras transcurre la vida también transcurren nuestras vidas. Como escribe Borges en El jardín de los senderos que se bifurcan, “siglos y siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí”. Importa lo que pasa en el mundo y también importa lo que nos pasa, por más chiquito o insignificante que sea.Me acuerdo cuando mi mamá llegaba de trabajar y se enojaba porque era de noche. Quería llevarnos a la plaza pero se quejaba porque la casa no estaba ordenada como ella quería y antes había que resolver la cena con lo que había en la heladera. Iba corriendo de la oficina al subte, del subte a otro subte y de ese subte al colectivo para llegar a buscarme a danza. Llegaba casi siempre tarde. Se enojaba con la escuela por poner actos escolares en horarios insólitos y entre las siete de la tarde y las nueve de la noche quería recuperar todo el tiempo perdido. A mí me gustaba ver cómo se vestía para ir a la oficina, los trajecitos que usaba, el perfume que se ponía. “Mi mamá es empleada administrativa”, contaba cada vez que me preguntaban a qué se dedicaba. Ella me corregía, orgullosa: “Licenciada en Administración”.
Respecto a mi papá, no me es fácil hablar de él. Es muy distinto a mí y por eso me cuesta. Fue criado por mi abuela Oma, alemana que criaba con la pedagogía de la amenaza. Contaba orgullosa que lo dormía mojando el chupete con whisky o que un golpe a tiempo podría prevenir futuros problemas. Mi papá no era de esos que decía “te quiero” a la salida de la escuela, porque odiaba los actos escolares. Sin embargo, me iba a buscar a cualquier lugar y a cualquier hora con tal de que no volviera sola.
A mis doce años, en mi bat-mitzvá, recibí dos regalos: un cuaderno de mi bisabuelo que cuenta cómo se escapó de Auschwitz, y una lapicera con mi nombre grabado. Me dijeron que era para escribir mi propio le gado. Pasaron más de veinte años y creo que, aunque quisiera hacerlo, no me saldría.
Fueron meses de ir y venir sobre mis lecturas, notas e ideas. Apareció entonces el deseo como tema y muchas preguntas en torno a los mandatos que decimos que abandonamos los de mi generación y también los que adoptamos. No paro de ver en redes sociales videos que anuncian que los millennials y centennials somos las grandes generaciones de transición. Que venimos a cambiar la forma en la que fuimos educados y a vivir una vida diferente, como si miráramos lo que hicieron las generaciones pasadas con cierta altanería. Como si no estuviéramos dispuestos a reconocer algunos de los valores que las marcaron, más ligados a construir un futuro común o colectivo. Ahora se supone que somos más libres, que tenemos muchas opciones para diseñar nuestras vidas, sin embargo, ¿no nos terminamos igual organizando con fórmulas que están disfrazadas de pequeñas elecciones? Acá está el tema que me interesa: los mandatos que pensamos que no tenemos quienes estamos transitando la adultez en estos tiempos.
Vayamos por partes, que ahora estamos en el siglo XXI:
- Guardo las fotos. Me da curiosidad saber qué lectura hubieran hecho mi hermano Federico o mi hermana Carolina al ver estas mismas fotos que yo veo. Qué aspectos hubieran resaltado de su infancia, qué cosas les molestaron y de cuáles estarían orgullosos. En el fondo se trata de eso, de cómo percibimos la realidad, de las historias que nos armamos sobre nosotros mismos. Esta es solo una versión de mi familia, mi versión.
Este libro está escrito con la rigurosidad intelectual que aprendí de la filosofía y con la velocidad de estos tiempos que me obligan a escribir de noche en el poco tiempo libre que tengo, mientras mis hijas duermen. No es un manual de autoayuda, es más bien un punto de partida en donde comparto preguntas que vengo investigando hace mucho y las cruzo con filosofía, literatura, películas e historias de vida. Escribo, principalmente, porque algo de todo esto (del mundo adulto, de las exigencias actuales, del malestar con el que vivimos) me interpela. Estas páginas son una exploración para conocer la idea de adultez que aprendimos. Una idea de adultez que, quizás, vaya a abandonar.
Fuente: telam
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