18/01/2026
A 40 años de la muerte de Edmundo Rivero, la voz que llevó el tango al mito, el lunfardo al arte y a Borges a la milonga
Fuente: telam
Dueño de una voz cavernosa y única, transformó el tango en un rito. Cantor minucioso, guitarrista extraordinario y símbolo porteño, dejó un legado que persiste. “Vos no cantás, hermano… vos sangrás", describió Aníbal Troilo al cantor que murió el 18 de enero de 1986
>Hubo voces que definieron la identidad del tango en Buenos Aires, y la de Edmundo Rivero siempre ocupó un lugar singular. Con un registro grave y poco común, Rivero se convirtió en referente del género desde sus primeras presentaciones en la década de 1930. Su manera de cantar, pausada y precisa, transformaba cada interpretación en un acto de intensidad emocional, acercando la poesía del tango a públicos de todos los barrios y generaciones.
Redefinió la interpretación del tango con una poética de barrio, de nostalgia y de ciudad que sigue latiendo en cada nota, en cada frase, en cada palabra cantada. Su voz de bajo, profunda y varonil, rompió con los moldes de su época para otorgarle al género una crudeza emocional sin precedentes, convirtiéndose en el máximo guardián del lunfardo. Murió el 18 de enero de 1986 a causa de una insuficiencia cardíaca, dejando un vacío que solo puede llenarse volviendo a escuchar su emblemática versión de Sur.
Leonel Edmundo Rivero nació el 8 de junio de 1911 en Valentín Alsina, un barrio donde el pulso fabril se mezclaba con el latido del suburbio, y que más tarde marcaría su sensibilidad artística. Solía contar que su bisabuelo materno, Lionel, de origen inglés, había sido lanceado por los indios pampas a mediados del siglo XIX. De él heredó el pelo rubio y el primer nombre, completando así la identidad que lo acompañaría toda su vida.Cuando llegó al mundo, supieron que tenía acromegalia (enfermedad rara endocrina crónica, causada por una secreción excesiva de la hormona del crecimiento), una condición que, en la adultez, definió sus facciones marcadas, su estatura y, en parte, la profundidad de su voz. Siendo aún muy pequeño, la familia se trasladó al pueblo de Moquehuá, en la provincia de Buenos Aires, cuando su padre, empleado ferroviario, fue designado jefe de la estación local. Allí, Edmundo enfermó gravemente y, ante la falta de diagnóstico, su padre renunció y regresaron a la capital, donde finalmente pudo recuperarse.Durante la adolescencia, su curiosidad por el lunfardo creció. Aprendió las primeras palabras de su tío y luego se adentró en los aguantaderos de Saavedra, donde escuchó el lunfardo más crudo y encriptado, el que circulaba entre malandras y vecinos del barrio. Esa conexión con la calle y sus lenguajes clandestinos enriquecería su estilo, haciendo de su voz un instrumento que hablaba al corazón de la ciudad. También estudió música clásica, técnica vocal y composición.
En 1932, cumplió con el servicio militar en el Regimiento de Granaderos a Caballo “Gral. San Martín”. Esa experiencia, contó, le dejó el uniforme, la disciplina y la camaradería, que marcaron su carácter, aunque su corazón siempre latió al compás del tango y del arrabal.
El gran salto de Rivero llegó en los años cuarenta, cuando Aníbal Troilo lo convocó a su orquesta. Pichuco buscaba una voz capaz de enfrentar la densidad poética del tango de su tiempo, y Rivero era eso: espesor, gravedad, dramatismo. “Vos no cantás, hermano… vos sangrás >Pero antes de esa consagración, Rivero aprendió a conquistar al público a fuerza de perseverancia. Apoyado por su tío músico, recorrió bares, boliches y cafés con su guitarra —su infaltable “viola”—, musicalizando películas mudas en cines del barrio y acompañando a cantores de géneros diversos, desde Nelly Omar hasta Agustín Magaldi. A veces la audiencia reaccionaba con indiferencia o incluso con enojo. Rivero recordó en una entrevista cómo, al cantar por primera vez en la película Resaca, los espectadores golpeaban el piso y protestaban porque no estaban acostumbrados a escuchar voces. Lo repitió el día siguiente y fue despedido... Pero él no se rindió: cada tropiezo fue un aprendizaje, cada fracaso un peldaño hacia su estilo único.Entonces, llegaron los años 40 y Troilo; y la historia cambió de golpe. Su primer baile en el Tigre fue un impacto para él, cuando el bandoneonista le indicó “Ahora usted, Rivero…”, los aplausos parecían extraños, exageradamente largos, casi burlones. Y cuando Edmundo empezó a cantar, la pista se silenció y el público se acercó al palco... lejos de calmarse, comenzaron a gritarle y tirarle cosas. ¿Qué les ofendía? La voz grave de Rivero, a la que no estaban acostumbrados...
Troilo, ya inseguro porque supo que la audiencia se estaba mofando, le recomendó a Rivero que bajase del palco, pero “El Feo” (apodo que tomaba con gracia) seguro de sí mismo, bromeó: “Ah, pero a mí en los bailes siempre me aplauden así”. Aquella confianza marcó el inicio de una alianza artística indestructible.Pese a eso, no todos los músicos de la orquesta recibieron bien su presencia: algunos intentaban sabotearlo, quitarle el micrófono o hablar mal a sus espaldas. Pero Troilo lo protegió, admirando en Rivero una voz que trascendía mezquindades y rivalidades. Su estilo austero y su porte imponente lo convirtieron en un símbolo del tango porteño y en una figura indispensable de la noche de Buenos Aires. Fue parte de esa orquesta hasta 1950, cuando inició su carrera solista.El encuentro entre Rivero y Jorge Luis Borges representó la fusión definitiva entre la erudición de la biblioteca y el barro del arrabal. Ese vínculo alcanzó su punto máximo en 1965 con la grabación del álbum El Tango, donde Rivero se convirtió en el vértice de un triángulo creativo sin precedentes junto a la música de vanguardia de Sin embargo, la historia artística de Rivero no se explica sin Horacio Salgán, su verdadero “padre musical”. En una época donde las orquestas buscaban voces agudas y brillantes, Salgán tuvo la visión de rescatar a ese joven de registro cavernoso que otros directores consideraban “antidichoso”. Bajo su ala, Rivero comprendió que su voz profunda no era un defecto, sino una virtud y su sello inconfundible. Fue gracias a esta confianza que más tarde floreció junto a Troilo, dejando grabadas piezas como el himno Sur, que consolidaron su lugar en la historia del tango.
Más allá de sus alianzas con los grandes maestros, Rivero cultivó un compromiso íntimo con el lunfardo, al que defendió como un idioma con gramática propia. Como un arqueólogo de las palabras, rescató términos populares destinados al olvido, integrándolos en sus letras y grabaciones con una precisión y respeto que lo convirtieron en referente de la Academia Porteña del Lunfardo. Por eso, no fue solo un intérprete sino que se erigió como guardián de la memoria lingüística de Buenos Aires, asegurando que el pulso de la ciudad siguiera latiendo en cada frase cantada, en cada tango que su voz hizo eterna.Por el escenario de El Viejo Almacén pasaron leyendas, músicos jóvenes, poetas, bohemios, turistas y porteños que buscaban un lugar donde el tango todavía respirara auténtico. Rivero lo sabía: el tango necesitaba una casa y él se la dio. En el mientras tanto, su carrera solista continuaba y grabó discos memorables, interpretó tangos clásicos y contemporáneos, y llevó su voz a escenarios de América y Europa.Años más tarde, en diciembre de 1984, asistió a un homenaje a Carlos Gardel en la Quinta Presidencial de Olivos. Allí, el presidente Raúl Alfonsín, admirador de su arte, celebró efusivamente su actuación. En 1985, Rivero recibió el Premio Konex de Platino como Mejor Cantante Masculino de Tango, un reconocimiento merecido a toda una vida dedicada al género.
Con más de 700 canciones registradas y al menos 23 álbumes de estudio, entre ellos antologías de lunfardo y colaboraciones históricas con Borges y Piazzolla, su voz de bajo se desplegó en toda su magnitud. Aunque su paso por la orquesta de Troilo fue breve, dejó 22 piezas maestras, incluyendo himnos como Sur. Durante su etapa solista convirtió cada grabación en un documento vivo de la identidad porteña, en un canto que sigue resonando, inmutable, eterno.
Fuente: telam
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