17/01/2026
“En la vida anterior fuimos amantes...”: el autor de “Mis días en la librería Morisaki” vuelve con audacia
Fuente: telam
Tras el fenómeno de su primera novela, el escritor japonés Satoshi Yagisawa se transformó en una voz capaz de crear espacios de calidez. Ahora, esa cercanía reaparece en una nueva obra
>Una tarde de domingo, cerca de fin de año, una mujer llamada Chinatsu Yukimura aparece por primera vez en el Café Torunka. El local, escondido en una callejuela de Tokio, está casi vacío. La luz del sol entra débil por la ventana, mientras el tic-tac del reloj de péndulo y la música de Chopin llenan el ambiente. Shizuku, la hija del dueño, hojea distraída el periódico deportivo, mientras el dueño pule vasos tras la barra. Afuera, un gato marrón camina sobre el muro, ajeno al bullicio de la ciudad y al encuentro que está a punto de suceder.
Los lectores ya disfrutaron la experiencia en la librería Morisaki, en aquella primera novela de Satoshi Yagisawa, Mis días en la librería Morisaki, que fue un éxito internacional. “Una alegría leerlo, pero hay que estar dispuesto a bajar el ritmo, saborear cada sorbo”, dijeron de esa novela. Ese antecedente marcó la expectativa de quienes encontrarán aquí un escenario diferente pero una sensibilidad afín.
El narrador, Shūichi Okuyama, recuerda su primera visita al café, antiguamente conocido como Café Nomura. El paso del tiempo y las transformaciones del barrio contrastan con el deseo de hallar un espacio inalterado, donde “los días que han pasado no pueden recuperarse. Debería sorprenderme de que todavía exista un café aquí”.La llegada de Chinatsu Yukimura introduce un giro inesperado en la rutina. Su afirmación, “En esta vida es nuestra primera vez, pero en la anterior fuimos amantes”, descoloca a Shūichi y despierta la curiosidad de Shizuku. La narración alterna entre la incredulidad y la ternura, mientras Chinatsu relata una historia de amor durante la Revolución Francesa, en la que sus almas se reencontraron como Sylvie Soleil y Etienne Apert: “La primera vez que nos vimos, Sylvie, eras una joven inocente de dieciocho años, pero dentro de ti había un espíritu que ardía…”.Ayako entrega un dibujo como despedida: una flor de Hardenbergia, símbolo de “reencuentros milagrosos”. “Lo pinté con la esperanza de que algún día volvamos a encontrarnos. En la vida, los reencuentros son lo más parecido a un milagro que tenemos”, dice Ayako. El narrador responde: “Es una buena frase. Es mi favorita hasta ahora”. Ambos se despiden en silencio, con la promesa tácita de un reencuentro en el Café Torunka .
Fuente: telam
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