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16/01/2026

“Viví años haciendo todo bien y aun así no tenía paz”

Fuente: telam

La sensación profunda de que no voy a alcanzar la paz conquistando grandes cosas, sino rindiéndome a lo que ya ocurre. Aceptando que yo también fallé en muchas cosas. Que la vida es lo que es, no lo que debería haber sido. Que necesito dejar de correr detrás de los espejismos propios y ajenos

>—¿Qué le pedirías a tu madre? —me preguntó la terapeuta.

Mi mamá había empezado terapia por primera vez seis meses antes, a los sesenta y siete años. Cuando me lo contó, me alegré por ella. Siempre había sido muy escéptica de los psicólogos y psicoanalistas. Decía que eran incapaces de ayudarla porque sus propias vidas eran un desastre: divorcios, problemas económicos, amantes, hijos con dificultades. Como si los terapeutas tuvieran que ser perfectos para poder ayudarnos, como si vivir no fuera lidiar con todo eso.

Un tiempo después de haber empezado terapia me dijo que su analista le había propuesto tener reuniones con ella y cada uno de sus hijos, y también con su marido —mi padre—. Accedí de inmediato como una forma de apoyarla, así que definimos una fecha y un horario. Yo era el primer hijo al que se lo proponía, quizás porque en los últimos tiempos estábamos teniendo muchos desencuentros.

Se ve que la terapeuta la había preparado para la sesión diciéndole que no se defendiera de nada de lo que yo pudiera decir. Seguramente tendría mucha información del lado de mi madre y querría conocer otra campana sin que mamá interrumpiera o me condicionara. Hice un esfuerzo por no hacer reproches, tratando de formular los problemas con calma, pero aquella pregunta final me descolocó.

“Paz”.

El silencio que siguió fue impresionante. Con los ojos nublados por las lágrimas, pude percibir que mi madre y su psicóloga también estaban conmovidas. Después de dos minutos que parecieron una eternidad, la terapeuta se puso de pie, nos agradeció y nos despidió con calidez.

Me acordé de una investigación que mencionaba las dos causas que impiden el normal desarrollo de la emocionalidad de un niño. Una es la percepción de que el hogar no es tierra firme, la otra, los gritos. En mi caso, había habido tierra firme, pero también muchos gritos por los permanentes desencuentros entre mis padres. ¿Acaso eso no era también una forma de inestabilidad, algo que siempre me hizo sentir que mi familia estaba por estallar en mil pedazos? Por otro lado, ¿cuánto había influido la insatisfacción permanente, la angustia y el desborde emocional de mi madre en mi propio desarrollo?

No vinimos a esta vida a ser felices, sino a vivir en paz. La felicidad es vivir en paz.

¿La felicidad es vivir en paz?

Si la verdadera felicidad era vivir en paz, yo había sido muy infeliz. Hacía años que sabía que la felicidad no es algo a obtener, que no tenía nada que ver con la foto de la familia perfecta, ni con el dinero, la fama o el reconocimiento. Pero así y todo nunca había tenido paz: vivía en guardia, listo para resolver cualquier problema que surgiera, de cualquier tipo, siempre preocupado por cuestiones que, en el fondo, no eran tan importantes o había bajas chances de que sucedieran.

La sensación profunda de que no voy a alcanzar la paz conquistando grandes cosas, sino rindiéndome a lo que ya ocurre. Aceptando que la madre que tuve fue la única posible. Que yo también fallé en muchas cosas. Que la vida es lo que es, no lo que debería haber sido. Que necesito dejar de correr detrás de los espejismos propios y ajenos.

***

A veces lo más revolucionario no es cambiar de vida, sino aprender a habitarla sin vivir peleando con ella.

Fuente: telam

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