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15/01/2026

Cuando Groenlandia descubrió América... pero se tuvo que ir

Fuente: telam

Dos antiguas sagas narran la llegada de expediciones a lo que hoy es Canadá, y su retirada. Porque a veces la fuerza no alcanza

>Conviene recordar, cada tanto, que Groenlandia no siempre fue pensada como un objeto distante, un territorio abstracto en los mapas del poder. Hubo un tiempo en que fue un punto de partida. Desde allí, hace más de mil años, partieron barcos hacia el oeste y llegaron a una tierra que hoy llamamos América. Llegaron primero. Y aun así, no se quedaron.

Las sagas groenlandesas —La saga de Erik el Rojo y La saga de los groenlandeses— narran ese episodio temprano con una sobriedad que todavía incomoda. Aunque cuentan episodios anteriores, fueron escritas en los siglos XIII y XIV. No cuentan la fundación de un imperio ni el nacimiento de una nación, sino una exploración precaria, un ensayo de presencia que no logra fijarse.

Bajaron a tierra y miraron en torno. Hacía muy buen tiempo y el rocío vestía la hierba, y lo primero que hicieron fue recoger unas gotas con sus manos y humedecerse con ellas los labios. Y aquel rocío les pareció la cosa más dulce que habían probado jamás. Volvieron luego al barco y navegaron por el estrecho que separaba la isla del cabo que apuntaba hacia el norte”, cuenta la saga de los groenlandeses, que, de otro modo, narra los mismos hechos que la saga de Erik el Rojo.

Desde ese asentamiento frágil parte su hijo, Leif Erikson. Navega más allá de lo conocido y alcanza Vinlandia, una costa fértil, con madera, uvas silvestres y un clima menos hostil, que se cree que es Terranova, en el actual Canadá. Fue alrededor del año 1000. Las sagas registran el hallazgo sin grandilocuencia. Hay observación, cálculo, una cautela constante. América entra en la historia europea casi de puntillas.

Al final, los vikingos se retiran. Vinlandia queda atrás como una promesa que no se cumple.

Durante siglos, estos relatos quedaron al margen del gran relato occidental. América prefirió fundarse en una llegada posterior, más definitiva, más violenta, más eficaz. Pero las sagas persisten, discretas, recordando que hubo un primer contacto que no derivó en dominio.

En ese sentido, Groenlandia ocupa un lugar extraño en la historia: no es centro ni periferia del todo. Es una estación, una frontera, un espacio intermedio desde el cual se puede partir, pero donde resulta difícil quedarse. Las propias colonias vikingas en la isla terminaron desapareciendo, absorbidas por el clima, el aislamiento y el desgaste. Groenlandia resiste incluso a quienes la habitan.

Quizás por eso estos textos siguen resultando actuales. No porque expliquen el presente, sino porque lo contradicen. Frente a la fantasía de la posesión total, las sagas ofrecen la memoria de un límite. Frente a la idea de que todo territorio puede ser integrado, comprado o administrado, recuerdan que hay tierras que se dejan recorrer pero no dominar.

Las sagas no extraen conclusiones. No formulan advertencias. Se limitan a narrar. Y en esa prosa seca, sin moralejas, dejan flotando una certeza antigua: hay lugares que existen para poner a prueba la ambición humana, no para satisfacerla. Territorios que recuerdan —a quien quiera escuchar— que incluso el primero puede terminar volviendo sobre sus pasos.

Fuente: telam

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