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14/01/2026

Tiene 33 años y dejó el smartphone para volver a un celular básico, sin internet: “Empecé a sentir que no hay vida real”

Fuente: telam

Cansada de la hiperconexión y de la ansiedad que le generaba estar permanentemente buscando su “mejor versión”, la escritora Nicole Marcuzzi volvió a un teléfono sin redes sociales ni aplicaciones. “Tardé más de seis meses en tomar esta decisión”, dice

>El video dura cuatro minutos y medio y ya tiene más de noventa mil reproducciones. Allí, Nicole Marcuzzi —escritora de 33 años y creadora del emprendimiento Human Creative House— anunció que iba a cambiar su smartphone por un “teléfono tonto” o dumbphone, de los que solo permiten realizar llamadas y enviar mensajes de texto. “Tardé más de seis meses en tomar esta decisión, pero por fin la tomé”, explicó.

A partir de ese momento empezó una búsqueda que derivó en una decisión concreta: dejar el teléfono inteligente y pasarse a uno básico y sin internet. El objetivo no es huir del mundo digital, sino ponerle límites. “Empecé a sentir que no hay vida real. Antes la computadora era un lugar al que uno entraba y del que salía. Ahora es al revés: nos retiramos de nuestra vida para meternos en la pantalla”, sostiene.

¿Cuáles son las señales claras del uso excesivo de celular? ¿Se puede trabajar y vivir sin WhatsApp? ¿Qué pasa con la ansiedad cuando se limita el uso del teléfono? ¿Cambiar de aparato podría ser una solución? En esta entrevista con Infobae, Nicole Marcuzzi responde esas y otras preguntas. Además, la palabra de la psicóloga Clara Oyuela, autora del libro “Crónicas de una abstinencia. Un experimento fuera de línea”.

La charla con su ahijada no quedó ahí. A partir de ese momento, Nicole empezó un proceso de autoexploración que la obligó a mirar de frente su relación con el celular y el mundo digital. Descubrió que pasaba hasta ocho horas por día frente a la pantalla, muchas veces sin darse cuenta. “Por ahí estás en la calle y tomás una reunión desde el celular. Empezás a hacer ese tipo de cosas y, de repente, te das cuenta de que te consume por completo. En el momento ni siquiera lo registrás”, dice.

Su vida online estaba atravesada por una lógica productivista. “Todo el tiempo era: ‘¿A ver qué podemos mejorar?’. Siempre buscando resultados, siempre con ese mensaje que circula en redes de ser tu mejor versión”, explica. Para ella, ese mandato se había vuelto una trampa: “Necesitamos ir en búsqueda de la mediocridad, o sea, al revés de lo que se vende. Cuando tu mejor versión está siempre atada a vender un nuevo producto o servicio, se vuelve una forma extrema del capitalismo: es como si estuvieras extrayendo cualidades de vos misma todo el tiempo, cincelándote para llegar a una versión que nunca es suficiente”.

En ese contexto, en junio del año pasado, decidió tomar cartas en el asunto y se sumó como voluntaria a una fundación que acompaña a niños con cáncer. Al mismo tiempo, comenzó a tomar clases de canto y pintura. No para monetizar, no para exhibir resultados, sino solo para experimentar. “Se trata de hacer cosas donde no tengo que ser mi mejor versión. Además, son espacios donde no toco el celular y estoy presente, en el aquí y ahora, explorando una faceta mía que el resto del día no existe”, asegura.

Después de empezar a recuperar espacios fuera de la pantalla, Nicole dio un paso más allá: intentó, por primera vez en años, pasar menos tiempo con el celular. El primer gesto fue simple pero simbólico. Compró un reloj despertador eléctrico y dejó el teléfono fuera de la habitación. Empezó a despertarse sin mensajes de WhatsApp ni notificaciones y creó un pequeño ritual para arrancar el día. “Antes de tocar el teléfono salía a recibir un poco de luz en el balcón y hacía algo de estiramiento corporal”, cuenta.

El cambio más radical fue a comienzos de este 2026, cuando se compró un celular básico, sin internet ni aplicaciones. “Me llevó más de seis meses tomar la decisión. Al principio pensaba: ‘Va a ser un quilombo’”, admite. Pero el malestar que sentía pesaba más. “No me estaba gustando el efecto que estaba teniendo en distintas áreas de mi vida, el hecho de estar crónicamente online”, dice.

Ese ruido también se filtraba en sus vínculos. Se veía con sus amigas cada vez menos porque, en teoría, ya estaban “al día” por WhatsApp, Instagram o videollamadas. “Después, cuando nos juntábamos en persona, no teníamos de qué hablar. ‘¿Sabés que fui a la peluquería?’. ‘Sí, te vi en Instagram’”. En el plano sexoafectivo, dice, la hiperconexión borró el misterio y la seducción: “Te conocés por una aplicación o una red social y te armás un personaje del otro antes de saber quién es realmente. Se crea una falsa intimidad”, dice.

La otra decisión que tomó fue proponer encuentros cara a cara en lugar de chats infinitos. “Todo bien con la pandemia y el boom digital, pero ya quedó atrás. Necesitamos sentirnos parte de una comunidad física y el precio a pagar es la incomodidad”, dice. “En un mundo donde solucionás una cena con Rappi en segundos o una duda con el ChatGPT, la incomodidad empieza a ser un bien escaso. Y eso hace que después entres a redes sociales, veas la vida de otras personas y creas que es soplar y hacer botella. La verdad es que la vida es un proceso y eso se nos está olvidando”, agrega.

Antes de cambiar de teléfono, Nicole habló con su equipo de trabajo y estableció algunas pautas: “Les dije que iba a estar disponible por WhatsApp una hora a la mañana y una hora a la tarde. El resto del tiempo pueden llamarme al otro número o mandarme un mail porque, cada tanto, voy a revisar la computadora. De eso se trata, de una danza entre lo analógico y lo digital”.

Por ahora es todo muy reciente. “Lo estoy haciendo paulatinamente, tratando de reacomodarme y recordando que lo hago por gusto. Sé que no voy a dejar el smartphone al cien por cien, porque hay un montón de cuestiones que pasan por ahí, pero quiero transformarlo en ese espacio que yo tenía en la adolescencia, cuando me dejaban prender el módem media hora y yo era feliz en Messenger. Después me desconectaba y me olvidaba”, agrega.

En su exploración, apareció algo casi olvidado: el aburrimiento. “No es natural que estemos constantemente estimulados. El ser humano evolucionó a partir del aburrimiento. Cuando me desintoxico de esa dopamina fácil y rápida que ofrecen las redes, aparece un vacío fértil para la creación”, sostiene.

Entre 2021 y 2023, la psicóloga Clara Oyuela realizó distintos experimentos de desconexión del celular con adolescentes y adultos. A partir de esos procesos, pudo identificar una serie de síntomas que genera el uso excesivo del teléfono, entre ellos, depresión, ansiedad, irritabilidad, baja autoestima, déficit de imaginación, trastorno de la autopercepción, falta de concentración, problemas en la vista y trastornos del sueño.

En 2018, ella misma eliminó las redes de su teléfono. Esa experiencia derivó en la charla TEDx Según Oyüela, lo que cuenta Nicole Marcuzzi coincide con lo que vio en estos procesos y con lo que registró en una experiencia personal de desconexión de 30 días: “Calma, menos ansiedad, más alegría de vivir, más presencia en las rutinas, más energía, más concentración y vínculos cotidianos más ricos”.

Fuente: telam

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