13/01/2026
¿El cuerpo humano está preparado para los viajes prolongados al espacio?: los efectos sobre el cerebro y las células
Fuente: telam
Dos estudios científicos independientes comprobaron el desplazamiento cerebral y nuevas redes moleculares. Los detalles
>Durante décadas, la exploración espacial se concentró en cohetes, trajes y sistemas de soporte vital. El Esa visión comenzó a cambiar a medida que lasAsí, los estudios ya nos decían que la experiencia de viajar fuera de la Tierra no solo modifica la postura y el equilibrio del cuerpo humano.
Pero nuevas investigaciones muestran que los vuelos espaciales desplazan el cerebro dentro del cráneo, generan deformaciones no lineales persistentes y reconfiguran redes moleculares asociadas a enfermedades cardíacas, neurológicas, musculares y sensoriales. El espacio emerge así como un entorno extremo que revela, de forma acelerada, los límites biológicos de la vida humana.Los dos estudios publicados fueron destacados por el prestigioso cardiólogo y genetista estadounidense, Hoy, el cerebro ocupa el centro de una de las preguntas más inquietantes de la biología espacial: qué ocurre cuando la gravedad desaparece durante meses. El regreso a la Tierra revela una señal clara. Tras un vuelo espacial tripulado, el Los datos de resonancia magnética muestran un desplazamiento hacia arriba y hacia atrás dentro del cráneo, acompañado por rotaciones sutiles que alteran su posición promedio. No se trata de un movimiento uniforme.Estos cambios no responden a una simple ilusión estadística. El análisis detallado de imágenes cerebrales antes y después de la misión permitió cuantificar traslaciones y deformaciones regionales que permanecían ocultas en estudios previos.
Al alinear el cráneo como referencia fija, los investigadores aislaron el movimiento real del tejido cerebral. El resultado fue contundente: el cerebro se reacomoda dentro del compartimento craneal como respuesta directa a la exposición prolongada a la microgravedad.Cuanto más tiempo pasa una persona en el espacio, mayor es el desplazamiento observado. En quienes permanecieron un año en órbita, la corteza motora suplementaria registró el ascenso más pronunciado. Este dato no queda restringido al terreno anatómico.El fenómeno no desaparece de inmediato al regresar a la Tierra. Durante los seis meses posteriores al aterrizaje, el cerebro muestra una recuperación generalizada, en especial en el eje vertical. Sin embargo, parte de la deformación persiste más allá de ese período. El hallazgo plantea interrogantes relevantes sobre la adaptación a largo plazo y sobre los límites de reversibilidad del sistema nervioso humano.
Y agregaron: “Además, observamos cambios simétricos de izquierda a derecha que no fueron evidentes en el cambio de posición promedio debido a la cancelación de señales. En aquellos que pasaron un año en el espacio, la corteza motora suplementaria mostró el mayor desplazamiento hacia arriba.”
Un dato clave surge al comparar astronautas con participantes de estudios terrestres de reposo prolongado con inclinación de cabeza hacia abajo, un modelo clásico para simular la redistribución de fluidos en microgravedad. Ambos grupos presentan patrones similares de desplazamiento cerebral, aunque con diferencias notables. El entorno espacial intensifica y complejiza el efecto, lo que refuerza la idea de que la microgravedad real introduce variables que ningún análogo terrestre logra reproducir por completo.Mientras el cerebro se desplaza, algo igual de profundo ocurre a una escala mucho más pequeña. Las células humanas expuestas al entorno espacial reescriben parte de su programación molecular. La Estación Espacial Internacional se convirtió en un laboratorio privilegiado para observar ese proceso en tiempo real.
“Nuestro estudio investiga los cambios globales en la abundancia de ARN mensajero (ARNm) en la línea celular THP-1, un linaje monocito-macrófago conocido por su plasticidad y sus características de reprogramación inmunitaria. Identificamos vías con genes que afectan la contracción muscular y cardíaca, el sistema neuronal y la percepción sensorial”.
Las alteraciones detectadas no siguieron un patrón aleatorio. Los análisis computacionales vincularon los cambios de expresión génica con trastornos cardíacos, neurológicos, musculares, renales y sensoriales. Esos mismos sistemas aparecen de manera recurrente entre los problemas de salud reportados por astronautas tras misiones prolongadas.Cada una de estas redes se asocia con funciones críticas como la visión, el sueño y el movimiento, lo que refuerza el vínculo entre los cambios moleculares y los síntomas observados en humanos.
Otro hallazgo relevante fue la reducción en la transcripción regulada por genes de reparación del ADN. En un entorno donde la radiación ionizante alcanza niveles más altos que en la superficie terrestre, esta disminución adquiere una dimensión preocupante. La exposición a rayos cósmicos galácticos y eventos de partículas solares ejerce una presión constante sobre los mecanismos celulares de protección genética.Este tipo de cambios explica por qué los viajes espaciales pueden acelerar procesos asociados a enfermedades que en la Tierra se desarrollan de forma más lenta. En semanas o meses, las células exhiben patrones de expresión génica comparables a los observados en patologías crónicas. Desde esta perspectiva, el espacio funciona como un modelo biológico extremo.
La novedad no radica solo en el riesgo, sino también en la oportunidad. El uso de modelos celulares, enfoques multiómicos e inteligencia artificial abre la puerta a un descubrimiento más rápido de dianas terapéuticas y fármacos.Este conocimiento cobra especial relevancia en un contexto de expansión de la actividad humana más allá de la órbita baja. Las misiones prolongadas a la Luna o Marte exponen al cuerpo humano a condiciones para las que no evolucionó. El desplazamiento cerebral persistente y la reconfiguración de redes moleculares asociadas a enfermedades dejan claro que el desafío no es solo tecnológico.
El espacio revela, con una claridad incómoda, los límites de la biología terrestre. Cada centímetro que el cerebro se mueve dentro del cráneo y cada gen cuya expresión se altera en una célula cultivada en órbita aportan piezas a un mismo rompecabezas.
Fuente: telam
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