13/01/2026
El calentamiento global modifica la frecuencia e intensidad de las lluvias, confirmó un nuevo estudio
Fuente: telam
Un análisis de registros fósiles revela que los episodios de calor extremo alteran la cantidad y virulencia de las precipitaciones, lo que podría provocar cambios imprevisibles en el clima
>Comprender cómo se comportan las precipitaciones bajo condiciones deMás allá de la cantidad total de agua que cae, la ciencia pone el foco en la variabilidad: nuevas evidencias del pasado geológico sugieren que el calor intenso no solo Esta línea de investigación se detalla en un reciente El equipo de investigadores analizó cómo la precipitación respondió a los episodios de calentamiento extremo durante el Paleógeno temprano, un periodo que tuvo lugar hace entre 66 y 47,8 millones de años.
El artículo señala que las regiones polares experimentaron condiciones húmedas y hasta monzónicas, mientras que los interiores continentales de latitudes medias y bajas sufrieron aridez interrumpida por lluvias intensas. Según los autores, “este cambio en el hidroclima ocurrió tres millones de años antes y se sostuvo siete millones de años después del Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (PETM, por sus siglas en inglés), el periodo más cálido de la era Cenozoica”, cuando las temperaturas superaban en 18 °C los niveles preindustriales.Este hallazgo contradice el modelo tradicional que predice que los lugares húmedos serán más húmedos y los secos, más secos, bajo el calentamiento global.La investigación también resalta la importancia de la intermitencia y la intensidad de las lluvias. Según el artículo, estos factores pueden provocar cambios en los ecosistemas aunque la cantidad total de agua no varíe de manera significativa. El trabajo advierte que “los cambios hacia la aridez estuvieron desacoplados de la precipitación media anual e impulsados por la distribución estacional e interanual de la precipitación, como estaciones húmedas más cortas e intervalos de recurrencia de lluvia interanual más largos”.
Dado que no existen registros directos de las lluvias de hace 50 millones de años, los científicos utilizaron un método basado en proxies o indicadores climáticos: evidencias físicas conservadas en el registro geológico que permiten deducir las condiciones ambientales del pasado. Para este estudio, el equipo integró tres tipos de fuentes: fósiles de plantas, suelos antiguos y sedimentos de ríos. Esto les permitió calcular no solo la cantidad de agua, sino también la “intermitencia”, es decir, si llovía de forma constante o en episodios intensos separados por sequías.Thomas Reichler, coautor del estudio, explica en el comunicado oficial de la Universidad de Utah que las características de la vegetación antigua son fundamentales para estas estimaciones. “A partir de la forma y el tamaño de las hojas fosilizadas, se pueden inferir aspectos del clima de aquella época, ya que se observan dónde existen hoy plantas similares con esas hojas. Por lo tanto, esto sería un indicador climático. No es una medición directa de la temperatura o la humedad; es evidencia indirecta del clima de aquella época”, señala.Aunque los autores advierten que estas reconstrucciones conllevan cierto margen de incertidumbre al ser indirectas, constituyen la herramienta más precisa disponible para comprender cómo reacciona la atmósfera bajo condiciones de calor extremo.
El estudio lanza una advertencia sobre las herramientas que usamos hoy para predecir el futuro: sugiere que los modelos climáticos actuales no captan la verdadera magnitud del caos que puede alcanzar la lluvia. Las comparaciones con el pasado indican que los modelos actuales subestiman cuán irregular puede volverse la lluvia durante un calentamiento extremo. Esto es crítico, ya que si los modelos son demasiado optimistas sobre la regularidad del agua, fallarán las estrategias para administrar embalses y proteger la agricultura.Los científicos descubrieron que la aridez del pasado no se debió necesariamente a que cayera menos agua en total durante el año, sino a cómo se repartía esa agua. El problema real eran los tiempos: las temporadas de lluvia se volvían más breves y los intervalos de sequía entre una tormenta y otra eran mucho más largos.
Fuente: telam
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