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10/01/2026

Se cumplen 19 años de Daniel Ortega en el poder: cómo consolidó la dictadura más cruel de Nicaragua

Fuente: telam

En menos de dos décadas, un presidente electo transformó al país centroamericano en una dinastía familiar: eliminó elecciones reales, persiguió a la disidencia y gobernó mediante el terror institucionalizado

>En 2006, el sociólogo y economista Óscar René Vargas era uno de los varios intelectuales nicaragüenses que apoyaban la campaña electoral para que Daniel Ortega, el candidato del Frente Sandinista, regresara al poder.

Se disfrazó como Chayanne y se mostró peleonero en 1990. Luego se vistió de blanco y pregonó la paz, reconvertido en una especie de monje, en 1996. Pidió perdón a la iglesia católica que persiguió en los años 80 y hasta abandonó la unión de hecho que tenía con Rosario Murillo y se casó en solemne ceremonia religiosa para mostrarse familiar y en sintonía con los preceptos católicos, en las campañas de 2001 y 2006.

Nada de eso le valió. Sus votantes no pasaban del 38 por ciento y para ganar en primera vuelta, según las reglas electorales nicaragüenses, necesitaba sobrepasar el 45 por ciento de los votos, una vara que le quedaba demasiado alto. Y ya en segunda vuelta no tenía ninguna posibilidad ante un mayoritario antisandinismo unido.

El salvavidas le llegó a través de un pacto con el entonces caudillo liberal, Arnoldo Alemán, que le permitió, a pesar de estar en minoría en el parlamento, reformar la constitución y bajar la exigencia electoral para ganar en primera vuelta al 35 por ciento de los votos. Prácticamente una regla a su medida. Así, con el antisandinismo dividido, gana las elecciones de 2006 en primera vuelta, con solo su 38 porciento de los votos.

Desde otra acera, Juan Diego Barberena vio con temor el regreso de Ortega al poder en ese enero de 2007. Tenía entonces solo 11 años y una familia con credenciales antisandinistas. Incluso, su padre luchó contra la revolución sandinista en los años 80.

La Nicaragua que conoció Barberena empezaba a dejar de existir. “Había libertad de expresión, los ciudadanos se podían expresar libremente y los medios informaban sin ningún tipo de problemas. Podían haber algunos obstáculos, como en cualquier democracia imperfecta pero había libertad de movilización, de tal manera que el Frente Sandinista se movilizaba y promovía huelgas constantemente”, recuerda de su niñez.

Ahora se sabe, que la baja más notoria de esa etapa que moría con Ortega fue la alternacia en el poder. “Por Primera vez en nuestra historia política reciente hubo alternancia en el poder. Las libertades públicas estaban vigentes”, añade.

El sociólogo Vargas participó temprano en el diseño del nuevo país, a través de un pequeño comité “estratégico” de apenas cinco personas que se reunía con frecuencia y donde, en principio, “no se dejaba en entrar a Rosario Murillo”.

Estados Unidos y la Unión Europea aceptaron a Ortega “como el mal menor”, y el flujo de recursos provenientes de Venezuela permitió consolidar una red de clientelismo político y el surgimiento de lo que Vargas llama “la chayo burguesía”.

Pero, bajo la superficie se producía una lenta descomposición del tejido social y político. En 2016, el régimen comenzó a eliminar partidos opositores y a vaciar de contenido las elecciones. La abstención masiva en los comicios generales y municipales fue una señal temprana de la crisis que vendría.

Los primeros diez años, Ortega gobernó en una extraña alianza con el gran capital, que le permitió consolidar la dictadura a través del control y la sumisión de todos los poderes del Estado, el Ejército y la Policía. Ortega les dio poder aparente a los empresarios en el manejo económico del país, con la condición de que se le dejara hacer lo que quería en el campo político.

El dinero petrolero que le llegaba desde Venezuela para su libre uso le permitió crear una base clientelar que no opuso resistencia cuando les quitaron sus libertades.

Barberena identifica tres momentos decisivos. “El primero es el fraude electoral de 2008”, que permitió al Frente Sandinista controlar el territorio y desplegar su maquinaria de vigilancia. El segundo fue la sentencia de la Corte Suprema que habilitó la reelección presidencial en 2011. “Ahí hay responsables claros en la Corte Suprema de Justicia”, subraya. El tercero, la reforma constitucional de 2014 que permitió la reelección indefinida y sentó las bases de la perpetuación en el poder.

El quiebre definitivo llegó en abril de 2018. La rebelión cívica, detonada por reformas al sistema de seguridad social, se transformó en una demanda nacional de cambio de régimen.

Desde entonces, la represión se volvió permanente. Periodistas, defensores de derechos humanos, líderes estudiantiles, religiosos y opositores políticos fueron encarcelados, despojados de su nacionalidad o forzados al exilio bajo acusaciones de “traición a la patria”.

Ese mismo año, Ortega y Murillo se autoproclamaron en el poder sin disimulo. En 2022 y luego en 2025, reformas constitucionales terminaron de desmantelar el orden legal. Barberena recuerda que “en la historia de Nicaragua, solo William Walker en 1856 y ahora Ortega y Murillo se han autoproclamado en el poder”.

¿Por qué Ortega eligió la dictadura para gobernar? La primera respuesta es porque pudo, y la segunda es porque lo necesitaba para instalar su dinastía. “Ortega y su círculo más cercano nunca concibieron la vida fuera del poder”, dice Barberena. La derrota electoral de 1990 fue una experiencia que no estaban dispuestos a repetir. “Cuando retomaron el poder el 10 de enero de 2007 lo hicieron con la convicción absoluta de no entregarlo jamás, tal como lo reconoció el comandante (sandinista) Tomas Borge”.

En el plano internacional, los acontecimientos en Venezuela han introducido un nuevo elemento de incertidumbre. Barberena considera que “la transición que parece iniciarse en Venezuela va a tener un efecto inevitable en Nicaragua”. Venezuela fue el principal aliado político y económico del régimen, junto con Cuba. Su debilitamiento obliga a Ortega y Murillo a recalcular sus oportunidades.

Para Barberena, el régimen enfrenta una disyuntiva similar. “Veo dos escenarios: la negociación o la radicalización total encabezada por Rosario Murillo”. En ambos casos, 2026 será un año clave. “Mi impresión es que 2026 será un año de altísima intensidad política en Nicaragua”, sostiene.

Juan Diego Barberena, como otros cientos de miles de nicaragüenses, está en el exilio. Diecinueve años son dos tercios de su vida. En ese tiempo se graduó de abogado en Managua, hizo un posgrado en Costa Rica y una maestría en España. Y, por supuesto, es opositor.

Fuente: telam

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