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09/01/2026

Mi vida, mi oficio: los secretos de un tanatopractor con 40 años de oficio y cómo es preparar el cuerpo de una persona fallecida

Fuente: telam

Daniel Carunchio nació dentro de una funeraria y se convirtió en un embalsamador tanatólogo. El detrás de escena de su trabajo, cuánto se puede ganar en el rubro y las condiciones de su tarea: “Hay feos olores, hay cuerpos que vienen sucios. Es una forma de ayudar”

>Desde chico, Daniel Carunchio se crio en el negocio familiar: una funeraria. “Mi familia tenía una empresa muy conocida, Cochería Paraná, y hacíamos 1.200 funerales al mes. Así que viví ahí adentro”. Confiesa que no lo impulsó el amor por la profesión, sino la necesidad. Al principio, dice, le daba impresión tratar con cadáveres. Tomaba todas las medidas de bioseguridad que podía. “Pero después te vas acostumbrando”, admite.

Se convirtió en un embalsamador tanatólogo, también conocido como un tanatopractor: el oficio de quienes se encargan de la preparación, conservación, higienización y restauración estética de los cuerpos de las personas fallecidas. Su propósito es ofrecerles a las familias una imagen decorosa y serena de sus seres queridos en su adiós. Maquilla y también, de ser necesario, reconstruye.

En su mundo no existen los horarios fijos ni los feriados. El teléfono es su alarma. Puede sonar mientras cena, duerme o comparte un momento familiar. “Trabajo todos los días, 24 horas, 365 días. Me llaman por una preparación y hay que ir”, repite, acostumbrado a vivir en estado de alerta. Su entorno ya no se sorprende. Están acostumbrados. “Mis amigos me conocen de toda la vida. Todos saben cómo es lo mío”.

La economía del rubro es particular: la mayoría de los tanatopractores son autónomos y pueden facturar entre 30 y 40 casos por mes, sumando cifras que varían según la demanda y la urgencia. “No es un salario porque la mayoría son autónomos, son monotributistas, y pueden facturar entre 3 y 4 millones de pesos por mes, depende cómo te muevas y lo que hagas”, explica. Aun así, advierte: “Son pocos los que se dedican porque realmente te tiene que gustar ayudar. Es una forma de ayudar a otros en el peor momento”.

El proceso de trabajo es meticuloso y está rodeado de protocolos. Todo empieza revisando la documentación: el certificado de defunción firmado por un médico matriculado y registrado en el registro civil donde falleció esa persona, la autorización de la familia para trabajar sobre el cadáver y la planilla tanatoestética que detalla los deseos y necesidades sobre el cuerpo. “Nos dice si la abuela tenía un lunar, si hay que afeitarlo o hay que mantenerlo. Si se esmaltaba las uñas, de qué color, o si se pintaba los labios”, explica.

El objetivo es claro, comenta Daniel: “Se recuperan sus facciones naturales para que lo puedan despedir dignamente, sin contagio de enfermedades, sin olores, sin derrame de líquidos y, sobre todo, ayudando a la elaboración del duelo de esa familia que está en un momento de negación, de dolor, de ira por la pérdida de su ser querido”.

Fuente: telam

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