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25/03/2025

Robó en una estación de servicio y once años después lo contrataron como playero: la segunda oportunidad de Matías “el Colo” Neusch

Fuente: telam

En 2010 fue condenado a siete años de prisión por un prontuario que incluía ocho asaltos calificados y dos en grado de tentativa. Dos años más tarde, al llegar a la Unidad N° 48 de San Martín, conoció a Los Espartanos y su vida cambió por completo. “Todo lo que soy es gracias a ellos”, asegura

>La primera vez que robó, Matías “el Colo” Neusch (38) tenía 12 años. Iba caminando, solo, por la calle, cuando vio venir a un chico pedaleando. Dudó unos segundos, pero luego lo frenó y le dijo: “Dame la bicicleta”. Si se resistía, él pensaba zafar con un “era una joda”, pero no hizo falta. Le entregó el rodado y salió corriendo. Ese episodio marcó el inicio de un historial que lo llevaría, con el tiempo, a asaltar desde estaciones de servicio hasta cadenas de supermercados. En 2010, después de concretar una decena de robos, lo condenaron a siete años de prisión. Pero durante el encierro, el azar torció su destino.

Después de recuperar la libertad, en enero de 2017, Matías consiguió un puesto como administrativo en el Ministerio de Trabajo bonaerense, otro en una hamburguesería y —paradoja de la vida— como playero en una estación de servicio YPF, ubicada en la intersección de la Ruta Nacional 8 y la 202, en San Miguel, donde había robado en el año 2009. “Yo no podía creerlo. Por suerte, los empleados que trabajaban ahí ya no eran los mismos”, cuenta.

Matías Neusch nació el 9 de enero de 1987 en la localidad de San Miguel, al noroeste del conurbano bonaerense. Creció sin su madre y con un padre que, según cuenta, lo echó de la casa cuando todavía era un niño. “Me crié en la calle”, asegura. Durante un tiempo vivió con una tía, pero la convivencia también era inestable. “Cuando me portaba mal, me echaba. Volvía a la calle, después otra vez a su casa, y así fue hasta que terminé preso”, cuenta.

En algunos casos, asegura, ni siquiera llevaba un arma. “Iba como un cliente más y les decía: ‘Cárgame la nafta y dame toda la plata’. Y lo hacían. La adrenalina que me generaba todo eso era inexplicable. Cuando me corría la policía sentía una especie de fuego subiéndome por el cuerpo”, agrega. Ahora, con la distancia del tiempo, asume el daño que provocó: “Si bien nunca lastimé físicamente a nadie, sí causé daño psicológico, y eso es triste. Hace poco le robaron la bicicleta a mi hijo y me sentí muy mal. Me hizo pensar en todo el miedo que deben haber sentido esas personas cuando yo las asaltaba”.

Matías dice que jamás pensó que podía tener otro estilo de vida. “Nunca tuve a nadie que me hablara o me marcara otro camino. La gente grande que me rodeaba no me cuidaba, al contrario: me hicieron probar cocaína, marihuana... Yo conseguía plata fácil y eso les convenía. Era un pibe y me usaban”, lamenta.

En 2010, Matías quedó detenido tras una seguidilla de robos. Tenía 23 años y un prontuario que incluía ocho asaltos calificados y dos en grado de tentativa. “Cuando caí, pregunté si podía arreglar con plata, como ya lo había hecho antes, y me lo negaron. ‘Con vos no se puede arreglar nada. Estás más buscado, colorado…’, me dijeron”. Lo condenaron a siete años de prisión. Durante los dos primeros pasó por once unidades penitenciarias: la N° 46 de San Martín, la N° 9 de La Plata, la N° 39 de Ituzaingó, la N° 41 de Campana, la N° 38 de Sierra Chica, la N° 30 de General Alvear, la N° 42 de Florencio Varela, la N° 36 y la N° 28 de Magdalena, la N° 18 de Gorina y la N° 1 de Lisandro Olmos.

Durante esos dos primeros años, Matías solo pensaba en salir y seguir delinquiendo. “Estaba resentido con la vida. No me importaba nada”, admite. Hasta que en 2012 lo trasladaron a la Unidad N° 48 de San Martín y todo cambió. “Me crucé con un amigo que conocía de otro penal, que estaba con Los Espartanos. ‘¿Qué hacés, Colo? ¿Querés jugar al rugby?’, me dijo y me invitó a su pabellón”, recapitula.

Ese gesto fue el inicio de una transformación que, asegura, le cambió su forma de entender la realidad. De la mano de Los Espartanos, “el Colo” no solo aprendió a jugar al rugby, sino a rezar el rosario, a saludar con un “buen día” y a dar las gracias. “Ahí entendí lo que era el respeto”, asegura. En el pabellón, el clima era otro: no se hablaba de delitos ni de venganza. Se hablaba de técnicas, jugadas y entrenamiento. “Los Espartanos me enseñaron a mirar la vida de otra manera. Si no hubiera pasado por ahí, capaz me mataban adentro de la cárcel o cuando saliera”, reflexiona.

Tras su liberación, el 11 de enero de 2017, la Fundación Espartanos lo ayudó a reinsertarse y comenzó a trabajar en una hamburguesería. En paralelo, él mismo fue a golpear las puertas del Ministerio de Trabajo bonaerense y consiguió un puesto como administrativo.

“Yo no podía creerlo. Por suerte los empleados que trabajaban ahí ya no eran los mismos”, cuenta. “Al principio me pusieron un tutor que me enseñó todo: desde servir café hasta acomodar góndolas, cargar gas y nafta”, dice. Estuvo allí hasta 2022. Luego, mientras construía su propio departamento, se independizó y comenzó a trabajar como chofer en una aplicación.

Desde hace un año, Matías trabaja como encargado de mantenimiento en un paseo de compras en Tortuguitas. Se ocupa de resolver todo tipo de arreglos: desde fallas eléctricas hasta problemas de plomería. Aunque evita hablar de su pasado, a veces se filtra. “No me gusta contar que estuve preso. Si algo desaparece, siento que me van a echar la culpa a mí. Es un prejuicio que todavía arrastro. Me pasaba lo mismo en YPF: no podía faltar ni un caramelo porque me sentía mal”, admite.

Ya no juega al rugby por una lesión, pero sigue vinculado al equipo. Cada tanto asiste a algún encuentro o partido de Los Espartanos. Su hijo mayor, en cambio, sí juega: lo inscribió apenas salió de prisión. “Yo aprendí esos valores de grande. Él los aprendió desde chico. Hoy es un señorito. Hace deporte y va a la universidad”, dice con orgullo.

La Fundación Espartanos nació en 2009 por iniciativa del abogado penalista Eduardo “Coco” Oderigo, quien tras una visita al penal de San Martín advirtió el nivel de desesperanza que atravesaban las personas privadas de su libertad. Poco después regresó con una pelota de rugby e inició una experiencia transformadora que hoy alcanza a más de 2.500 internos en 44 unidades penitenciarias de 21 provincias del país, además de seis cárceles en el exterior. La propuesta se basa en cuatro pilares: deporte, educación, espiritualidad y vinculación con el mundo del trabajo.

Una vez en libertad, el seguimiento continúa a través del programa “Entretiempo”, que ofrece prácticas laborales y becas económicas para gastos personales. En 2024, la fundación logró insertar a 37 personas en nuevos empleos, alcanzando un total de 126 espartanos trabajando en 33 empresas aliadas. Además, el Espartanos Rugby Club —el equipo en libertad— compitió en torneos de la URBA, realizó una gira a Uruguay y continúa siendo una comunidad de contención y crecimiento para quienes apuestan por una vida lejos del delito.

Fuente: telam

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