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23/03/2026

Jacobo Winograd abre su corazón en Solo por hoy: "Mi hija Nazarena me salvó, porque si seguía jugando me arruinaba la vida"

Fuente: telam

En una entrevista con Luciana Rubinska, el mediático contó los detalles del día que hizo saltar la banca en el casino de Mar del Plata. "Cuando era muy joven me di cuenta que entraba a jugar a las tres de la tarde y me iba a las tres de la mañana", relata en la nota

La escena no ocurre al borde de una ruleta, sino en una enfermería, a metros de la sala especial del casino de Mar del Plata. Jacobo Winograd, con taquicardia, espera recostado en una camilla. No quiere ver caer la bola. De golpe, un grito atraviesa la pared: "�Salió el treinta y dos!" Como el rugido de un estadio después del gol de Maradona a los ingleses, la noticia recorre la sala. Un médico entra y le dice: "Tranquilo, vino el treinta y dos, Jacobo". Él acaba de hacer saltar la banca. La historia la cuenta como si fuera la primera vez en una entrevista con Luciana Rubinska para la sección Solo por hoy de Infobae.

Jacobo Winograd fue muchas cosas: empresario, actor, mediático, comediante y conductor de radio. Pero su leyenda nacional se forjó en el juego.

"Era un placer que no me lo daba ni una mujer, nadie", confiesa sobre el vértigo de apostar. "No sé cómo explicarlo� era como entre cincuenta orgasmos".

En el mundo del casino, la frase "billetera mata galán" lo hizo famoso. Él mismo la patentó: "Un día, Jorge Guinzburg me pregunta por qué siempre hay chicas jóvenes con tipos grandes en el casino y le dije: 'Mirá, Jorge, billetera mata galán'. Se lo contó a Castelo, y me dijeron que la patentara. Me salió un montón de publicidad".

Su número fetiche era el treinta y dos. Con ese número, en 1988, saltó la banca del Casino de Mar del Plata y ganó cerca de 4.200.000 dólares. Lo hizo con un sistema que había diseñado para jugar con muchos apostadores: "Estudié e instrumenté un sistema con muchos jugadores a la vez. Yo les indicaba cómo apostar. Siempre, después de errar tres o cuatro bolas, venían cinco, siete o diez buenas. Jugaba fuerte, eh".

El operativo era clandestino, pero dentro de las reglas: "Les daba la plata en la calle porque dentro del casino no se podía, ni se puede ahora. Iban, compraban las fichas de chance e imitaban lo que yo hacía". Cuando el treinta y dos salió, la sala especial cerró quince días.

Hijo de un polaco y una alemana, Jacobo nació el 16 de agosto de 1951. Sus padres, Saúl Winograd y Marta Messing, se conocieron en el campo de concentración de Auschwitz y lograron escapar. Primero huyeron a Chile y después a la Argentina, cuando Jacobo tenía cuatro años. Se instalaron en el barrio de Mataderos.

Su madre, marcada por el trauma, terminó abandonando a la familia. "Mi mamá nos dejó, pero después entendí por qué. Yo tenía que pedirle perdón a ella, no ella a mí, porque ella estuvo en los campos nazis. Sufrió mucho".

Su papá, "el gran amor de mi vida", no podía cuidar de él y sus hermanas. Jacobo terminó en un asilo de la AMIA en Burzaco y sus hermanas en un colegio de mujeres. Permaneció allí hasta los trece años, cuando se escapó con amigos. Para sobrevivir, vendía diarios de madrugada y chocolates en la puerta de los boliches.

La reconciliación con su madre llegaría mucho después, en la tumba: "Fui a verla con mi hija. Le pedí perdón, porque yo la critiqué en una época, estaba enojado. Amaba a mi papá con locura, pero mi mamá sufrió mucho. Los responsables fueron los nazis. Los odio por lo que hicieron en la humanidad".

El juego, para Jacobo, fue una adicción temprana y devastadora. "Cuando era muy joven empecé a jugar y me di cuenta que entraba a las tres de la tarde en el casino, me iba a las tres de la mañana", relata.

"Jugaba, jugaba, jugaba y no me importaba nada. Era una adicción. La única adicción fuerte que tuve fue esa. Nunca tomé drogas, nunca tomé alcohol. La adicción fueron las mujeres, pero el juego fue la más grande".

La noche en Mar del Plata tenía sus propios códigos. "Estaba lleno de prestamistas y cobraban el 10% semanal. O pagabas con plata o pagabas con la vida", explica

Nunca firmó pagarés. La palabra bastaba. "Me conocían. Había mucha gente famosa que jugaba fuerte. Tenías que pagar sí o sí".

En el camino perdió todo tipo de bienes: "Perdí fortuna, pero fortuna. Propiedades, muchos coches, Mercedes-Benz, departamentos. Todo lo que ganaba en televisión me lo jugaba".

En una semana llegó a vender quince o veinte autos de alta gama. "Llegué a vender una casa en Martínez, donde se filmaron varias películas. Vendí la casa, dos pisos en Libertador, un montón de coches importados".

Cuando no quedaba nada, pagaba con lo que encontraba: "En ese momento el Rolex estaba de moda. Tenía varios Rolex como inversión y los vendí para pagar".

"Nadie puede ganarle al casino. El que inventó la ruleta se pegó un tiro porque no le pudo ganar. Es el juego más noble que hay, pero no le podés ganar. Si jugás un rato y te vas, podés ganarle. Pero si te quedás, la permanencia te mata", advierte.

El costo humano también fue alto. "El casino destruye familias. Vi gente que se mató, que se tiró al mar en Mar del Plata. Es muy difícil".

La salud, por momentos, estuvo en riesgo. "Tuve un problema de salud, estuve internado cinco días. Me hicieron una colonoscopía y la biopsia dio benigna, gracias a Dios. Pensé que partía".

En 1996 nació su única hija, Nazarena ("Nacha"). "Ella me sanó el alma, el corazón", dice Jacobo. "Fue mi ángel guardián y me salvó de muchas cosas. No solo en el juego: antes me peleaba con todo el mundo, decía barbaridades en televisión. Ella me calmó".

Desde ese nacimiento, asegura que dejó el juego. "Mi hija fue lo que me hizo calmar. Si yo seguía jugando, me arruinaba la vida, se la arruinaba a mi hija. Me iba a enfermar, un día iba a hacer una locura. Me di cuenta que el juego no te lleva a nada".

La trampa está en intentar ganarle a la casa. "El casino tiene tiempo, resto y te espera. De enero a enero, la plata es del banquero. El que juega por necesidad pierde por obligación".

La movida para saltar la banca incluyó logística y coordinación: "Eran todos empleados míos del Sheraton, los choferes. Hablé con mi gerente y le dije: 'Que vengan todos para Mar del Plata'. Jugamos cuarenta personas, cada uno con su documento. No era trampa: si venía el uno, perdía; si venía el cero, perdía. Vino el treinta y dos porque Dios quiso".

La fama de Jacobo creció tras su salto a la televisión, en el programa Mediodía con Mauro conducido por Mauro Viale, opinando de casos policiales y mediáticos como el de Cóppola. "Treinta y ocho años en los medios. Antes me peleaba con todo el mundo, me agarraba a trompadas, decía barbaridades. Vos me viste en televisión".

Pero la sombra del juego lo acompañó siempre. "Yo no puedo dejar mensaje ahora que están todos los chicos jugando online, desesperados por el juego. Paren un poco, que el juego no es� Yo sé lo que jugué, yo sé lo que perdí".

El casino flotante de Puerto Madero fue su último refugio social: "De vez en cuando voy al barco de Puerto Madero. Estoy echado de muchos casinos. No por nada raro, porque no me quieren".

El ciclo del jugador es perverso: "Cuando estás metido y jugado, como perdiste, pedís más para ver si la podés recuperar. Y pedís más, y pedís más. Por eso el que juega por necesidad pierde por obligación".

La adicción arrastra todo. "Hay gente que ha vendido el departamento, el auto, se ha hipotecado, ha perdido su familia. He visto cosas muy fuertes. Una amiga mía, esposa de un médico, se pegó un tiro. Una pareja de amigos se metió con el auto al mar. Todo por las deudas".

El consejo es directo: "Si les gusta el juego, jueguen con precaución, jueguen lo que puedan jugar, jueguen poco. Si perdieron, se van. No vayan a buscar la revancha porque va a ser muy difícil".

La fortuna atrae multitudes. "Siempre existieron los amigos del campeón", dice Jacobo. "Pero no existen los amigos del perdedor. Se borran. Yo no inventé nada, es la ley de la vida".

En la cima, la soledad es distinta. "Pensé que me iba a llevar el casino a mi casa, porque gané los primeros cinco, seis días. Dije: 'Qué fácil, me hago millonario'. Mentira, mentira. Me mentí. Después, cuando perdés, estás solo".

Jacobo nunca estafó ni quedó debiendo. "Todos decían que era el mejor pagador".

"Creo que Dios tenía un camino para mí. Después de todo lo que padecí, después de todas las cosas que perdí, me premió con mi hija, con la vida que tengo ahora. Estoy bien de salud, me cuido".

No le habla mucho a su hija del juego, pero ella sabe todo. "Le expliqué que es una enfermedad. Hay otro Jacobo. Ya no soy el Jacobo de los 90, el Jacobo de la televisión, el Jacobo del juego. Eso pasó a otra etapa".

El futuro, para Jacobo, es otro: "Sueño con ver un país mejor, con que la Argentina despegue, que la gente esté bien, que los jubilados ganen bien, que los discapacitados tengan la atención que tienen que tener, que ayudemos a los hospitales como el Garrahan, que estemos más unidos todos los argentinos, que se acabe la inseguridad, la pobreza".

El cierre es abrupto, como la última bola lanzada sin mirar: "El juego es como el diablo, es muy fuerte. Mi consejo, sobre todo para los chicos jóvenes y los abuelos jubilados: no vayan a buscar la diaria. Es peor. Se lo dice alguien que tiene autoridad para hablar de esto. El juego destruye".

Fuente: telam

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