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23/03/2026

Víctor Basterra, el fotógrafo de la ESMA que expuso a las atrocidades de la dictadura

Fuente: telam

En "El ojo en la tormenta", Pablo Corso reconstruye la vida del obrero y fotógrafo obligado de la Escuela de Mecánica de la Armada. Infobae Cultura publica un capítulo

La figura de Víctor Basterra, obrero gráfico y fotógrafo obligado de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) durante la última dictadura en Argentina, adquiere una resonancia renovada en el análisis biográfico de Pablo Corso. A medio siglo del golpe cívico-militar, el relato reconstruye el papel central de Basterra en la recolección y filtración de imágenes decisivas, cuya exhibición en el histórico Juicio a las Juntas fue determinante para la condena de los represores.

En 1979, Basterra llega como prisionero a la ESMA y es testigo de las prácticas sistemáticas de desaparición de personas, incluidos los denominados "vuelos de la muerte", en los que las víctimas eran arrojadas al Río de la Plata. A partir de 1981, después de más de un año como cautivo, se convierte en el fotógrafo informal de sus propios captores. Bajo amenaza constante, accede a confeccionar documentos falsos y retratar a quienes formaban parte de la maquinaria represiva y a otros prisioneros. La dualidad de Basterra queda expuesta: obligado a colaborar para conservar la vida, oculta a sus vigilantes que el material acumulado será clave para desmantelar, a futuro, la impunidad de los represores.

El volumen agrega contexto histórico al recorrido individual de Basterra, trazando su biografía desde el periodo previo a su nacimiento hasta sus últimos días. La narrativa ofrece una síntesis del siglo XX argentino, enmarcando la vida de Basterra entre los cruces de Ejército, movimientos gremiales, guerrilla, fuerzas paramilitares, redes clandestinas y militancia sindical. La fotografía analógica, oficio y arma sustancial en la experiencia de su protagonista, es presentada por Corso como el hilo conductor de una vida marcada por la precariedad, la resistencia y la tolerancia al sufrimiento.

En opinión de Corso, el valor del legado testimonial y visual de Basterra persiste medio siglo después del golpe, porque articula una lucha contra la injusticia que trasciende los avatares personales y las coyunturas políticas inmediatas. Las imágenes filtradas por Basterra, que identificaron a secuestradores y secuestrados en la ESMA, se transformaron en "pruebas fundamentales" y sirvieron, según los fiscales en el Juicio a las Juntas, para "demostrar de manera irrefutable la estructura interna del centro clandestino y la identidad de decenas de represores".

La reconstrucción de la vida de Basterra aporta, además, elementos esenciales sobre el impacto del terrorismo de Estado en las trayectorias individuales y colectivas. La obra indaga no solo en los hechos históricos, sino en los matices personales: vínculos afectivos, dudas, amistades y los límites de la condición humana bajo presión extrema.

Corso, nacido en Buenos Aires, formado en la Universidad de Buenos Aires y experimentado periodista en medios como Rolling Stone, Newsweek y La Nación, aporta en este libro recursos narrativos y rigor documental. A lo largo de su carrera, el autor cubrió temas sociales, ambientales y científicos para plataformas nacionales e internacionales como SciDev y Dialogue Earth, y produjo biografías de figuras como Diego Maradona y el papa Francisco.

El testimonio y las fotografías salvadas por Víctor Basterra continúan aportando pruebas y relatos fundamentales en el debate contemporáneo sobre memoria, justicia y derechos humanos en Argentina.

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En una oficina del barrio porteño de Balvanera, cuando los edificios empiezan a cubrir el sol, un abogado joven busca inspiración en la música de Silvio Rodríguez mientras termina un escrito que reclama por otro ser humano que, como dijo un ex dictador, "no tiene entidad, no está muerto ni vivo". Es un trabajo ingrato, pero no se le ocurre ninguno más importante.

Entre el fraseo del trovador y el golpeteo del teclado se filtra un timbrazo seco. Levanta los dedos de la máquina de escribir, detiene la música, camina hacia la puerta y se pregunta quién es a esa hora. El ojo de pez de la mirilla muestra a un tipo morrudo, peinado para atrás, de bigote y campera oscura. "Cana o milico", arriesga. "Se vendrá a entregar", ironiza.

Cuando abre la puerta, el visitante �que carga dos bolsos negros� da las buenas tardes y dice su nombre. Intrigado, el abogado pregunta qué necesita.

�Vengo de la ESMA.1

Entre la incredulidad y el pasmo, le pide que pase.

Mientras caminan hacia el fondo de la oficina, ese hombre serio y tensionado agrega que viene a dejar algo. Llega al escritorio, abre los bolsos y los vacía en una cascada caudalosa.

A medida que sobrevuela el material con los ojos y con los dedos, el abogado piensa en metáforas: diamantes y lingotes, la olla dorada al final del arcoíris.

Son fotos, listas y planillas que �hasta donde puede ver, hasta donde puede proyectar� configuran la mayor prueba documental del genocidio que acaba de terminar.

Cuando se repone del impacto, con la garganta atorada, solo atina a preguntar:

��Y usted cómo consiguió esto?

En otoño de 1981, el prisionero lleva más de un año fotografiando a sus captores. Fabrica documentos falsos y les regala una nueva identidad. Lo hace como un autómata sumiso, como el firmante de un pacto extorsivo:la esclavitud a cambio de la vida.

�Tengo frente a mí al tipo que me torturó. Tengo frente a mí al tipo que se quedó con mi casa.

Eso rumia cuando dispara.

Hasta que un día, mientras carga el negativo en el carrete, se pregunta qué pasaría si revelara una copia más, si empezara a construir su propio archivo.

Un impulso inesperado, pero un impulso que no lo abandona.

Entonces se decide. Ya no hay compañeros que arriesgar, ya no hay delaciones que temer.

Entra al laboratorio del Casino de Oficiales, epicentro represivo de la ESMA. Abre un cajón y elige tres fotos. Se baja el pantalón y el calzon-cillo; se las pega con cinta entre el pene y los testículos. Vuelve a vestirse.

Inhala, exhala y abandona el refugio.

Sabe lo que pasará si lo descubren. No quiere imaginar lo que le harán a su mujer y a su hija.

Sube las escaleras con un bolso al hombro. No necesita la ropa, pero quizá ayude a despistar. Saluda a los vigiladores y baja por la explanada de asfalto.

Mientras pasa junto a los centinelas con ametralladoras, el sudor frío le humedece la mejilla. En la casilla de guardia ensaya un saludo distendido. Le revisan los bolsillos, le abren el bolso. Lo miran por últimabvez y le dicen que avance.

Al pisar Avenida del Libertador �su distinción de clase, su placidez sabatina� siente un vértigo arrasador. Camina hasta la parada y espera con un nudo en el estómago. Se acomoda en el asiento y se pierde en el paisaje urbano.

Cuando llega a casa, lo envuelve una nube de agitación. Besa a la compañera que aguanta desde afuera y a la beba que crece sin su padre.

En el baño se baja los pantalones y vuelve a tocar las fotos como para comprobar su estatus de realidad. Los protagonistas siguen ahí: soberbios, esquivos, sobradores.

Es hora de iniciar la venganza. Ya habrá tiempo para la justicia.

Se llama Víctor Basterra y nació el mismo mes del mismo año en que Jorge Luis Borges postuló que "cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es".

El abogado está exultante. Al fin puede contrastar los datos recabados en las oficinas del Centro de Estudios Legales y Sociales, que patrocina causas sobre violaciones a los derechos humanos, con material llegado directamente desde un centro clandestino.

A la velocidad de la luz, cruza los retratos de los represores con testimonios de sobrevivientes, las fotos de los desaparecidos con descripciones de sus familias, las planillas de bajas con la información que los militares sueltan con cuentagotas. Si el rompecabezas tiene cien piezas, aquel hombre trajo noventa.

Cuando toma del escritorio el retrato de un prisionero de pulóver negro, tieso y de mirada fría, con su sombra derramándose como una mancha de Rorschach, vuelve a quedarse sin palabras, hasta que suelta una pregunta retórica.

��Este es usted?

En invierno de 1979 el prisionero es un recién llegado, pero ya oyó las historias sobre personas que caen al río desde las alturas. Cree que lo espera ese destino cuando un suboficial macizo y desmesurado le da una trompada y lo obliga a sumarse a la hilera de encapuchados que, tomados del hombro para no tropezar, bajan las escaleras como un convoy de almas en pena. Tienen esposas en las manos y grilletes en los pies, que golpean los escalones con un tintineo agudo.

En el sótano, el guardia empieza a llamarlos por sus números.

Basterra escucha una secuencia repetida: pasos, silencio y un clic.

Avanza hasta que le dicen basta, se detiene y le quitan la capucha.

Cegado y aturdido, entrecierra los ojos para aclimatarse a la luz, pero el fotógrafo no le da tiempo: el flash va directo a la cara.

Mientras se pregunta si todavía tiene alguna chance, se filtra un alarido salvaje desde una sala contigua. Vuelve a verse atado y sangrante en la cama de metal, después de veintidós horas de castigo, de escuchar la peor amenaza que puede recibir un padre.

Le ordenan que gire a su derecha. Un segundo disparo, un segundo destello. Ahora se ve en "Capucha", el altillo del Casino de Oficiales, donde los prisioneros atraviesan un limbo que no se parece a la vida, pero que todavía no es la muerte. Con los primeros rayos de sol, un zorzal empieza a cantar una melodía impetuosa. Es su punto de fuga. Como tocarle la mano a un compañero lastimado, como enamorarse de una compañera desconocida.

Vuelven a calzarle la capucha y le ordenan que circule. Mientras sube la escalera, su mente vuelve a la cama de tortura. Acaba de confesar algo sobre una revista, una cita, unos compañeros. Cuando lo dejan ir al baño, en el espejo hay un hombre esposado y roto, con ganas de matarse.

Tres décadas después, sigue encerrado en su cabeza. Vive en una cueva oscura, blindada y con las persianas bajas, rebosante de papeles en el piso, en la mesa y en la cama. Nombres, datos, direcciones. Pistas para encontrar a los que no lo dejan dormir.

Las imágenes de las pesadillas son difusas, pero las sensaciones intensas: que es un extranjero, que cae en un pozo sin fondo, que no puede salvar a nadie. Por unos segundos, los protagonistas ganan definición �una nariz aguileña, unos ojos claros, una boca apretada� hasta que vuelven a su estado gaseoso, apenas un espejismo.

A la mañana escribe:

Fantasmas que persisten en mi vida, como si vieran la luz. Pasos, risas, voces.

A veces también me siento como un fantasma, que recorre las calles solitario e incomprendido.

A veces le dicen héroe, a veces le dicen traidor.

Siempre vuelve a aquel día en la ESMA. Sus amigos están desahuciados y temerosos. Quieren saber qué sabe. Quieren saber qué va a pasar.

El guardia avisa que ya no hay tiempo.

Se abrazan como nunca. Antes de perderlo de vista, uno de ellos �el más querido� suelta un pedido que lo atraviesa como una flecha:

�Negro, si zafás de esta, que no se la lleven de arriba.

Fuente: telam

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