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17/03/2026

Del ajedrez a la revolución de la I.A.: la increíble historia de Demis Hassabis, la mente detrás de DeepMind

Fuente: telam

Con una niñez marcada por torneos y desafíos, el genio británico pasó de dominar tableros a liderar una empresa que aspira a transformar la vida de millones y ganar un premio Nobel

En marzo de 2016, el enfrentamiento entre el surcoreano Lee Se-dol y el programa de inteligencia artificial AlphaGo, desarrollado por DeepMind, captó la atención mundial al poner frente a frente a uno de los mejores jugadores de Go del planeta y a la creación informática de una empresa fundada por Demis Hassabis.

Este duelo, seguido por más de 200 millones de personas, no solo representó la culminación de un desafío de 2.500 años de antigüedad, sino que evidenció el impacto que la inteligencia artificial ya tiene sobre la cultura y el pensamiento humano, extendiéndose mucho más allá del espacio de los tableros de juego.

La hazaña de AlphaGo adquirió una dimensión particular al lograr lo que ni siquiera la victoria de DeepBlue sobre Garry Kasparov �casi dos décadas antes� había conseguido: imponerse en un juego que, por su complejidad, había resistido por largo tiempo el avance de los algoritmos. De hecho, el Go contiene muchísimas más posiciones legales posibles que átomos existen en el universo observable. Esta diferencia situó la victoria de DeepMind en un escalón superior dentro de la historia de la inteligencia artificial.

Después de su tercera derrota, Lee Se-dol se dirigió al público con un mensaje que buscaba preservar la dignidad humana: "Yo, Lee Se-dol, he perdido, pero la humanidad no lo ha hecho". Sin embargo, la victoria fue, a todas luces, de DeepMind y de su director ejecutivo, Demis Hassabis.

La trayectoria de Hassabis, según la biografía The Infinity Machine de Sebastian Mallaby, se caracteriza por una combinación de talento precoz, altas expectativas familiares y un entorno que rozaba la presión extrema.

Criado por una madre singapurense de origen chino que atravesó la orfandad y la pobreza en Singapur, y un padre grecochipriota que vendía juguetes desde su Volkswagen, Hassabis empezó a ganar partidas de ajedrez a los cuatro años. Desde los cinco ya disputaba torneos y, a los nueve, capitaneó la selección inglesa sub-11. A los trece años había alcanzado el nivel de maestro y era el segundo jugador más fuerte de su grupo de edad a nivel mundial.

El ambiente en el que Hassabis se formó no permitía titubeos. Las anécdotas recogidas relatan que se instalaban tablones de madera bajo las mesas para impedir que los niños se patearan entre sí durante los encuentros. La presión paterna era constante: perder una partida podía desencadenar gritos y, según señala el propio Hassabis, la consigna era "hacer su máximo esfuerzo", a tal punto que solo sentía haber tenido éxito si terminaba una partida al borde del colapso físico.

Tras una etapa en Bullfrog �el estudio donde colaboró en la creación del videojuego Theme Park con Peter Molyneux�, Hassabis estudió en Cambridge, fundó su propio estudio de videojuegos y después concluyó un doctorado en neurociencia antes de lanzar DeepMind en 2010 junto a Mustafa Suleyman y Shane Legg.

La misión inicial de DeepMind dependía de la audiencia a la que se dirigían sus fundadores. Peter Thiel, cofundador de PayPal y de la firma de vigilancia Palantir, respaldó financieramente a la empresa y se sumergió en la escena tecnológica global con un discurso mesiánico: la búsqueda de la llamada AGI, la inteligencia artificial general capaz de igualar o superar a los humanos en todos los dominios cognitivos relevantes.

La promesa de descubrir el "algoritmo de Dios", como la definió uno de los inversores, alimentó un ambiente de especulación y fervor en el sector tecnológico, impulsado por voces que abogan por el potencial disruptivo de la inteligencia artificial en términos aún mayores que la invención de la agricultura o el surgimiento del lenguaje.

La carrera por la supremacía en inteligencia artificial, sin embargo, trasciende los desafíos técnicos y se adentra en la competencia entre empresas y egos. El libro menciona el papel de Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, presentado como un antagonista que, al lanzar ChatGPT antes que los equipos rivales estuvieran listos, logró robar protagonismo a DeepMind en la carrera de la IA.

El perfil biográfico de Hassabis exhibe contrastes marcados. Si bien sus logros en el terreno de la computación y la neurociencia le han valido galardones de alto perfil �incluida la obtención del Premio Nobel de Química junto a John Jumper por la aplicación de DeepMind para la predicción de estructuras de proteínas�, parte de su figura pública está determinada por una narrativa alimentada tanto por gigantes tecnológicos como por autores.

Mallaby tiende a magnificar la inteligencia de Hassabis en un campo específico e interpretarla como una superioridad universal. El propio Hassabis llega a definirse como "filósofo práctico" y declara: "No solo pienso, también hago experimentos. �No es maravilloso?", frase que, según el evaluador, revela una combinación de ambición y falta de autocrítica.

En contraste con otros líderes de la industria tecnológica �entre los que el libro compara a Bill Gates y Donald Trump en cuanto a su influencia y presencia�, Hassabis se percibe como alguien menos polarizante pero, al mismo tiempo, menos carismático. Sus investigaciones sobre las proteínas, más allá del discurso sobre la AGI y el supuesto "algoritmo de Dios", constituyen el aporte que potencialmente podría transformar la vida de millones de personas.

El fenómeno DeepMind ilustra cómo la búsqueda por alcanzar la AGI ha atraído a figuras controversiales y dado pie tanto a desmesuras discursivas como a proyectos de impacto real. La proximidad de Peter Thiel en la génesis de DeepMind y su posterior rol influyente en política y tecnología, así como la irrupción de Sam Altman con productos de uso masivo como ChatGPT, marcan un entorno en el que la competencia ya no es solo tecnológica, sino también política y mediática.

Mientras la discusión pública oscila entre la especulación apocalíptica y la admiración por logros de laboratorio, los avances científicos de equipos dirigidos por Demis Hassabis mantienen una repercusión concreta y medible, alejados del relato hiperbolizado sobre "la singularidad" y los futuros dominados por sistemas autónomos.

Fuente: telam

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