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01/03/2026

Liberaron al gendarme argentino Nahuel Gallo tras estar secuestrado 448 días por el régimen chavista en Venezuela

Fuente: telam

El cabo primero dejó la cárcel El Rodeo 1 en la que estuvo durante 15 meses. Lo confirmó su mujer a través de una publicación en redes sociales: “Está volando hacia la Argentina”

>El gendarme argentino Nahuel Gallo fue liberado después de 448 días de una pesadilla inenarrable en Venezuela. El cabo primero de la Gendarmería Nacional Argentina dejó la cárcel El Rodeo 1, donde estuvo secuestrado sin comunicación con su familia, sin un proceso formal público, ni asistencia legal propia ni consular.

El primer indicio de su liberación había ocurrido esta misma semana, cuando pudo comunicarse por primera vez con su mujer, María Alexandra. Ocurrió en medio de una entrevista radial. Infobae habló con ella poco después. Por el teléfono se escuchaban risas, alegrías y una mezcla de alivio y esperanza. Esa llamada había confirmado dos cosas, después de tanta desolación: que Agustín Nahuel Gallo estaba vivo y que, efectivamente, estaba en El Rodeo 1.

Todavía está vivo el recuerdo del operativo militar que sacó a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, de su alcoba para llevarlos a los tribunales estadounidenses para dar cuenta de sus crímenes de Estado y de los otros, principalmente, conspiración, narcotráfico y terrorismo.

La noticia llegó como llegan las cosas que durante mucho tiempo se temieron imposibles: con alivio, pero también con cautela. Para la familia, la confirmación fue una explosión de alegría inmediata y un alivio después de una pesadilla interminable, donde los peores miedos aparecieron una y otra vez. Es que Gallo no estuvo detenido: fue víctima de desaparición forzada, de un secuestro político.

Para comprender el espesor real de esos 448 días, hay que retroceder. Volver al punto exacto en el que la espera dejó de ser una expectativa y pasó a ser un abismo. Volver al día en que Nahuel debía llegar y nunca llegó.

María Alexandra Gómez lo esperaba en Anzoátegui, adonde vivía entonces su madre y a quien había ido a visitar. Era febrero y hacía calor. La casa estaba ordenada de una manera especial, no perfecta, sino preparada. Víctor, que tenía poco más de un año, no entendía del todo qué significaba esa espera, pero percibía el clima. Los padres habían contado los días para el reencuentro, hablado de horarios, de recorridos, de detalles mínimos. El viaje de Nahuel no tenía ningún misterio: cruzar la frontera, llegar, reencontrarse. Había pedido autorización a la Gendarmería -estaba destinado en Uspallata, Mendoza- realizado todos los trámites correspondientes, como presentar una invitación, autorización especial y tenía previsto ingresar por un paso fronterizo formal.

María Alexandra pasó ese día entero esperando que apareciera, esperando que sonara el teléfono, esperando una explicación mínima. La tarde avanzó sin respuestas. La noche llegó con una sensación que no se parecía a nada conocido. Víctor se durmió sin su papá. Ella no durmió.

Con el correr de los días, la palabra empezó a asomar, primero de manera esquiva, después con más fuerza: desaparición. Mucho tiempo después se supo que Nahuel había recorrido varios centros de detención, hasta que llegó a su sitio defintivo: el penal de El Rodeo I. Saber dónde estaba no trajo alivio. Confirmaba que estaba vivo, pero también que había quedado atrapado en uno de los engranajes más duros del sistema represivo venezolano, un lugar donde el tiempo se estira y la ley no existe.

María Alexandra entendió entonces que su vida también había cambiado. Seguía en Anzoátegui, con su hijo pequeño, en un país donde reclamar podía ser peligroso. Empezó a recorrer oficinas, fiscalías, dependencias de seguridad y ámbitos diplomáticos. Cada puerta era una posibilidad mínima. Cada respuesta, cuando existía, era vaga. Promesas sin plazos. Frases hechas. Ninguna certeza.

En Caracas, la rutina se volvió un peregrinaje. Oficinas de gobierno, organismos de seguridad, fiscalías y dependencias diplomáticas. Entrar, explicar, insistir, esperar. Salir sin respuestas. Volver al día siguiente. Repetir. Durante meses, María Alexandra hizo ese recorrido con su hijo de la mano o en brazos. Víctor aprendió a esperar en pasillos, a dormir siestas improvisadas, a adaptarse a una vida sin horarios claros.

Mientras tanto, el régimen avanzaba con su relato. El 6 de enero del año pasado, Nicolás Maduro acusó públicamente a Nahuel Gallo de formar parte de una conspiración para asesinar a Delcy Rodríguez. No presentó pruebas ni abrió una causa judicial real. Fue una acusación política, diseñada para justificar el secuestro y enviar un mensaje. Para María Alexandra, ese fue un punto de inflexión. Entendió que Nahuel no era un detenido común, sino un rehén.

Las amenazas comenzaron a aparecer de manera indirecta: advertencias, silencios que decían más que las palabras, miradas que se repetían, gestos que no necesitaban explicación. La idea de que quedarse en Venezuela ya no era seguro se volvió cada vez más concreta. Pero irse también implicaba un riesgo: salir sin autorización, sin anunciarlo, sin dejar rastros.

A fines de mayo, la decisión ya estaba tomada: no estaban dadas las condiciones para quedarse. Después de meses de puertas cerradas y silencios calculados, María Alexandra entendió que la lucha debía continuar desde otro lugar. Se organizó entonces un operativo secreto de extracción. No fue una salida común. No hubo anuncios ni despedidas. Participaron el Ministerio de Seguridad argentino —que en ese momento estaba a cargo de Patricia Bullrich—, el apoyo de Estados Unidos y la colaboración de Colombia.

En paralelo, Nahuel seguía preso.

No fue el único. En mayo, otro argentino, Germán Giuliano, fue capturado mientras navegaba frente a las costas venezolanas. Dos historias distintas, una misma lógica: extranjeros tomados como rehenes para ganar margen frente a la presión internacional.

Hasta que el tablero se rompió.

El anuncio lo hizo Jorge Rodríguez. Fue frío y burocrático. Habló de razones humanitarias, evitó reconocer el secuestro y la palabra desaparición forzada.

Para la familia, la noticia no fue un estallido. Fue un alivio tardío, llantos contenidos, incredulidad y miedo a que algo fallara. Después de casi 10.800 horas de secuestro, incluso la alegría necesitará tiempo para asentarse.

La historia de Nahuel Gallo no termina con su liberación. Quedan marcas, secuelas, preguntas. Pero queda algo firme: fue secuestrado por una dictadura narcoterrorista y sobrevivió gracias a la presión internacional y a una familia que nunca aceptó el silencio.

Fuente: telam

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