01/03/2026
Murió Khamenei: qué viene ahora para Irán, para Medio Oriente y para el mundo
Fuente: telam
El ayatollah fue abatido en un ataque de EEUU e Israel. Algunos expertos advierten que su muerte no implica un cambio de régimen, otros se preguntan “si no era ahora, ¿cuándo?”, y todos coinciden en que los próximos días serán clave para saber si el mundo enfrenta una nueva guerra larga o el fin de la tiranía teocrática
>El sábado 28 de febrero, mientras la mayoría del mundo dormía, Estados Unidos e Israel lanzaron la operación militar más ambiciosa en Medio Oriente desde la invasión de Irak en 2003. En pocas horas, el Donald Trump anunció de madrugada la operación y se dirigió al pueblo iraní: “Tomen el control de su gobierno. Será suyo. Probablemente sea su única oportunidad en generaciones”.
Pocas horas después, Irán respondió con misiles y drones contra Israel y contra bases militares norteamericanas en Bahréin, Kuwait, Jordania, Qatar y los Emiratos árabes Unidos. El ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araghchi, fue contundente: “Esta es una guerra de elección de Estados Unidos, y tendrán que pagar por eso”.Para entender por qué la muerte de Khamenei es un evento histórico, hay que entender primero quién era Khamenei. No era simplemente el ocupante de un cargo: era, el sistema mismo.
Danny Citrinowicz, ex jefe del Departamento de Irán, inteligencia militar israelí, lo resume así: “Khamenei no sólo lideró el sistema: lo definió. Su rigidez ideológica, su paciencia estratégica y su dependencia de laGissou Nia, asesora legal en cinco causas judiciales contra el ayatollah, añade otra dimensión: “Khamenei estaba en la cima de una estructura de mando responsable de crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra en Irán y en toda la región”, pero era “un objetivo casi imposible para el derecho internacional” porque no había salido de Irán en décadas. Nunca iba a enfrentar un juicio...Este es el punto en el que más coinciden los expertos, y también el que más puede incomodar al mundo occidental: eliminar a Khamenei no equivale a haber derrocado a la República Islámica.
Ray Takeyh, uno de los mayores especialistas en Irán de Washington, lo dice sin eufemismos: “Bombardear un régimen hasta su extinción raramente es una estrategia efectiva. La República Islámica es un sistema ideológico con una élite de múltiples capas y una base de apoyo. Esa base puede haberse reducido en los últimos años, pero todavía le proporciona al régimen un cuadro preparado para usar la fuerza y mantenerse en el poder”.
La primera señal concreta del nuevo orden llegó pocas horas después de los ataques: Ali Larijani, el jefe del Consejo de Defensa iraní, anunció la formación de un consejo de liderazgo temporal. No es una improvisación.
Los tres: Mohammad Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento, quien ya amenazó públicamente a Trump y Netanyahu; Ali Larijani, al frente del Consejo de Defensa; y Ali Shamkhani, que preside la Comisión de Seguridad Nacional.
Lo que distingue a estos tres hombres del resto de la cúpula clerical eliminada en los ataques es precisamente lo que ahora se vuelve imprescindible: experiencia real en seguridad nacional. En un régimen que amanece en estado de guerra abierta, esa credencial no es un detalle burocrático; es lo que determina quién manda.La analista también anticipó que ante una transición caótica podría establecerse un consejo de liderazgo colectivo, recordando que esa opción “fue seriamente contemplada cuando Khomeini murió en 1989, aunque finalmente rechazada”. Hoy, la dinámica es distinta: no hay un sucesor que necesite tiempo para crecer en el rol. Hay un régimen que necesita tiempo para sobrevivir bajo bombardeo.Cuando Irán lanzó sus misiles contra 27 bases estadounidenses y contra Israel, la primera reacción en Occidente fue hablar de una represalia furiosa y descontrolada. Los analistas piden calma ante esa lectura.
Alex Plitsas, ex funcionario antiterrorista del Pentágono, observó que los contraataques iraníes “han reflejado una toma de decisiones racional”, con “un esfuerzo por calibrar las respuestas de manera proporcional en lugar de encender una guerra regional más amplia”. Esto importa: significa que alguien en Teherán, incluso en medio del caos de las primeras horas, está tomando decisiones con cabeza fría.Citrinowicz suma una perspectiva clave sobre los grupos aliados de Irán: sus proxies regionales, en particular Hezbollah. “Enfrentarán presión para responder en nombre de la disuasión y la venganza. Sin embargo, la escalada no es automática. La cultura estratégica de Irán ha favorecido históricamente la represalia calculada sobre la reacción emocional”, explicó.“Los ataques israelíes diezmaron su liderazgo y degradaron sus armas más avanzadas”, detalla Elisa Ewers, investigadora sénior para estudios de Medio Oriente del Council on Foreign Relations. El gobierno libanés, además, aprovechó el cambio de contexto para reclamar soberanía sobre todo su territorio. Por ahora, Hezbollah condenó los ataques en un comunicado pero “se quedó corto de anunciar que tomará parte en la represalia de Irán”, señaló Ewers. Es una señal importante: el gran multiplicador de fuerza iraní en la región está, por primera vez en décadas, fuera de la ecuación inmediata.
Plitsas cierra con la duda que nadie puede responder todavía: “Los próximos días revelarán si la decapitación conduce a la escalada, la fragmentación, o un equilibrio recalibrado de la disuasión”.
Max Boot, uno de los analistas del Council on Foreign Relations más respetados en materia de seguridad internacional, resume la paradoja central de lo que está ocurriendo con una frase que sintetiza décadas de historia norteamericana: “Es fácil empezar una guerra. Es muy difícil terminarla con éxito”, escribió, evocando los fantasmas de Irak, Afganistán, Vietnam.
Robinson va más lejos y plantea el escenario que nadie en Washington quiere mencionar en voz alta: “Los riesgos se incrementan exponencialmente si, en un esfuerzo por lograr ese objetivo, se despliegan fuerzas terrestres en Irán. Es un escenario que el liderazgo militar uniformado ha reportado que implicaría bajas muy altas y probablemente arriesgaría el fracaso”, advirtió.
En medio del coro de advertencias, hay voces igualmente respetadas que defienden la lógica de lo que hizo Trump. Elliott Abrams, quien negoció con Irán en el primer mandato de Trump y conoce el caso desde adentro, señala que esta operación es cualitativamente diferente a todo lo anterior. Por primera vez en la historia, Estados Unidos e Israel tienen un objetivo declarado y conjunto: el fin del régimen. Para Israel, explicó, “Irán es la mayor amenaza de seguridad, por lo que este cambio en los objetivos declarados será bienvenido con entusiasmo”.
Joe Costa, Director del programa Forward Defense del Scowcroft Center for Strategy and Security, afirmó que “nadie debería lamentar la caída de un régimen que asesinó a sus ciudadanos, instrumentalizó identidades sectarias y religiosas, financió proxies terroristas, armó la guerra de Rusia en Ucrania y mató estadounidenses”. Agregó que la evidencia de mala fe iraní en las negociaciones era sólida: “El régimen continuó negociando sin ceder en su programa nuclear, sus misiles balísticos ni su apoyo al terrorismo”.
La pregunta que los defensores de la operación plantean es directa: si no era ahora, ¿cuándo? El régimen estaba en su punto de mayor debilidad desde 1979, golpeado por protestas masivas, con sus proxies regionales diezmados y su economía en colapso.
A eso se suma un dato geopolítico que los defensores de la operación consideran decisivo: por primera vez en décadas, Irán está verdaderamente solo. China y Rusia condenaron la operación con dureza en el plano diplomático —Putin llamó al asesinato de Khamenei un “asesinato cínico” y Moscú lo calificó de “acto de agresión armada premeditado e injustificado”; Beijing lo tachó de “inaceptable” y exigió el cese inmediato— pero ninguno tomó ni anunció ninguna acción concreta en respaldo de Teherán. Son palabras, no misiles ni tropas. Y ese matiz importa enormemente: Irán tiene aliados que hablan, no aliados que actúan.Steven Cook, también del CFR, explica que al liderazgo saudí y emiratí “les preocupa que el caos potencial en Irán afecte las apuestas multimillonarias que están haciendo en sus transformaciones domésticas”. Son inversiones descomunales en turismo, tecnología y diversificación económica que requieren estabilidad regional. Sin embargo, cuando Irán atacó sus territorios, los Emiratos interceptaron misiles balísticos y se reservaron el derecho a responder. “Nadie en ninguna posición de liderazgo en Abu Dabi o Riad lamentará la desaparición del régimen iraní si la República Islámica cae”, afirmó Cook.
La paradoja de fondo la señala Maloney: estos países preferirían que Irán desaparezca como amenaza, pero temen la inestabilidad de un Irán en colapso más de lo que temen a un Irán hostil. “La perspectiva de una turbulencia sostenida en Irán evocaría ansiedad sobre otro estado fallido en su periferia”, escribió la analista.
El escenario más oscuro no es la escalada inmediata. Es el vacío. ¿qué pasa si el régimen iraní no colapsa de golpe, pero tampoco logra reconstituirse? ¿Qué ocurre en el espacio entre un sistema que se desintegra y otro que todavía no existe?Maloney lo había advertido con el único precedente disponible: “En 1979, el naciente estado revolucionario luchó por imponer su autoridad en medio de la desintegración del orden existente, lo que precipitó una creciente ola de violencia interna -revueltas tribales, levantamientos de minorías étnicas, competencia por el poder entre grupos paramilitares- que persistió por varios años”. Ese interregno duró años y dejó cicatrices profundas.Maloney había concluido que este era “el escenario más desafiante para Estados Unidos y sus socios regionales de manejar eficazmente, y probablemente el más complejo de prevenir o mitigar”. Lo escribió semanas antes de que comenzara.
Khamenei está muerto. El sistema que construyó, por ahora, no.
Fuente: telam
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