Sábado 28 de Febrero de 2026

Hoy es Sábado 28 de Febrero de 2026 y son las 06:37 ULTIMOS TITULOS:

28/02/2026

Fernando Fagnani y un libro que nació de la furia por un diagnóstico de cáncer: “Me sentí traicionado por mi cuerpo”

Fuente: telam

En “Ventana magnética”, el escritor y editor argentino escribe sobre la ansiedad, los rituales, las vías de escape y los duelos que llegaron con la enfermedad

>Corriente eléctrica. Ira. Un odio helado. Hay personas que lloran ante una noticia como la que recibió ese día Fernando Fagnani (Buenos Aires, 1965), crítico literario, editor de Edhasa -que publica en ficción a autores como Luis Gusmán, Eugenia Almeida o Fabio Morábito, entre otros- y autor de libros como Mar del Plata. La ciudad más querida y Residencia permanente. Hay personas que gritan, que estallan en gestos de autoconmiseración delante del médico. Y hay personas como Fernando, que se enojan furiosamente con ellos mismos y quieren salir corriendo. Unos y otros coinciden en la necesidad de confiar en los médicos. Coinciden en algo más: todos precisan construir una red de certezas ante un futuro que adquiere la forma de una amenaza.

Una vez que asimiló el golpe, cuando fue informado del tratamiento de medicinas y ciclos de quimioterapia, Fagnani buscó salir de la obsesión y mirar afuera. Los libros, el universo donde encuentra las respuestas desde que era muy joven, comenzaron a fallar. En su búsqueda, encontró algo de sosiego en delicados hallazgos que se producían durante los recorridos rutinarios del tratamiento y en las madrugadas solitarias en el balcón, con la mirada puesta en la calle y en los excluidos del sistema. También halló sosiego en la poesía, cuando las ficciones comenzaron a fallar como oráculo existencial.

“El enfermo adquiere una centralidad absoluta, aunque rechace ese privilegio, como es mi caso. Quiera o no, es el único planeta de la casa; el resto son satélites. quiera o no, su mera existencia, la existencia de la enfermedad, lo convierte en un tirano, aun cuando no ejerza el derecho a la tiranía y trate de no aprovechar ese dulce momento, donde puede someter a placer”.

Es un relato íntimo de la enfermedad aunque en la escritura haya voluntad de distancia. Y es precisamente ahí, en esa tensión entre el padecimiento y la lengua que se pretende desapasionada, que habita una fascinante clave de la literatura.

— Sos editor hace mucho tiempo, de modo que podés advertir entre los textos que te acercan cuándo hay un libro ahí. En este caso, ¿cuándo supiste que tenías un libro? O sea, ¿cuándo te dijiste voy a escribir sobre esto que me está pasando?

— Cuando decís que había cambiado tu mirada sobre todo, ¿a qué te referís exactamente? ¿Qué quiere decir “sobre todo”?

— Es muy linda.

— Bueno, tu cabeza debe haber estado funcionando a full, sin parar, durante todas esas semanas y meses.

— Cuando uno lee tu libro lo primero que se advierte es que si hay algo que está completamente ausente es el melodrama. No hay nada, pero nada, ni en la lengua, ni en el relato. Es como si hubiera deliberadamente una distancia con el morbo y con la posibilidad de la muerte.

— Claro.

— Sí. Ahora, si uno se detiene en las lecturas que aparecen a lo largo de tu libro, como es el caso de Sebald con Los emigrados, adiverte que ahí también hay literatura del distanciamiento.

— Es una mirada de entomólogo.

— ¿Funcionó enseguida, en cuanto empezaste a escribir?

— Claro, y sí.

— La parte de los relatos de hoteles te servía mucho para esa idea del anonimato..

— Bueno, ese pasaje, el Lezica, está medio en formol.

— Hace un rato releía las notas que tomé durante la lectura de tu libro y de esas notas te tiro algunas ideas o palabras. Por supuesto había puesto Hotel Lezica. También “topografía”. Y había escrito: ventana, madrugada y tirano.

— O, como escribís en el libro, a propósito de algo que te dice tu hija, podías pasar dos días sin hablar.

— Ahora, es como si la verdadera conciencia de la enfermedad te llegara en el momento que tu mamá la enuncia, ¿no? Esa parte es muy fuerte. Al menos lo que vos marcás ahí en relación a lo que te sucede cuando la escuchás a ella explicándole a tu papá lo que está pasando.

— De cuidarlos.

— Sí, sí.

— ¿Antes de que te enfermaras era una preocupación el cánce para vos?

— Te sorprendió mucho.

— ¿Fue una reacción infantil esa?

— Sí, eso queda claro, en el libro se lee todo el tiempo la necesidad de confiar en los médicos.

— Es tomar conciencia de que no tenías todo bajo control, además.

— Para alguien como vos, que necesita tener todo bajo control.

— Hay imágenes increíbles, como aquello de por qué no hay plantas. Te decís que es porque por un lado sería como una frivolidad ver gente ocupándose de las plantas pero también la metáfora de las plantas como seres que crecen en un lugar así.

— Es genial. O cuando contás que querías responder las encuestas y sugerirles cosas para el modo de tratar a los enfermos Todo eso en algún sentido forma parte de lo mismo: salir de lo que está pasando adentro tuyo para mirar ese entorno.

— Pero no en el tamaño de los cuadrados de pasta frola, incómodos para comer en ciertas circunstancias y por lo que, en realidad, deberían ser triángulos, decís (risas).

— Sí.

— La hora en la que todos duermen.

— Ahora, estamos hablando de la calle, de la basura. Y recién habíamos estado hablando de la necesidad de limpiar todo que sobreviene al diagnóstico. Había ahí como un enfrentamiento entre la necesidad de higiene extrema y la salud y lo que veías en ese mundo ahí afuera, ¿no?

— Escribís, además, que eso que necesitabas te costaba encontrarlo en los libros, donde hasta entonces siempre habías encontrado todo.

— Hay mucha poesía en tu libro. Lo de Sebald y la poesía en algún punto tienen un vínculo.

— No, no, no, esa parte es tremenda.

— Cuando pasan cosas difíciles, por más que uno sea una persona positiva, puede aparecer una carga de resentimiento para con aquellos que están enteros, digamos. ¿Cómo atravesaste eso? Justamente citás “El odio”, el poema de Szymborska. ¿Cómo salís del odio o del resentimiento?

— En el libro te peleás con Susan Sontag, por su libro sobre la enfermedad. ¿Seguís peleado?

— Pero el Fagnani editor no enfermo no habría hecho esas observaciones, ¿no?

— Claro.

— Sarlo tenía bastante de eso.

— Bueno, son mujeres. Son mujeres en un momento en el cual las mujeres no eran voces muy escuchadas, entonces, si no salías así…

— Empezaste a escribir porque querías escribir, ¿pero qué lector imaginás para este libro?

— ¿Y hoy?

— ¿Empezaste a escribir todavía en tratamiento?

— ¿Y la muerte de tu viejo en qué instancia del tratamiento ocurre?

— Ah, muy al comienzo.

— O sea, atravesaste todo el tratamiento de duelo.

Fuente: telam

Compartir

Comentarios

Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno!